CULTURA

Gilberto González: “Canarias es un proyecto posmoderno que todavía no se ha pensado”

El director artístico del TEA cree que las Islas están atravesadas por un clasismo de origen colonial que considera muy habitual también entre sectores progresistas

Gilberto González, director artístico del TEA
Gilberto González, director artístico del TEA. Sergio Méndez

Al historiador del arte Gilberto González (1975) le colgaron el cartel de candidato favorito del poder, en manos entonces de Coalición Canaria, cuando fue elegido director artístico del TEA en 2018, un museo dependiente del Cabildo de Tenerife. Tanto, que alguno impugnó el proceso. Lo ratificaron en 2019. Pero conversar es espantar tópicos y prejuicios. Y de esta charla emerge una visión crítica y enormemente interesante del museo y de la sociedad canaria que huye de visiones facilonas. Muchos hablan de Canarias, a veces en vano. Pero no tantos la piensan.

-El proyecto con el que se convirtió en director artístico del TEA se llamaba Principio de Incertidumbre. Venía que ni pintado, ¿no?

“La verdad que se volvió un poco premonitorio. En realidad, parece que todo esto de la Covid solo ha acelerado cuestiones que estaban sobre la mesa. Quizá no era la forma en la que lo imaginábamos, pero ya vivíamos en ese malestar del que habla Marina Garcés. Aunque no creo que alguien sepa hacia dónde va a ir todo esto. Esa idea de ser el mesías, de tener que dar soluciones, me preocupa más que no tenerlas. Hay una necesidad de mantener estructuras, puestos de trabajo, y quizá esto nos lleve a dar respuestas que no estén suficientemente meditadas”.

-Durante el confinamiento, han tenido ustedes actividad a través de la página del museo con vídeos y reflexiones de artistas…

“Sí, queríamos dar una cierta imagen de continuidad a la institución. Y transmitir la idea de que el museo es un espacio de reflexión, no solo de exhibición. Así que hablamos con artistas y comisarios con los que ya estábamos trabajando para que transmitieran algunas ideas suyas. Aunque no queríamos que hablaran sobre lo que estaba pasando. Yo creo que los museos deben trabajar a diez años. La imagen que dan los medios sobre un suceso es tan potente que no tiene sentido que lo intentemos interpretar en ese momento”.

-¿Cómo ha afectado el coronavirus a la programación que tenían planteada?

“Lo que teníamos previsto para 2020 se divide entre este año y 2021. Por el parón y porque va a haber menos recursos. Queremos mantener las residencias de artistas, darles un espacio de tranquilidad para que trabajen durante uno o dos meses, aunque no salga un resultado concreto. No queremos productos, sino la elaboración de discursos críticos. Otra prioridad son los programas de mediación con el público. Tenemos uno que se llama De Trans: Cuerpos en frontera, que lideran José Arteaga y Dani Curbelo, donde se trata de dar a voz, sin hacer nosotros de ventrílocuos, a personas transgénero que llegan a la frontera, ver qué conflictos se inscriben en sus cuerpos, que son en parte los conflictos de nuestro tiempo. Y también está Omnia, un programa que lleva Silvia Navarro con colectivos que no sienten el museo como un espacio propio, como si no les perteneciera”.

-¿Cuál es el modelo de museo de Gilberto González?

“Yo creo que este museo surgió no solo de una idea de marca-ciudad, sino que había también un concepto muy burgués de lo que es el museo, que era el de enseñarnos a comportarnos como europeos. Para mí era importante construir la institución entendiendo la sociedad en la que estamos, que no es española ni europea al uso. Con sus conflictos, que yo creo que son muchos. El TEA está establecido sobre lo que eran casas de putas y yonquis. Y eso tiene que entrar al museo”.

-¿Y cómo se ha proyectado esa idea en las exposiciones?

“Un ejemplo bastante ilustrativo es el de la exposición Europa, ese exótico lugar, donde intentábamos reflexionar sobre cómo hemos construido, desde un territorio criollo, una visión de Europa que es una imagen de poder desde quien lo ostenta. Por un lado, de unas clases altas que fueron a hacer negocio a Europa desde mitad del siglo XIX hasta los años 60. Y por otro, de las clases medias que son cultas, en teoría progresistas, pero que están en ese conflicto de parecer europeas, de diferenciarse del resto de la población con esta cosa del mago y el no mago, el de barriada y el que no es de barriada. Lo europeo es ese objeto exótico, hay que parecerlo. Y en esa tensión están figuras como Domingo Pérez Minik o Eduardo Westerdahl. O la propia interpretación que se hace de Óscar Domínguez, tan importante en la trayectoria del TEA, y que es ese canario que no está en Canarias sino en París. A través de él intentamos vivir nuestro cosmopolitismo”.

-Pero eso es parte de una imagen. Pérez Minik, por ejemplo, era un socialista, un hombre atravesado por la guerra, aquí, en circunstancias concretas…

“Claro, los personajes no se interpelan en toda su complejidad, se aplanan porque hay una apropiación política concreta. Para los propios socialistas, hoy en día, podría ser complejo lidiar con Pedro García Cabrera, que era un socialista convencido con coqueteos con los comunistas. El problema es esa idea de la cultura como acompañamiento, sin dimensión crítica. La única cosa buena de que haya menos turismo es que, a lo mejor, tienen que cambiar las instituciones. Incluso habría que ver si lugares como el TEA o el CAAM, con ese deseo de emular lo europeo, tienen sentido en Canarias”.

-Le escucho hablar de esa función crítica del museo y me vienen a la cabeza el Reina Sofía y su director, Borja Villel…

“Ahora que hay una crítica feroz contra Borja Villel, porque dicen que lleva demasiados años, tengo que decir que ha sido fundamental para entender cómo el arte reestructura toda la cultura, su papel político, de cambio y de revisión histórica. En el futuro, se le tendrá que estudiar como se estudia a Harald Szeemann o a otros comisarios”.

-Y en ese proceso de revisión, ¿qué le interesa abordar de Canarias?

“Es importante volver hacia atrás y ver cómo hemos construido nuestro propio esquema mental, cómo hay un clasismo enorme en las islas que tiene una deriva colonial y poscolonial, cómo muchos de nosotros nos hemos instalado en una falsa progresía. Una buena parte de la intelectualidad canaria, lo que persigue es separarse del hecho de ser o estar en Canarias. Le interesa lo canario como elemento de promoción exterior, pero tiende constantemente a una crítica del terruño. Somos incapaces de crear lazos con aquellos que no se mueven en el mismo ámbito. Ahí está ese ataque plano a CC porque supuestamente son unos magos. Bueno, serán unos magos, pero infinitamente más inteligentes que muchos, porque entendieron y perpetuaron un sistema que era y es, en parte, imposible de desmontar”.

-CC no es solo rural, también tiene una clase media que, además, evita una cierta definición ideológica…

“Y esa es parte de su gran habilidad. Pero sí, hay una clase media educada que pertenece a CC que no acaba de definirse, que están pero no están, que, en ciertos ámbitos, no lo dirían porque se han beneficiado de ese sistema”.

-Han perdido bastante poder…

“La cuestión entonces será ver si hay un cambio o una perpetuación de un sistema. Si lo que hacemos es replicarlo, ¿cómo vamos a cambiar esta sociedad para hacerla de otra manera?

-También ha habido un proyecto de la izquierda para Canarias. Incluso culturalmente hablando. Mire el Manifiesto de El Hierro, en 1976.

“Sí, incluso el PSOE de los ochenta lo tuvo. Y eso que yo tengo muchos conflictos con esa idea ilustrada de la cultura del primer Gobierno de Saavedra de traer a una gran orquesta a la que probablemente nunca va a ir a escuchar alguien del barrio de la Las Remudas. Pero sí existió esa idea progresista de Canarias. Yo recuerdo ver en la televisión a Pepe Abad, Lola Massieu, a María Belén Morales y Juan José Gil, muchos intelectuales reflejaban esa ilusión quizá un tanto naif de una cultura canaria. Pero eso se perdió”.

-¿No coincidió eso justamente con la hegemonía de un partido supuestamente nacionalista? Qué paradoja, ¿no?

“También hubo una idea de Canarias en CC. No toda la responsabilidad de la situación actual es suya. Esto es como el mural de Aguiar del año 60 que hay en el Cabildo con unas señoritas en los balcones de La Orotava y el resto trabajando en el campo, el mar y la industria. Lo que subyace es: ‘Cada uno está donde debe estar, dése por contento con que la tierra le dé sus frutos. Es la idea de mantener el statu quo. Y ahí, esas clases medias progresistas de tipo funcionarial también tienen su responsabilidad, aunque sea por inacción. Han estado encantadas en su posición. No ha habido un proyecto autoemancipador, que no es independentista, ni siquiera nacionalista, pero debe repensar las estructuras sociales y las herramientas de educación”.

-Explíqueme mejor eso…

Mire, Canarias todavía no se ha pensado. Hemos sido incapaces de poner nuestros conflictos, que son poscoloniales, sobre la mesa. Pero no son conflictos con la Península. Todas la autonomías quieren más dinero del Gobierno central. Son problemas internos que somos incapaces de resolver. Yo siempre digo que Canarias es el primer proyecto posmoderno: el modelo romántico de nacionalismo nunca termina de fraguar. Hay una incapacidad de pensarse como conjunto. Y nos quedamos en medio de todo: somos colonia, pero no somos colonia, no somos trópico ni Mediterráneo, somos subtrópico. Ya la categoría geográfica te define como ‘sub’. Parece una broma”.

-Cuando lo designaron director artístico, hubo varias personas que impugnaron. Tenía usted el sambenito de ser el candidato del poder…

“Sí, yo era perfectamente consciente de eso y me planteé el desgaste que podía suponer. Por supuesto que es lícito reclamar, es parte de un proceso de este tipo. Lo que no me pareció justo fue todo lo que se formó alrededor de mí. Para muchas personas, no pasa nada si el candidato es de fuera, pero es un problema que uno haya trabajado en varios museos canarios”.

-En esa época, pensé en escribir un artículo sobre los avatares del TEA desde su fundación. Nadie quería hablar, aunque fuera sin dar el nombre…

“Ha habido una cultura de la subvención. Y no queremos conflictos. La gente está muy preocupada por sacar ‘su’ proyecto adelante. Pero, en realidad, muchas veces no han sido proyectos críticos, sino de producto por el modo en que la propia administración lo plantea. Con las crisis, se ha dinamitado la posibilidad de generar producto. Lo que te queda es producir pensamiento crítico. En ese sentido, hay una emancipación. Precarizado como estoy, a tomar por saco, digo lo que creo que se debe decir”.

-Mire, ¿y cómo va a llegar el TEA a esos sectores populares desde donde quiere trabajar?

“Pues lo primero, entendiendo que no son sectores populares sino sectores sociales, sin más. Tuvimos unas jornadas sobre música hardcore que fueron muy interesantes: de repente, un montón de gente discutiendo sobre lo que es el hardcore en una sala. Eso son cuestiones culturales, entendiendo la cultura como un elemento mucho más amplio, y que eso de la alta y la baja cultura es del siglo XIX, todo está atravesado por todo. También organizamos un encuentro sobre el carnaval y su poder subversivo. Y son temas donde entra el filósofo Walter Benjamin, pero también Bibi Andersen”.

-¿Y tenemos un marco teórico propio para afrontar estos debates culturales?

“Yo creo que no se puede trabajar el arte ahora desde los textos de Westerdahl o Pérez Minik, sino más bien desde los textos del antropólogo Fernando Estévez [fallecido en 2016], que planteó estructuras de pensamiento sobre la sociedad y el museo en el lugar que, sin embargo, son extrapolables a otros espacios y geografías. En la estela que él dejó, hay jóvenes intelectuales como Pablo Estévez, Larisa Pérez o Roberto Gil que están autocentrados, aquí y ahora, en Canarias, y que tienen pensamiento crítico para enfrentar estas cuestiones”