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La Fase 1 de desescalada en tres historias y media

Los pequeños negocios no son solo una manera de ganarse la vida, se hicieron de vocaciones que van más allá de la dura realidad
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Noe. Sergio Méndez
Noe. Sergio Méndez

Cuando Noe iba a la Librería El Paso de La Laguna en los años noventa después de terminar las clases en la universidad y se sentaba a leer junto a la estantería donde estaban los libros de arquitectura, decía, medio en broma, medio en serio, que si necesitaban a alguien para trabajar, la llamaran a ella. Y un verano se lo dijeron. Luego fueron también unas navidades. Más tarde, la hicieron fija. Y un día, en 2004, el dueño, que quería traspasar el negocio, se lo ofreció. “Yo estaba muy loca, y el sueño de mi vida era tener una librería como esta”, cuenta luchando por que la marcarilla no le empañe las gafas.

Dieciséis años después, a la derecha de la puerta hay una mesa llena de novedades. Ahí está el último libro de Nickolas Butler, y dice la crítica que es otro de sus interesantes retratos de la América rural: quizá una tarde fría de desescalada se acerque una joven universitaria y se ponga a leerlo en las escaleras de metal, quizá la novela le lleve hasta una granja de Wisconsin con olor a vaca y heno. Pero si mira al frente, se encontrará con el gel hidroalcohólico.

“¿Cómo te ha ido el confinamiento?”, le pregunta un señor que ha venido a hacer un compra grande. “Con momentos más arriba y otros más abajo”, cuenta Noe. “Los primeros días fueron como una conmoción, no me lo podía creer. Estaba todo el día pegada a la la televisión recibiendo información. Y luego corté, menos mal que no tengo Internet ni wifi ni nada de eso”.

Ahora toca mantener el negocio, que ya alguna vez pensó en cerrar a lo largo de estos años, tan llenos de crisis. Porque una librería es un permante campo de batalla. Por ahora solo ha tenido que pedir una ayuda para autónomos. Las distribuidoras de libros han flexiblizado los pagos. Y los clientes se preocupan por ella. Hay quien se ha abierto una cuenta de libros generosa. Otros se han acercado nada más empezó a servir pedidos, la semana pasada. Y ayer había hasta cola por la mañana. “Hoy estaba nerviosísima, no sabía cómo iba a reaccionar la gente con las limitaciones de aforo, con el tema de los geles”, cuenta emocionada, como si le doliera incomodarlos. Pero lo que de verdad dolería sería perder El Paso, refugio de una ciudad que se resiste a ser solo un parque temático de terrazas, tapas y franquicias.

Con un poco de venta online y algunas ayudas ha compensado algo, muy poco, Jesús Duque Cranny, propietario de la tienda de música ‘Hey Boy, Hey Girl’. Hombre grande de pelo rojo y piel anglosajona. Menos mal que guardó un dinero de Navidades que pensaba meter en el banco para recortar el crédito que pidió para montar el negocio. Menos mal que no compró aquellos billetes para irse de vacaciones a Los Ángeles. Menos mal que firmó la prórroga de la excedencia que tiene en su trabajo, en el mantenimiento del alumbrado de La Orotava. Porque, con esta crisis económica encima, quizá sería tentador volverse a un salario seguro.

Pero también sería marcharse en mitad del camino. Ese que empezó cuando cuando un amigo le dijo que se estaba traspasando una tienda de música, ‘Jumping Man’, y la cogió durante un tiempo con un socio. Luego puso esta él solo. “Mi sueño siempre fue abrir una tienda de música, esa cultura que se crea, el ambiente del local”. Un proyecto de vida que se hizo viendo a su padre, músico profesional, tocar con la orquesta ‘Sunset Band’, y que luego tomó camino propio cuando se fue a estudiar a Inglaterra Imagen y Sonido, visitando mercadillos y tiendas, trabajando cuatro años en Rock Ciy, la sala de música más alternativa del país, en Nottingham. Y un poquito de todo eso, y de los viajes que sigue haciendo, ha llevado a ‘Hey Boy, Hey Girl’, que además de discos tiene sofás, cafés, libros.

“Uno viene aquí porque, además de comprar algo, está viviendo una experiencia”, cuenta Sergio, fotógrafo afincado en El Médano, que se dejó caer ayer un rato para charlar. “Con Jesús puedo compartir una de mis grandes pasiones, que es la música, y también una de mis grandes ruinas”, cuenta riendo. “La verdad que los clientes están ayudando mucho. Yo creo que la gente aprecia el contacto del pequeño comercio, las recomendaciones musicales, la cercanía”, dice Jesús. Aunque sea a dos metros de distancia.

En otra tienda del casco, Dicky Morgan, hay una silla atravesada en la puerta con el gel hidroalcóholico. “¡Qué bonita esa pared! La pintaste de verde, ¿verdad?”, pregunta a una clienta al pasar. Los detalles. “Síii”, le responde Laura con una sonrisa grande desde su tienda de ropa. Está contenta. El confinamiento le ha ayudado a parar y ve a la gente con ganas de salir a la calle y comprar. Tiene a dos trabajadoras en un ERTE, pero su intención es reactivarlas en cuanto pueda, e incluso trabajar más la venta online, contratando a alguien en un futuro. Se ha dado cuenta de que es un filón que tenía “decuidado”. Dicky Morgan es también un proyecto propio. “Esto nació con la intención de crear valor, seleccionado las cosas con cariño y dándole visibilidad a los artistas locales. Y no solo a través de ropa, sino permitiendo que  muchos exhiban aquí su obra. No somos una galería, pero sí un espacio más informal y accesible. Todo muy natural”.

Tres negocios, tres historias que tendrán que esperar a las próximas semanas para ver cómo están de verdad las cosas. Mientras, la vida vuelve a las terrazas. “Yo estoy aprovechando, porque ya nos están avisando de que puede haber un repunte”, decía ayer Alejandro, sentado tomando una cerveza. “Y eso es la vida, aprovechar hasta que no se pueda”.

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