obituario

Luis Lerín, sencillo y ejemplar

Lerín era muy especial. De esas personas que no abundan y que si proliferaran es seguro que el mundo sería mucho mejor y funcionaría de otra manera

Luis Lerín [Zaragoza 1950-Santa Cruz de Tenerife 2020] era una persona tímida, cariñosa y generosa que cuando le conocí, a finales de los años 90, a través de Leopoldo Mansito, para cerrar el acuerdo del servicio de restauración del festival Son Latinos de Arona [Tenerife], pensé que nos habíamos confundido de persona y que estábamos saludando a un profesor de filosofía. Su apariencia y personalidad nada tenía que ver con el arquetipo del empresario del ocio y el entretenimiento. Creo que todos los que le conocimos de una manera u otra nos quedamos impregnados de la sabiduría y el talante siempre conciliador de Lerín, al que nunca ví alterado ni alzar la voz. Parecía imposible verle enfadado. Y eso me ganó de él. Creo que a mí y a todos los que tuvimos la suerte de compartir con él vivencias y momentos en mayor o menor intensidad.

Lerín era muy especial. De esas personas que no abundan y que si proliferaran es seguro que el mundo sería mucho mejor y funcionaría de otra manera. Con su impronta tan suigéneris imprimió un estilo muy personal y humanizado a la actividad del ocio nocturno, especialmente, aunque también hizo incursiones en el mundo de los conciertos de música, el espectáculo y la producción audiovisual. Y eso es de agradecer porque creó escuela con un estilo y una escala de valores que enriqueció a ese sector de la industria cultural. Lerín creó escuela y esculpió, a su imagen y semejanza, a toda una generación de empresarios de la noche de gran prestigio y seriedad, apostando por las nuevas iniciativas, y dando respaldo a proyectos que llevaban el cuño de emprendedores a los que puso la mano en el hombro para acompañarlos en sus sueños como hacía a menudo con absoluto desprendimiento.

Quizá siempre quiso devolver así a la vida lo que la vida le dio cuando, con 18 años, dejó sus Pirineos del alma para “buscarse la vida” y viajó a Tenerife a “hacer las Américas” donde encontró su segunda patria. No fue fácil para él. Empezó de la nada.

Me queda la pena de no haber dedicado más tiempo a hablar con Lerín, bajo el calor de su aprecio, y exprimir cariñosamente su memoria como icono de esta industria cultural que se tambalea desde hace doce años con dos crisis seguidas. Tantas cosas que me hubiese contado Luis. Un fuerte abrazo.

Mis condolencias para toda su familia y seres queridos. Descansa en paz. Te lo mereces, no te olvidaremos nunca.

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