inmigración

“La mitad de los inmigrantes mueren en el Sahara”

"Dos personas que nos acompañaban enfermaron y fallecieron. Los enterramos como pudimos", confiesa 17 años después de la travesía
Amadou Fofana llegó en patera a Canarias en el año 2003. DA
Amadou Fofana llegó en patera a Canarias en el año 2003. DA
Amadou Fofana llegó en patera a Canarias en el año 2003. DA

Amadou Fofana se fue de Bamako (Mali), en 2003, sin avisar a su familia. Tenía solo 12 años y una historia desgarradora que se atreve a contar en medio de una nueva crisis migratoria en las Islas. Dos años antes de salir de su país, Amadou perdió a su hermano cuando trataba de llegar a Europa. En cierto sentido, este joven, que hoy trabaja como captador de socios para la Cruz Roja en Las Palmas de Gran Canaria, es inmigrante y, a su vez, víctima de la inmigración irregular.

Un compañero de trabajo de otro hermano suyo, el mayor, le preguntó si alguna vez se había planteado venir a Europa, ya que un familiar y un amigo de éste iban a hacer próximamente el viaje. Amadou, que era un chiquillo, dijo que sí. Ni se lo pensó.

Los tres cogieron un bus en Mali, recorrieron Mauritania y llegaron a la frontera con el Sahara. Tres meses pasó ese niño en el inmenso desierto a base de sardinas y agua medio salada que le traían a él y al resto de la expedición, unas 300 personas, los mismos hombres que una fría noche comunicaron que había llegado el momento de subir a la patera. Imagínese lo que supone para un niño de 12 años alejarse de sus padres, y a estos que su pequeño se marche solo dos años después de la muerte de su otro hijo.

“Nada más ver las pateras, subieron corriendo. Al ponernos todos en un lado, la barca se volcó. Pensé que se había acabado todo, que por fin estaría con mi hermano. Consiguieron darle la vuelta y el patrón dijo que la barca tenía un agujero por debajo y que, si nos montábamos, corríamos el riesgo de no llegar a Europa. Entraba mucha agua. Al final solo se subieron unas 30 personas, muchas menos de las que habíamos vivido todo lo anterior”, cuenta Amadou Fofana 17 años después.

-Empiezas a contar tu historia desde la muerte de tu hermano, que se fue con solo 32 años, cuando tú tenías 10. ¿Qué recuerdas de aquel día?

“Era tarde y estábamos en mi casa, que está en un pueblo pequeñito de Mali. Recuerdo que había sandía, mi fruta favorita. Cuando nos la estábamos comiendo, a mi padre le llegó la noticia de que mi hermano, que vivía en Costa de Marfil con su mujer y sus hijos, de 6 meses y 3 años, había muerto en el mar. Le dijeron que salió en una patera desde la costa de Marruecos y que no llegó”.

-Dejar atrás a su familia no tuvo que ser nada fácil para él.

“Su muerte provocó un poco de malestar entre mis padres. Mi padre decía muchas veces que mi hermano se fue porque mi madre no le había dado el cariño suficiente: siempre le echaba la bronca, le decía que no daba el máximo de sí mismo y cosas de ese tipo. Pero para nada fue así. Mi hermano entendió que en ese momento tenía dos familias y que necesitaba irse para darnos una vida mejor a todos”.

-Dos años después, en 2003, tú decides subirte a una patera para completar su viaje. 

“Antes viví más de un año con mi primo en la ciudad de Bamako, la capital de Mali. Me envió mi madre porque yo estaba malito y allí la sanidad y el acceso a las medicinas eran un poco mejor que en mi pueblo. En Mali, la sanidad es privada. En mi familia nunca hemos pasado hambre, pero sí necesidades importantes en ese sentido, porque si te pones enfermo tienes que vender algunos de tus bienes personales para poder tratarte. Cuando me curé, un amigo y compañero de trabajo de mi hermano mayor, que también vive en Bamako, me preguntó si había pensado alguna vez en ir a España. Sinceramente, yo nunca me lo había planteado, pero le dije que estaba dispuesto. Necesitaba crecer, estudiar, aprender y, sobre todo, completar el viaje de mi otro hermano para ayudar a mi familia”.

-¿Cuál fue el siguiente paso?

“Todo sucedió muy rápido. No le dije nada a mis padres. Solo lo sabía mi hermano mayor, que vive en Marruecos, porque él me lo pagó. Un familiar de su compañero de trabajo, un amigo suyo y yo cogimos un bus en Bamako y recorrimos Mali y Mauritania hasta llegar a la frontera con el Sahara, a una zona que parece no estar controlada por nadie. A medida que avanzaba el viaje, se iba sumando más gente y, al final, había un total de 300 personas. Una vez allí, llegaron cinco o seis coches todoterreno y empezó la travesía por el desierto. El camino no es para nada fácil: muchas personas pierden la vida antes de llegar al mar. Prácticamente la mitad muere en el Sahara”.

“Muchas personas pierden la vida antes de llegar al mar. Prácticamente la mitad se queda en el Sahara”.

-En aquel entonces solo tenías 12 añitos.

“Era el más pequeño de todos. Por eso el resto de personas estaba muy pendiente de mí, de que estuviera bien. Además, iba con mis dos compañeros”.

-¿Cuánto duró el viaje?

“Más de tres meses. Imagínate. Más de tres meses escondiéndonos. Nos llevaban de un sitio a otro. Dormíamos en cuevas y en agujeros. A veces tenías que estar 24 horas echado porque no podías ponerte en pie. Si querías mear, tenías que hacerlo rápido y agachado para que no te vieran”.

-¿Cómo sobrevivieron durante tanto tiempo en el Sahara?

“A base de pan y sardinas. El agua que bebíamos, la que nos traían, era medio salada, pero deseábamos que esos hombres volvieran con más, porque teníamos muy poco para comer y beber. Nunca nos decían cuándo iban a regresar”.

-Dices que muchos se quedan en el desierto.

“Dos personas que nos acompañaban enfermaron y murieron poco después. Los enterramos como pudimos. Ambos tendrían entre 40 y 50 años. Luego seguimos nuestro camino. Fue muy duro. Hay gente que todavía no entiende que los inmigrantes que mueren también son hijos, padres, maridos o abuelos. A sus familias, como le pasó a la mía, solo les llega la noticia de que han fallecido cuando trataban de buscar un futuro mejor para ellos”.

“Los inmigrantes que mueren también son hijos, padres, maridos o abuelos”.

-Tras meses escondidos, llegó el día del viaje. 

“Una noche nos comunicaron que nos llevarían al barco. Me cachearon y me quitaron el poco dinero que tenía guardado y nos montaron otra vez en el todoterreno para trasladarnos a la costa. Allí había dos pateras. Nada más verlas, la gente se subió corriendo. A mí me tuvieron que ayudar. El caso es que al ponernos todos en un lado, la patera se volcó. En ese momento, pensé que se había acabado todo, que por fin estaría con mi hermano; no sentí ni miedo”.

-Afortunadamente no fue así.

“No. Toqué el suelo con los pies, así que no fue para tanto”.

-¿Qué hicieron con la patera?

“Consiguieron darle la vuelta y el patrón dijo que tenía un agujero por debajo, que, si nos montábamos, corríamos el riesgo de no llegar a Europa. Entraba mucha agua. Al final solo se subieron unas 30 personas, muchas menos de las que habíamos vivido todo lo anterior”.

-Ni te planteaste no subir.

“Yo pienso como muchos inmigrantes: si tengo que morir por intentar conseguir una vida mejor, lo hago. Tuvimos que estar sacando agua con cubos hasta que llegamos. Como yo era el más chiquito, me dijeron que me pusiera en la parte delantera”.

“La patera tenía un agujero y tuvimos que estar todo el viaje sacando el agua con cubos”.

-Imagino que el viaje fue muy duro.

“Me pasé todo el trayecto vomitando. Salimos de madrugada. Hacía muchísimo frío y yo llevaba la misma ropa desde que nos fuimos de Mali y encima estaba mojado. No se veía nada. Yo tampoco había visto nunca el mar, así que me agarré a la patera lo más fuerte que pude. Todavía tengo los arañazos en la piel, las cicatrices de las heridas que me hice en la patera. Creo que el viaje duró unas 24 horas. Llegamos a Lanzarote por la tarde-noche, pero no recuerdo a qué zona exactamente”.

Amadou Fofana trabaja para la Cruz Roja en Las Palmas de Gran Canaria. DA
Amadou Fofana trabaja para la Cruz Roja en Las Palmas de Gran Canaria. DA

-¿Qué sentiste cuándo viste Lanzarote? 

“¡No te lo puedo explicar! Es como si recuperaras la parte humana de ti, como si empezaras a reaccionar”.

-¿Cómo fue el recibimiento en la Isla?

“Nos recogió la Cruz Roja y nos dio ropa. Como era el único menor, directamente me separaron del resto. Desde entonces no he vuelto a ver a mis compañeros. Para los que no lo entiendan, la mayoría de las personas que vienen en patera a Canarias no quieren quedarse aquí, sino llegar al continente. Yo mismo he ayudado a otras personas a que lo logren. Al final, piénsalo, que vengan otras personas no significa que tu vida vaya a ser mejor o peor de lo que es, pero sí le das la oportunidad a otros de encontrar una nueva”.

-¿Te costó integrarte en la sociedad canaria?

“Tras pasar semanas en Lanzarote me mandaron al centro de acogida en La Cuesta, en Tenerife. El resto del tiempo, hasta la adolescencia, lo pase en el ‘hogar’ de la Asociación AKI, en La Laguna. Me apunté en el equipo de fútbol del Coromoto y me sentí, por primera vez en mucho tiempo, parte de algo, de un grupo. En un campamento de verano conocí a una familia muy importante para mí, la de mi amigo Dani, a quien llaman ‘More’. Su madre Pilar y su hermano Raúl me ayudaron mucho a salir adelante. De hecho, pasaba casi todo el tiempo con ellos. Recuerdo que Pilar me dijo que si hubiera tenido espacio para uno más, le hubiera encantando adoptarme. Eso nunca lo olvidaré. Hice un Grado Medio de Comercio y Marketing y empecé otro Superior de Comercio Internacional, que tuve que dejar porque estaba trabajando. Cuando ya no lo estaba, la abuela de Dani me acogió en su casa durante un año porque yo ya era mayor de edad y no tenía a donde ir. Pasé otro en un albergue de Cáritas y en 2014 me llamaron de la Cruz Roja para trabajar como captador de socios, mi empleo actual. Ahora comparto piso con un compañero de Cabo Verde en Las Palmas de Gran Canaria”.

-Hablemos de las redes sociales. Pongamos sobre la mesa una serie de bulos o medias verdades que a mi juicio fomentan el racismo en algunos sectores de la sociedad. Te voy a poner un ejemplo: hay gente que dice que los inmigrantes no llegan muy mal porque “vienen con ropa de marca”.

“Lo que debería saber esa persona es que en África es donde más ropa falsificada se vende. Que tú veas una marca en una camiseta no significa que sea verdadera. Muchos, además, llevan la ropa que les dan, no la compran. Por otra parte, que una persona lleve ropa Adidas no quiere decir que esté sobrado de dinero. Si la ropa fuera un indicador de lo bien que estás, aquí en Canarias sería todo el mundo millonario”.

 -Otro comentario recurrente: “Vienen con mejores móviles que el mío”. 

“¿Qué móviles? ¿Un teléfono para hablar por Whatsapp o para sacarte una foto? Hay tiendas aquí en las que te puedes comprar los mismos por 30 euros. ¿Por venir de África no podemos tener un teléfono para mandar mensajes a nuestras familias? ¿Le decían a los canarios que en su momento emigraron a Venezuela que no podían llevar sus pertenencias? Todas estas cosas son excusas para no decir directamente: “No quiero que estén aquí”.

-Vamos con el último: “Reciben pagas de 600 euros”.

“Es fácil. Si eso fuera verdad, no estaríamos en la calle. Es decir, tendríamos dinero para alquilar un piso o para ir a la Península. ¿Crees que preferimos estar pasando hambre en un centro militar? Me parece realmente impresionante que una persona con cabeza pueda generalizar de esa manera. Con esto no quiero decir que todos los inmigrantes seamos buenas personas, o que no tengamos defectos. Me parece muy triste que se digan cosas de ese tipo, o que venimos a quitarles el trabajo. Una persona que no sabe leer, escribir, el idioma y viene de otro país no le va a quitar el trabajo a nadie. Que quede claro de una vez que los inmigrantes que vienen a España hacen los trabajos que los españoles no quieren hacer. Yo mismo he hablado con compañeros en Barcelona que han tenido que pagar 1.000 o 2.000 euros para que le hagan un contrato de un año y poder conseguir la documentación. Además, muchos de ellos son trabajos inhumanos y los contratos son precarios. Esa es la realidad. Nosotros aceptamos las condiciones para ayudar a nuestras familias”.

“Si la ropa fuera un indicador de lo bien que estás, aquí en Canarias sería todo el mundo millonario”.

-¿Qué tienes que decirle a la mayoría de los canarios que sí entienden el sufrimiento y apoyan a los inmigrantes?

“Que son nuestra esperanza. Los que hacen que mañana podamos dar otro paso. Si no fuera por personas como ellas, el 90% de los que llegamos a Europa no saldríamos adelante. Casi todos los que venimos, recibimos la mano de una familia canaria que nos acepta en su vida y hace que la nuestra tenga un nuevo significado. Lo único que puedo decir es que esa es la verdadera Canarias. La gente aquí es buena y tiene corazón. Siempre está dispuesta a ayudar. Hacen que el Sol vuelva a brillar en la mirada de los inmigrantes que están llegando hoy”.

Amadou Fofana ha tenido la oportunidad de contar su historia en Buenas Tardes Canarias (RTVC). DA
Amadou Fofana ha tenido la oportunidad de contar su historia en Buenas Tardes Canarias (RTVC). DA

La voz de África

Amadou Fofana ha decidido empezar un podcast, ‘La voz de África‘, no por la situación actual, sino para dar visibilidad a las historias de los propios inmigrantes y del continente africano, contadas por los paisanos suyos que viven en Europa. “No es una protesta por la crisis actual. La idea es dar a conocer cosas que no se conocen de África, para mostrar cómo es de verdad el continente desde el corazón: cultura, valores y honestidad. Es una manera de abrir las puertas de nuestra ‘casa’ sin pedir nada a cambio. El objetivo es que la gente de aquí pueda coger lo mejor de nosotros”. Además, Amadou Fofana ha tenido la suerte de poder contar parte de su historia en televisión, concretamente en Buenas Tardes Canarias (RTVC), y tocar así ‘la fibra’ en cada hogar de las Islas.

 

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