cultura

Muere a los 82 años Joan Margarit, el poeta catalán enamorado de Tenerife

El escritor, Premio Cervantes 2019 y artífice de una obra poética bilingüe, fallece en Barcelona víctima de un cáncer que le fue detectado hace menos de un año; en su trayectoria vital y literaria no dejó nunca de recordar a la isla a la que estuvo vinculado desde la adolescencia
Joan Margarit (Sanaüja, Lleida, 1938-Sant Just Desvern, Barcelona, 2021) posee una extensa obra poética escrita tanto en catalán como en español. / EP

Viví en una ciudad en donde las mujeres/ ponían almohadones encima del alféizar/ para apoyar los brazos./ Y las calles con casas estucadas de rosa bajaban hasta el puerto./ Hoy las ventanas ya no son las mismas/ ni ninguna mujer se apoya en el alféizar./ Nunca se desembarca en los lugares/ que aísla la memoria./ Vivo en este país tan familiar y serio/ que guarda las cenizas de los que me han amado./ ¿Por qué no pudo nunca ser más acogedor?/ Y fue en aquella isla, no en mi patria,/ donde encontré mi hogar./ Década del Cincuenta. Tenerife./ Es el único sitio de mi vida/ al que ahora deseo regresar.

La isla misteriosa. Del poemario Un hivern fascinant (2017) / Un asombroso invierno (2018).

El poeta Joan Margarit falleció ayer en Sant Just Desvern (Barcelona) a causa de un cáncer que le fue diagnosticado hace menos de un año. Según comunicó la familia, el escritor catalán, de 82 años, será despedido en la intimidad.

Nacido en Sanaüja (Lleida) en 1938, Margarit era arquitecto y catedrático de Cálculo de Estructuras de la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona. Pasó su infancia, adolescencia y primera juventud en Barcelona, Rubí (Barcelona), Girona, Figueres (Girona) y Tenerife, isla con la que siempre mantuvo un estrecho vínculo emocional.

PREMIO CERVANTES

Con una extensa obra poética en catalán y castellano, es autor de títulos como Càlcul d’estructures, Casa de Misericòrdia, Els primers freds, Es perd el senyal, No era lluny ni difícil o Una mujer mayor. De igual modo, se han editado antologías de su obra en verso y textos en prosa como Remolcadors entre la boira, Poètica (Construcció d’una lírica), Cien poemas, Sense el dolor no hauríem estimat y la memoria de infancia Per tenir casa cal guanyar la guerra, entre otros.

El pasado diciembre, los reyes de España le entregaron en Barcelona el Premio Cervantes 2019, pues el 23 de abril no pudo celebrarse la tradicional ceremonia en la Universidad de Alcalá de Henares debido a la pandemia. Además del galardón más importante de las letras hispanas, recibió premios como el Crítica Serra d’Or, el Carles Riba de poesía, el Premi Nacional de Literatura de la Generalitat, el Jaume Fuster, el Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

“Muy pocos sitios como Santa Cruz han significado tanto para mí como aquellos años y aquellos veranos”

“Fue un poeta de mucha sensibilidad e inteligencia, un poeta claro y que lograba emocionar”, destacó Nicole Brezin, editora de Visor, sello que ha publicado más de una decena de sus obras. “Decía que escribía los poemas al mismo tiempo en catalán y castellano, que no eran traducciones. De su escritura, lo que más me llamaba la atención era su precisión y la capacidad para conmover”. Margarit dejó listo para la imprenta un último libro, Animal de bosque, cuya versión bilingüe publicará Visor. Brezin, que adelantó que saldrá en 15 días, explicó que es un poemario marcado por la enfermedad: “En él reflexiona sobre la vejez y la muerte”.

La poeta Elvira Sastre señaló que con la muerte de Margarit “también se ha muerto un poco el futuro”. “Hace ya unos años encendió la luz con un prólogo generoso en mi primer poemario en Visor. Le debo cosas que nunca le dije, pero sé que él sabe. Así son los poetas: clarividentes, eternos, humanos”, resaltó. El escritor Fernando Aramburu le mostró su “gratitud por las hondas y tantas veces doloridas palabras del maestro en el día en que nos deja”. El poeta Benjamín Prado también expresó su tristeza por la marcha de “un maestro y un gran amigo”. “Amo tanto Barcelona que seguiré yendo siempre, pero la encontraré un poco vacía: siempre comía con Joan e iba a ver a Juan Marsé. Ninguna de las dos cosas es ya posible”, lamentó. En Valparaíso Ediciones -que publicó de Margarit La libertad es un extraño viaje– mostraron sus condolencias asegurando que recordarán “siempre al poeta”. También editorial Austral se despidió de su “querido Joan Margarit, uno de los grandes poetas de los últimos tiempos”.

Benjamín Prado: “Siempre que iba a Barcelona comía con Joan e iba a ver a Juan Marsé; ninguna de las dos cosas es ya posible”

LA ISLA MISTERIOSA

Margarit nació en plena Guerra Civil y no fue hasta los 16 años cuando por primera vez le sonrió la vida en la isla misteriosa, como se refiere a Tenerife en el poema que abre esta información. Su padre había venido como arquitecto del Ministerio de la Vivienda. “Llegábamos machacados, después de vivir en 10 o 15 lugares distintos y siempre con la miseria colgando. Huíamos de aquel mundo. Nadie esperaba encontrar lo que encontramos después de aquel viaje en barco”, le explicaba hace poco más de un año al periodista Víctor Hugo Pérez en los micrófonos de Canarias Radio.

“En Santa Cruz escribí mi primer poema, el único que me sé de memoria, pero no lo recito nunca porque es muy malo. Lo escribí en una ventana de la calle Manuel Verdugo, cerca de lo que llamábamos la avenida del manicomio, mirando a aquel pequeño puerto con tan pocas luces de aquella querida y añorada Santa Cruz”, detallaba Joan Margarit, que recurría al humor para aclarar que la destinataria de los versos de amor no era chicharrera: “No, fue un poema inspirado en una goda, se llamaba Mari Carmen y era una alumna del instituto de Las Mimosas, donde hice el curso preuniversitario y donde, por primera vez, fui a una clase con chicas, que no era nada común en el franquismo”.

Fernando Aramburu quiso mostrar ayer su gratitud “Por las hondas y tantas veces doloridas palabras del maestro”

LA FELICIDAD

“En muy pocos sitios he sido tan feliz como en Santa Cruz. Más que tan feliz diría, para ser más preciso, que muy pocos sitios como Santa Cruz han significado tanto para mí como aquellos años y aquellos veranos”. “No había teleférico al Teide y subí a caballo hasta la cima”, recordaba en otro momento de la charla. “Fuimos con mi padre y unos amigos de la familia en cuatro mulos y un caballo, salimos del Llano de Ucanca y desde ahí empezamos a subir mientras amanecía. Fui el primero en llegar a la cumbre. Contemplar aquel paisaje desde lo más alto sin nadie fue inolvidable, inolvidable, inolvidable… No me cansaré de repetirlo”.

Fotografía del poete en el Teide fechada en 1957. / DA

La memoria de Margarit atesoraba muchas estampas que vivió en primera persona en un Santa Cruz de poco más de 100.000 habitantes. Desde el fin del trayecto de las guaguas en la plaza del Príncipe, “donde el conductor y el cobrador bajaban a tomarse algo” mientras los viajeros subían, hasta “aquella plaza de Los Patos, aquella rambla, aquel puerto, por Dios, en el que no había ninguna barrera. Bajabas desde la plaza de la Candelaria y llegabas hasta los barcos y hasta la punta del espigón sin ningún obstáculo”.

También se acordaba de su primer año en la Universidad de La Laguna antes de estudiar Arquitectura en Barcelona. A Aguere, “donde no había una casa nueva, solo las de estilo colonial”, subía en una “guagua, mitad llena de estudiantes, mitad llena de magos con su sombrero -“lo digo con cariño”, puntualizaba-, que iba dando vueltas por la carreterita de La Cuesta. Aquello era una maravilla. Fue como un sueño”.

Ese joven de 16 años disfrutaba con las tertulias que surgían por las tardes en torno al minigolf del Parque García Sanabria. “Allí pasé horas y horas hablando del cielo y del infierno, de lo bueno y de lo malo, con chicos que no iban a mi instituto. Nos mezclábamos y hablábamos de todo, y de vez en cuando seguíamos un hoyo apasionante que se jugaba en el número 13. ¡Dios mío, qué Santa Cruz, qué Santa Cruz!”.

“Huía de las miserias de la Guerra Civil y llegué a una ciudad cálida y cordial; estar en Santa Cruz fue pasar del infierno al cielo”

Los encantos de la capital tinerfeña contrastaban entonces con la realidad del sur de la Isla. “El Sur era tomates para nosotros. Había muy poca comunicación y muy pocas carreteras. No lo pude conocer en los dos años seguidos que estuve allí. Turismo no había, solo el que llegaba a Santa Cruz en barco. Algunos turistas iban al Teide de excursión y otros se quedaban en la ciudad para comprar en los indios. Todo era tranquilo, amable y lento”.

Sus viajes a Barcelona en barco, de línea regular primero y en mercantes después, “más baratos y con camarotes individuales”, se convirtieron en su principal fuente de inspiración. En estos últimos se pasaba escribiendo poemas los cinco o seis días que duraba la travesía, dependiendo de si hacía o no escala en Las Palmas de Gran Canaria. “Cuando abría la ventana veía el mar a través de las cajas de plátanos que llevábamos en cubierta”, rememoraba. En cambio, la experiencia previa en barcos como el Ciudad de Cádiz o el Villa de Madrid no resultó tan reconfortante: “Íbamos en popa y en camarotes de seis literas con seis orinales. Se puede imaginar cómo iba aquello cuando había mala mar”.

Dejó escrito un último libro, ‘Animal de bosque’, que publicará Visor en 15 días; en él reflexiona sobre la vejez y la muerte

LOS AMIGOS

Margarit, al que sus compañeros de clase lo bautizaron como el Catalán -desde la “cordialidad y el afecto”, matizaba-, recordaba entre sus amistades “inolvidables” a Félix Zamora y a Elviro Reboso. “Venía huyendo de las miserias de la Guerra Civil y llegué a una ciudad cálida y cordial. Para mí fue pasar del infierno al cielo. Una enseñanza tremenda. Santa Cruz ha sido un lugar clave en mi vida, me salvó de muchísimas cosas, le debo mucho a Santa Cruz”. En la galería de amistades del poeta figuraba también el escritor y periodista Juan Cruz: “Mi último amigo chicharrero, mi último descubrimiento de este pueblo”.

Joan Margarit regresó a la Isla y a la ciudad donde pasó los mejores años de su juventud en varias ocasiones para revivir recuerdos y darse un baño de nostalgia, pero también para comprobar que el tiempo no se detuvo.

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