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“Lo de este virus es como si la naturaleza se estuviera vengando por no haber respetado sus reglas”

Entrevista con el escritor, novelista e inventor tinerfeño Alberto Vázquez Figueroa
Alberto Vázquez Figueroa. Sergio Méndez
Alberto Vázquez Figueroa. Sergio Méndez
Alberto Vázquez Figueroa. Sergio Méndez

Solo por su dilatada experiencia vital, que comprende desde el reporterismo de guerra hasta la invención de ingeniosas soluciones a temas tan fundamentales para la vida como el abastecimiento de agua, ya estaría más que justificada una entrevista con uno de los canarios más universales y singulares que se recuerdan. Pero es que, además, Alberto Vázquez Figueroa (Santa Cruz de Tenerife, 1936) está de plena actualidad tras recibir varias solicitudes para analizar su sangre en busca de respuestas a los enigmas que aún nos encierra el coronavirus. La clave radica en que fue mordido por un murciélago en 1969, lo que, asegura, ha tenido tales beneficios para su salud que, desde entonces, no ha padecido enfermedad alguna.

-¿Cómo fue el ataque de ese murciélago?

“Fue en 1969. Trabajaba para la revista Destino y realicé un viaje de unos 6.000 kilómetros, partiendo de Guayaquil para acabar en Belen de Pará. Desde el Pacífico al Atlántico, siguiendo la ruta de Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas. Un año después, la editorial Juventud, ya desaparecida, publicó el libro con ese título: La Ruta de Orellana. Fue en ese viaje cuando me mordió el vampiro y, desde entonces, no me he puesto enfermo”.

-Hábleme de ese animal.

“El Desmodus rotundus, también conocido como vampiro de Azara, es un murciélago de la subfamilia de los desmodontinos y es en la actualidad la única especie del género Desmodus. Se le puede encontrar desde México hasta el norte de Chile, su pelaje es corto, brillante y áspero, de color castaño parduzco y a veces anaranjado. Por cierto, es feo como un demonio. Tiene el hocico aplastado, dientes especializados y puede desplazarse apoyándose sobre el antebrazo con las alas replegadas. La longitud del cuerpo alcanza nueve centímetros, la del antebrazo seis y carece de cola. Pesa entre 20 y 40 gramos. Solo se alimenta de sangre”.

-¿Por qué le mordió?

“Fue raro, porque ataca al ganado y a ungulados salvajes, pero muy raramente al hombre y nunca a los perros que al parecer advierten su presencia”.

-¿Dolió el mordisco?

“(A pesar de que la entrevista es telefónica por motivos obvios, se adivina su sonrisa). Bueno. Su dentadura está compuesta de 24 piezas, con dos incisivos muy afilados que le sirven para abrir superficialmente la piel, ya que se limita a lamer la herida para extraer la sangre que no deja de manar debido a que su saliva posee un anticoagulante. En realidad, ni me enteré. Los nativos de la zona se protegen durante la noche envolviéndose en unas esterillas hechas de finas cañas que los murciélagos no pueden atravesar. Llevan gruesas botas y sombreros con lo que están a salvo, pero yo no aguanté envuelto en aquella cosa y me mordieron. Me puse de muy mal humor cuando al día siguiente descubrí un charquito de mi propia sangre a unos diez centímetros de mi brazo”.

-¿Y es mortífero?

“No, ya que la escasa cantidad sangre consumida rara vez daña al animal afectado, aunque suelen acudir cada noche a atacar a la misma víctima, ya que si pasa dos noches sin alimentarse muere. Un ejemplar en cautividad puede llegar a consumir cerca de 26 litros de sangre al año. Eso sí, su mayor peligro se encuentra en que puede transmitir la rabia”.

-¿Qué tiene que ver este murciélago con el coronavirus?

“Hay investigadores que sospechan que el virus Covid-19 pasó de los murciélagos a los humanos. Al atardecer, millones de estos murciélagos abandonan una cueva en Tailandia y en ese momento los aldeanos se llevan sus excrementos. Ello proporciona al templo budista Khao Chong Phran grandes ingresos y suministra fertilizantes de alta calidad a los agricultores. Llevan haciéndolo durante décadas y aseguran que nunca han tenido problemas de salud, pero los murciélagos son grandes reservorios de coronavirus a los que son inmunes. Sin embargo, al saltar a los humanos provocan graves enfermedades como ya ocurrió con el SARS en 2002 y ha vuelto a ocurrir con el Covid-19”.

-¿Y usted qué cree al respecto?

“Las investigaciones apuntan a que la pandemia actual se originó por el contacto estrecho de humanos bien con murciélagos o bien con un animal intermedio que habría actuado de transmisor, probablemente una civeta. De cualquier modo, la clave radica en la draculina, que es uno de los principales anticoagulantes contenidos en su saliva, y muchos científicos opinan que posee aplicaciones terapéuticas en el tratamiento de apoplejías y ataques cardíacos. El desmoteplase, un fármaco que se obtiene de una proteína hallada en esa saliva, puede ayudar a disolver coágulos cerebrales. Quién sabe, tal vez los científicos encuentren por ese camino una solución al problema actual”.

-Lo cierto es que le han llamado para analizar su sangre.

“Es verdad. Me contactaron a través del presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla. Yo le he dicho que sí, siempre que vengan a mi casa de Madrid, porque no estamos como para desplazarnos a un hospital. Estoy con mi mujer en casa, que es lo que hay que hacer ahora. Mis hijos siguen en Canarias”.

-A usted, por lo que se ve, le ha funcionado.

“A mí, y a otra gente. Importantes científicos visitan con frecuencia Papallacta, una pequeña localidad ecuatoriana situada a unos 3.000 metros de altura en la cordillera andina, en la zona en que me atacaron y en la que los ancianos son capaces de trabajar hasta edades muy avanzadas. Lo achacan a que en alguna ocasión fueron mordidos por los desmodus rotundus, pero que al no haberles contagiado la rabia les trasmitieron sus propiedades terapéuticas. Lo cierto es que desde el día en que mordieron, hace ya casi 60 años, nunca he estado enfermo ni he tomado una medicina. Por lo visto tengo la sangre muy licuada lo cual impide que pueda tener un infarto”.

-¿Cómo es eso del ajo?

“Muchos de esas personas de la zona de Papallacta son, curiosamente, alérgicos al ajo, lo que aprovechó Bram Stoker a la hora de escribir su novela Drácula pese a que en Transilvania nunca hubieran existido ese tipo de murciélagos. Pero le puedo hablar de mí: en cuanto como la más mínima cantidad de ajo, puedo llenar un cubo de sangre y me sale incluso por los poros”.

-¿Cómo lleva la cuarentena?

“Tranquilos. Como le decía, estoy con mi mujer en mi vivienda de Madrid. Por aquí ya no pasa nadie. Bueno, los autobuses vacíos, pero nada más”.

-Buena señal, por desangelada que sea esa estampa.

“Es verdad. Hay que tomarse las cosas con calma y ver qué se puede hacer. Como le decía, me han llamado varios médicos y el presidente Revilla. Si hay una posibilidad de que se pueda ayudar con mi sangre, bienvenida sea. Son muchos año sin estar enfermo, ya le digo”.

-¿Le sorprendieron esas llamadas, tanto tiempo después?

“Sí que me sorprendió. Es verdad que toda la historia del murciélago la había contado en varios libros míos, y el primero fue en La ruta de Orellana, que ya le cité, y que fue publicado en el año 70. Hace más de 50 años que vengo hablando de eso, aunque es verdad que nunca le he dado ninguna importancia, para mí era una anécdota de tantas que te ocurren si has viajado tanto como yo, pero con el tiempo te das cuenta que los murciélagos, no solo el que me mordió a mí sino todos, siempre tienen algo que ver con este tipo de enfermedades. Acuérdese del ébola, por citarle otro ejemplo. Eso sí, ya sea que pase directamente el mal al ser humano ya sea a través de otro animal, como las civetas o el pangodín. Alguien lo vio y por eso me preguntan ahora y me piden la sangre. Quieren analizarla, y me parece muy bien”.

-¿Tiene esperanza de que funcionen de alguna manera esos análisis, que sean productivos?

“No sé qué posibilidades habrá, serán mínimas, pero cuando estamos viendo que los científicos están dando palos de ciegos, y que se han muerto 4.000 personas en Italia. Hace cinco minutos [al mediodía de ayer para el lector] estuve hablando con una amiga mía que es doctora en Igualada, y me cuenta que va llorando al trabajo. Porque, dice, que ahora está lleno de gente en peligro de muerte. Todo el hospital lleno. Que se buscan las camas por donde sea, y que les han aumentado los turnos de trabajo de diez a doce horas diarias” me cuenta también que tiene las manos despellejadas de tanto lavárselas, porque, claro, pasan de un enfermo a otro constantemente… Las mascarillas ya no sirven de nada porque se les pega prácticamente a la cara. Están faltos de material y la gente muriéndose por los pasillos”.

-¿Estamos obligando a los sanitarios a ser dioses, a que sean ellos, al verse trabajando en las circunstancias que describe, los que decidan quién vive y quién muere?

“Sí, sí. Bueno, alguien tendrá que decidirlo. Ojalá que encontremos gente que tenga el raciocinio suficiente. Pero esto es como en la guerra. Yo he estado en muchas guerras, y lo he visto en un hospital de campaña, que pasa el médico por un herido y ni siquiera le presta atención, sino que pide que le pongan un calmante y ya está, para que se muera tranquilo. Para qué perder el tiempo con uno si igual puedo salvar a otro. En la guerra es así, yo he estado en ocho guerras si recuerdo bien, y la prioridad es para el que tiene más posibilidades de vivir”.

-Usted, que atesora tanta experiencia y tan distinta, ¿ha vivido algo parecido a lo que está pasando?

“Nada, nada, nada. Estuve en el derrumbe de una presa y era el jefe del equipo que recuperó los cadáveres. Era el año 59 y fue duro, pero nada comparado con esto. Allí veías a la gente, nos metíamos en el agua y sacábamos a los muertos, pero los heridos estaban vivos. Pero esto ni en guerras ni en nada. Ni en el famoso terremoto del 68 o el 69 en Perú, que fue tremendo. Pero esto no tiene nada que ver, es surrealista, absurdo y terrorífico. No me extraña que la gente esté verdaderamente horrorizada”.

-De todo lo que está ocurriendo, ¿qué es lo que más le llama la atención?

“Que nos ha cogido a todos absolutamente desconcertados. ¿Cómo podíamos esperar algo así? Es como una pesadilla, pero si me despierto es peor que la pesadilla. Vale, nos entretenemos trabajando, leyendo, conversando, pero luego vuelves a la realidad y no dejas de preguntarte. ¿Realmente está ocurriendo todo esto?”.

-¡Eso parece!

“¡Sí! ¡Pero se te quedan los ojos cuadrados! Yo aporto lo que puedo aportar, pero no me pidan más porque yo no sé”.

-Bueno, usted está dando la sangre, que no es poco, precisamente.

“Si me piden la sangre, pues les daré la sangre, Si hay algo, si sirve de algo, les daré toda la san gre que ya beberé agua”.

-¿Todavía lleva la cuenta de las novelas, de tantas como ha escrito?

“Ciento y poco. Ciento una o ciento dos, creo recordar”.

-¿Está ahora en alguna?

“Sí, sí. La estoy terminando y es sobre esto”.

-¿Sobre la pandemia del coronavirus? ¿Ya tiene título?

Cien años después”.

-Con ese título, tendría que ver con la llamada gripe española. ¿Me equivoco?

“No, no. acierta. Hace cien años hubo esa epidemia. Exactamente hace cien años, y tomaron las mismas medidas que ahora, pero de la época. Curiosamente, en el verano de 1920, cuando la gripe española se había cobrado 60 millones de muertos y estaba extendida por todo el mundo, inesperadamente ese verano del año 20 desapareció en todas partes. De un día para otro, prácticamente. En China, en Estados Unidos…”.

-¿Por qué desapareció así, tan de repente?

“Ese es el gran misterio. Por qué aparecen y desaparecen estas epidemias. ¿Tienen esos virus una fecha de caducidad? Fue visto y no visto cómo desapareció”.

-¿Mal llamada española, verdad?

“Mal llamada, cuando había empezado en Texas (Estados Unidos) y la trajeron aquí el ejército americano. Pero como España era neutral y tenía libertad de prensa para hablar del tema, todo el mundo acabó diciendo de la gripe de la que hablan los españoles y así se quedó, cuando no teníamos arte ni parte, pero así se escribe la historia”.

-Antes de Cien años después, ¿había tocado un tema similar a la pandemia del coronavirus en alguna de sus novelas?

“Muy poco. Algunas cosas en libros de viajes, pero no mucho. Más sobre la contaminación. Mire, esto es como si la naturaleza se estuviera vengando. Me habéis jodido tanto, me habéis echado tanta mierda encima, me tenéis tan fastidiada con tanta polución y no habéis respetado mis normas, pues ahora os voy a dar un poco por… la cabeza, para que sepáis quién manda aquí. Porque la naturaleza en cualquier momento nos puede mandar a hacer puñetas, y eso nos los tenemos que aprender. Que no podemos poner las fábricas que queramos y hacer lo que nos dé la gana, y el coche para arriba y el coche para abajo. Es como si la naturaleza nos dijera: Pues ahora me cansé, y con un bichito chiquitito se van a enterar todos ustedes”.

Ultima una novela sobre la pandemia: ‘Cien años después’

Como siempre ha hecho, Alberto Vázquez Figueroa deja volar su imaginación de novelista súper ventas a partir de una realidad que conoce de cerca (a veces demasiado) por sus incontables viajes y aventuras, guiado por esa curiosidad que se deduce de cada uno de tantos párrafos como ha deleitado a esas legiones de lectores que le han recompensado con su atención. A pesar de tanto como ha vivido a sus 83 años (en la imagen que acompaña a estas líneas se le ve con indígenas amazónicos), reconoce que nunca había visto nada parecido al Covid-19, pero ha tomado como punto de partida la mal llamada gripe española, que causó unos 60.000 millones de muertos al final de laI Guerra Mundial. Cien años después, que pronto estará disponible, es la novela 101 (o 102, dado que el propio interesado reconoce que no tiene muy clara la cuenta) es el próximo fruto de un autor infatigable al que una vez mordió un murciélago y desde entonces nunca se ha puesto malo. Como él mismo dice: “Me importa un comino que me crean o no”.

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