Esta es una entrevista fuera de lo normal. Porque me he sentado a comer –steak tartar, por cierto, el plato estrella del restaurante Los Limoneros— con las tres jefas de azafatas del grupo Binter. Para ponerlos a ustedes en situación, voy a dar sus nombres y a las compañías del citado grupo que representan: Mercedes Arjona Martín (Santa Cruz, 1971), jefa de azafatas de Canair, que lleva 32 años en la compañía y tiene a su cargo unas 120 compañeras y compañeros. Herlinda Infante Fernández (Las Palmas, 1983), jefa de azafatas de Naysa, 20 años en el grupo, con otros 120 compañeras y compañeros bajo su dirección. Y Davinia González Padrón, que es una herreña nacida en La Palma (1981), a cargo de las tripulaciones de cabina de Binter Airlines, en rutas nacionales e internacionales del grupo, con 240 TCP (tripulantes de cabina de pasajeros) bajo su dirección y otros 20 años en la compañía. Las tres amigas, las tres madres de familia, las tres enamoradas de su profesión, las tres con estudios superiores (Mercedes se hubiera decantado por el derecho o por la odontología y Davinia y Herlinda por el periodismo, miren ustedes por dónde). Tienen miles de cosas que contar, pero son discretas y las anécdotas se deben tratar con cuidado. Quiero adelantar que fue una conversación muy agradable, en compañía de un jefazo de Binter, antes de la Caja Insular, Miguel Ángel Suárez, director comercial, de Marketing y de Comunicación del Grupo Binter, todo un caballero, que me dejó trabajar sin hacer ni un comentario. Por cierto, su presidente, Rodolfo Núñez, me habla maravillas de mis cuatro interlocutores. Las respuestas que no están personalizadas son comunes y Miguel Ángel no participa en la charla: asiste como oyente y además se tiene que ausentar por una llamada urgente de la compañía. Nada grave, no se asusten.
-Esto es vocacional, señoras. ¿O no?
“Meterte en el uniforme te hace fuerte y también hace que te cuides. Notamos cuando pasamos de volar a realizar tareas administrativas. Por eso las tres seguimos trabajando en un avión, cuando el trabajo de oficina nos lo permite”.
-Tendrán miles de anécdotas.
“Bueno, sí, las tenemos. Un día de viento cruzado en La Palma, una pasajera sensible al huracán, me aseguraba (habla Mercedes): “Es que he llamado a mamá y me dice que la ropa está tendida y que no se mueve; eso es buena señal, ¿no?”.
(Mercedes me cuenta que un italiano se enamoró de ella en un vuelo y que la perseguía por los aeropuertos para entregarle frascos de perfume. “No lo vi nunca más, pero el hombre se lo tomó a pecho y entregaba los perfumes a otras personas para que me los hiciera llegar. A mí, la verdad, me hacía gracia, porque todo esto forma parte de mi profesión”. Y entonces yo les recuerdo la película de Tom Hanks, cuando tiene que permanecer semanas en un aeropuerto norteamericano, porque su país ha desaparecido oficialmente. Y se enamora de una azafata, incluso le organiza una cena romántica en una terraza semiclandestina del edificio terminal. La azafata era, ni más ni menos, que Catherine Z. Jones. Como para no enamorarse).
-¿Ustedes han oído hablar del famoso chupón de Machado?
“Claro, es el que se produce algunas veces, por viento, cerca de la cabecera 3-0 de Los Rodeos y que se llama así en honor de Rafael Machado, ya fallecido, que fue comandante de Iberia y de Aviaco, y que produce efectos raros en el avión”.
(Y entonces yo les cuento mi anécdota. En un vuelo de prueba del CN-235, que yo vi fabricar en Indonesia y en España, a punto de ser entregadas cuatro unidades a Binter, yo volé en uno de ellos, en prueba, sobre el mar. Los pilotos, que eran mis amigos Carlos Gómez y Alfonso García Bach, pararon los dos motores. El avión no sólo no entró en pérdida sino que flotaba en el espacio aéreo como una ballena, sin ruido, con una sensación de serenidad maravillosa. Se quedan con las bocas abiertas, las tres).
-¿Han tenido que asistir a algún pasajero de una dolencia grave?
“Estamos preparados para ello. Pero primero siempre acudimos a algún pasajero experto. Afortunadamente, lo normal es que viajen en el avión o médicos o enfermeros. Tenemos desfibriladores a bordo. Hace algún tiempo lo utilizamos, manejado por un especialista, y fuimos felicitados por la autoridad sanitaria porque salvamos a una persona con una dolencia cardíaca. Los Embraer de Binter, además, cuentan con un botiquín muy bien dotado para las rutas más largas”.
-¿Sus licencias se renuevan?
“No exactamente. Pero sí que pasas la “ITV”. Queremos decir con ello que sufrimos reconocimientos médicos periódicos y exhaustivos. La licencia, mientras vuelas, sigue en vigor, aunque cada empresa del grupo mantiene cursos de reciclaje”.
(Les pregunto por Binter, como grupo. Davinia me dice: “Es nuestra casa”. Mercedes (de la que me he enterado que fue una dura negociadora, como sindicalista), opina: “Yo no conozco otro trabajo”. Y Herlinda asegura: “Como no puedo comparar, le doy el valor añadido que tiene y además digo que el carácter canario de mis compañeros y compañeras TCP es un plus para el pasajero”. Y las tres coinciden):
“Las demás compañías están copiando a Binter, sobre todo en el trato que les da nuestro grupo aeronáutico a sus pasajeros. Nos esforzamos un montón en cumplir nuestras propias normas. Y hasta algunos clientes nos piden nuestra bolsa de Binter con la comida que no utilizan, porque quieren llevársela a casa. Bueno, es bonito ver las bolsas por ahí”.

-Supongo que algunas veces tratan con los políticos que tanto usan los aviones de Binter, ¿qué les cuentan?
“Por supuesto que se escuchan, sin querer, conversaciones. Pero la discreción es una máxima en esta profesión. Sí te diremos que es horroroso ver cómo se quedan dormidos en los sillones, con la boca abierta. Menos mal que a bordo no hay fotógrafos de prensa, porque se hincharían de hacer fotos”.
-Ejercen ustedes una profesión durísima. ¿La soportan bien?
“Es puramente vocacional. Sabemos a la hora que entramos, pero no a la que salimos. Por eso a veces nuestras parejas no nos entienden. No podemos hacer demasiados planes y esto hay hombres que no lo asimilan, en nuestros casos. Pero, bueno, qué se le va a hacer”.
-¿Enamoradas de la puntualidad?
“En la aviación, la puntualidad es vital. Es que estás jugando con el tiempo de los demás”.
(Davinia cuenta una anécdota. Cuando volaba a El Hierro tenía muchos conocidos a bordo. Y, al despedirse, le daban besos. Pues había gente que creía que esa era la norma, el trato habitual, y también le daban besos, aunque no la conocieran de nada. Recibía unos cuantos seguidos. Me hace recordar otra película, Notting Hill, cuando Hugh Grant le da un beso al recepcionista del Savoy de Londres porque le dice dónde está Julia Roberts celebrando una rueda de prensa. Besa al empleado y un japonés que viene detrás, creyendo que era la norma, le estampa otro beso en la mejilla al atribulado conserje del hotel).
-El anecdotario es inagotable, me parece.
“Pues sí. Fíjate, un preso, que viajaba custodiado por la policía, un chico joven, se enamoró a primera vista de una azafata de Binter, sólo diremos que se llama Laura, y fue tan grande su amor que le enviaba cartas desde la prisión. En realidad, una historia bonita, que habla de los sentimientos de la gente. No pasó nada más, pero esto dice mucho de las relaciones humanas”.
(Y entonces yo les cuento una historia. Un preso, senegalés, interno en Tenerife II, se cortó un dedo y me lo envió por correo, para que yo intercediera por él, que se declaraba inocente. Mi secretaria (yo era entonces director de La Gaceta de Canarias) se desmayó al abrir el sobre y encontrar el dedo. Se lo envié, vía policía, al juez de vigilancia penitenciaria, que era Fernández del Torco. Al poco tiempo, el hombre salió de prisión. Ese hecho dio pie a mi novela “El dedo de Mustafá”, que se ha estudiado en alguna facultad de Periodismo).
-¿Se han enamorado ustedes de algún pasajero?
(Ahora la que habla es Herlinda. Las otras dos dicen que no, que no ha habido ocasión. Pero Herlinda, que es encantadora, que tiene un cloquío canarión innegable y muy agradable, me dice):
“Yo sí. Lo observaba, me encantaba, se parecía a Chayanne. Yo tenía novio y lo dejé por él. Es que las ambrosías de Binter obran milagros. Un día, tras varios vuelos hablando, me dio un bolígrafo con el logo de su compañía y un número de móvil. Surgió el amor. Estuvimos juntos unos meses, luego se acabó todo, pero fue bonito mientras duró”.
(Davinia añade):
“A mí me dejaban el número de teléfono anotado en el mantel, o el Instagram. Bueno, no me molestaba, es parte también de la condición humana. Me parece bien, otra cosa es que hagas caso o no. Haces lo que crees que debes hacer en cualquier momento”.
-¿Cómo es el grupo Binter?
“Somos 3.000 empleados en 17 compañías entre aéreas y de handling, etcétera. Nuestro carácter canario más nuestra formación componen un tándem perfecto para hacer feliz al pasajero. Y, en realidad, junto a la seguridad, esa es nuestra meta. Nos han preparado para eso”.
(Y ahora la que habla es Mercedes, a quien creo que sus compañeras llaman Meme; y si no es así, que me perdone):
“Una vez, una pasajera me dijo: “Oiga, que el chófer salió del cuarto, ¿el avión va solo?”. Se trataba de que uno de los dos pilotos abandonó la cabina para ir al baño. Entonces tranquilizamos a la señora y le dijimos que hay dos pilotos a bordo y que uno de ellos llevaba el avión. El otro, a lo suyo”.
-¿Han sentido miedo alguna vez?
“No, miedo, nunca”.
-¿Y han sufrido incidentes graves?
“Los normales en la aviación, pero nada que nos haya hecho sentir miedo”.
(No les cuento lo que me pasó a mí en un vuelo Belfast-Edimburgo, porque entonces me convierto en protagonista de la entrevista. Sí diré que las azafatas lloraban, pero resistieron e hicieron su trabajo).
-¿Siguen la misma política Canair, Naysa y Binter Airlines?
“Exactamente la misma. El pasajero de cada una de las compañías del grupo no va a notar la diferencia jamás”.
-¿Se mosquea la gente al ver lo jóvenes que son los pilotos?
“Algunos pasajeros, sí, porque la verdad es que lo son. Pero no se imaginan lo preparados que están y lo bien que vuelan tanto los ATR como los Embraer”.
-¿Recuerdan a algún piloto en particular?
“Hombre, a Manolo Ramos, que se marcaba unos rollos tremendos por megafonía que los pasajeros agradecían mucho. Manolo era buena gente, pero por las buenas. Por las malas, mejor no decirle mucho. Pero era un grandísimo piloto y una buena persona”.
(Gente especial, esto es lo que son ellas. Enamoradas de lo que hacen, amables, educadas, elegantes, con un carácter afable que te encandila y fieles a sus compañías, que componen el conglomerado de Binter. Por cierto, la primera revista de a bordo de Binter la edité yo y le regalé el nombre (Binterés), que tenía registrado, a Iberia. Rodolfo Núñez, presidente de Binter y amigo de tantos años, se acordará. Les doy la gracias a las tres. Ha sido un rato muy agradable. Yo quiero una bolsa de Binter con las ambrosías. A ver si me cae algo, aunque a esta edad sólo me caerá una muleta, Herlinda).






