sociedad

Clases de zumba en el Intercambiador de guaguas de Santa Cruz: elegir entre vivir o estar vivos

Los miembros de Queremos Movernos explican al DIARIO cómo han vivido los meses de pandemia y el espíritu de las clases de zumba
Momento de las clases de zumba que cada jueves Agus imparte en la planta baja del Intercambiador de guaguas de Santa Cruz | SERGIO MÉNDEZ

En la planta baja del Intercambiador de guaguas de Santa Cruz, junto a las escaleras mecánicas, los jueves se escuchan ritmos latinos. En grupos de seis personas para cumplir las restricciones sanitarias, varios integrantes del colectivo Queremos Movernos participan en unas clases de zumba impartidas por Agustín -más conocido como Agus-, monitor que desinteresadamente trata de dinamizar la situación de gran dependencia de sus alumnos a base de salsa, reguetón y bachata.

Los participantes en esta actividad poseen distintos tipos y grados de discapacidad -más del 79% de media-, y lo que les une, según cuentan a DIARIO DE AVISOS, son las ganas de salir de casa o de los centros en los que pasan buena parte de su tiempo para olvidarse por unos minutos de la pandemia y el aislamiento, que ellos sufren multiplicado por dos, al toparse cada día con infinidad de barreras arquitectónicas. Así lo explican desde la entidad, aclarando que han preferido vivir al margen de las subvenciones para garantizar su independencia: “No nos casamos con nadie”, señalan.

Aunque eso no quiere decir que no establezcan colaboraciones. De hecho, se manifiestan agradecidos con Titsa por cederles las instalaciones donde tienen lugar las clases de zumba. “Hasta el servicio de prevención de riesgos laborales de Titsa nos ha marcado el espacio que tenemos”, concretan. Un gesto que describen como una “gran ayuda”, porque la asociación no cuenta con un local para desarrollar sus reuniones; están abocados a una vida nómada, si bien se trata de un camino que han escogido y en el que prefieren continuar por el momento.

Chari, una de las más enérgicas miembros de la organización, hace una pequeña pausa para atender a este periódico. Y, con el corazón todavía acelerado por la intensidad del ejercicio, expresa que “no es lo mismo vivir que estar vivo”, en referencia a la campaña que Titsa y su asociación pusieron en marcha hace poco. “Esto me da la vida, y da gusto ver el entusiasmo del profesor; aparte, es altruista. No todo el mundo estaría dispuesto a hacerlo sin nada a cambio”.

Sin embargo, Agus opina un tanto diferente. Dice que cuando comenzó a colaborar con Queremos Movernos se encontraba en un momento difícil a nivel personal, y el hecho de ver la alegría en las caras de sus alumnos cada jueves “me ayudó a superarlo”, sin que ellos fueran conscientes de que estaban poniendo en práctica una terapia mutua. “Creo que ellos me dan a mí más de lo que yo les doy”, añade, al tiempo que resalta el papel de la actividad para “visibilizar la discapacidad”. Él, que se ha formado “para trabajar con personas con movilidad reducida y mayores”, tiene una incapacidad, motivo por el que empatiza con las circunstancias de sus alumnos y se siente parte de la familia.

Saray, otra de las asistentes a zumba, reconoce que “me gusta mucho bailar y me lo paso muy bien” en las clases. Se siente, además, “muy agradecida con mis compañeros, porque todos los días aprendo mucho de ellos”, indica. En cada uno de los miembros de la organización asegura ver un punto de inspiración, como en Raquel, para quien la parálisis cerebral no ha sido un freno. Es más, afirma que acude al Intercambiador sola porque reside cerca y es la responsable de las redes sociales de la asociación. Aparte, es la encargada de recopilar la información para elaborar la memoria anual.

No obstante, a pesar de que la pandemia les ha golpeado con dureza, para algunos ha sido más extrema aún. Es el caso de Javi, vicepresidente, que al ser usuario de una residencia ha permanecido varios meses aislado. Por eso admite ver desde otra perspectiva la posibilidad de participar en las clases: “Podemos respirar, nos ayuda a cuidar la salud mental y salir un poco a la calle”. Casi, apunta, es la excusa que se ponen para abandonar sus hogares o centros y entablar conversación con los demás, puesto que la COVID ha empeorado sus miedos, ante lo que él se muestra igualmente optimista: “El virus está ahí y tenemos que aprender a vivir con él. Aunque solo puedas mover el cuello -Javi tiene el 92% de discapacidad- ya es algo; habrás podido vivir una experiencia nueva, diferente”.

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