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San Borondón tuvo obispo

Los investigadores Regueira y Poggio revelan un documento de 1529 hallado en el Archivo Histórico de Las Palmas donde se nombraba prelado de la isla misteriosa al clérigo Juan Díaz

Mi pasión por el misterio, y la curiosidad insaciable y crónica que padezco por cuanto de insólito, bizarro y heterodoxo haya acontecido en nuestras islas, no es obstáculo para que sienta una debilidad especial por algunos temas de este rico ecosistema que tenemos la suerte de ver florecer en Canarias. Las luces populares o hachos misteriosos, como las de Mafasca, Bentaiga o Almáciga, rozan para mí la devoción, aunque hay otro que siempre ha pujado por gobernar entre mis inquietudes: San Borondón. La misteriosa isla fantasma, inaccesible, encubierta…el mito de una tierra paraíso que en nuestras islas adoptó el nombre del monje irlandés San Brendán, druida evangelizador que se aventuró, según su fantástica hagiografía, en un océano de terrores y maravillas que lo condujo a una isla móvil que resultó ser una ballena. El tiempo hibridó la tierra fantasma con la isla-ballena, configurando con nuestros propios ingredientes el poderoso mito.

Aquí, en Canarias, un fenómeno de espejismo algo complejo de explicar, pero que incorporamos como un encantamiento a nuestro acervo de creencias populares, posiblemente esté detrás de las reiteradas observaciones de la escurridiza isla de San Borondón. Hay quien opina que la isla existe en otra dimensión que a veces vislumbramos. También que se trata de la huella energética de una tierra antaño emergida, o bien, que estamos ante la fugaz premonición de otra ínsula que está por aparecer en el futuro. Incluso, hace más de 30 años, me llegaron a argumentar que realmente San Borondón era una gigantesca nave alienígena, máquina que desempeñaba la función de base submarina de los OVNIS que con tanta frecuencia se dejaban ver en Canarias. Lo innegable es que su huella en nuestra cultura e identidad es profunda, trascendiendo con creces el infantil y vulgar juicio de quienes pretenden reducir a San Borondón a una superstición simplona. Para mí, devaluar este mito sin considerar sus múltiples significados es una sandez que no merece mayor debate. Prefiero recrearme en sus contornos, recreados en mapas antiguos e ilustraciones centenarias, o fascinarme ante la fuerza y necesidad que acompañó la creencia en su existencia, especialmente la de aquellos que emprendieron la aventura de buscarla, de pisar su tierra, de ganarla para sus reinos y también para sus cielos. Sobre esto último han escrito con amplitud y meritoria constancia los investigadores Luis Regueira, del Museo Canario, y Manuel Poggio, de la Real Sociedad Cosmológica. Es a uno de sus trabajos más recientes publicado en 2016, propiciado por el hallazgo de un valioso documento en el Archivo Histórico Provincial de Las Palmas de Gran Canaria realizado por Pedro Socorro Santana, al que pretendo hacer referencia en estas líneas. Se trata de un documento, un Protocolo de Hernando de Padilla de 7 de agosto de 1529, que demuestra que San Borondón, al igual que tuvo como potencial Gobernador General a Francisco Fernández de Lugo en 1519 una vez que la descubriese, también contó con un obispo bajo la misma premisa, y no un obispo cualquiera.

JUAN DÍAZ, CRoNISTA DE MÉXICO Y OBISPO DE SAN BORONDÓN

Regueira y Poggio sitúan la primera expedición conocida en busca de la isla de San Borondón en 1526, sacando de la jugada la tantas veces citada de Fernão Dulmo de marzo de 1487, al estar enfocada la expedición portuguesa a la búsqueda de la isla de la Siete Ciudades, una mítica ínsula con paralelismos con San Borondón, pero que no es exactamente la misma tierra. Por tanto, la de 1526 sería la primera a tomar en cuenta, debiéndola a Hernando de Troya y Hernando Álvarez. Después vendrían algunas más, como la del conquistador y regidor de La Palma Gabriel de Socarrás en 1537, o las de Fernando de Villalobos en 1570 y el médico Melchor de Lugo el mismo año desde Santa Cruz de La Palma. Gaspar Pérez de Acosta y el franciscano fray Lorenzo Pinedo se echarían a la mar en 1604, mientras que el capitán general Juan de Mur Aguirre ordenaría la más celebre en 1721.

Hubo otras, pero la que aquí nos interesa es otra empresa aventurera hasta hace poco desconocida llevada a cabo en 1529, en la que participa también Hernando de Troya, pero junto al cual los investigadores canarios sitúan al clérigo sevillano Juan Díaz Núñez, célebre capellán y cronista de la conquista de México, por entonces clérigo en la ciudad de Las Palmas. Esa es la tesis defendida por Regueira y Poggio, quienes aventuran que el religioso, tras participar con éxito en las campañas americanas junto a Juan de Grijalva y Hernán Cortés celebrando la primera misa en Méjico, regresa temporalmente a Sevilla antes de volver definitivamente al Nuevo Mundo, estableciéndose en este periodo por un tiempo en Canarias. Aunque el documento en el que se basan no especifica que el Juan Díaz citado sea el célebre religioso que formó parte de la conquista americana, para los investigadores tiene mucha lógica que se trate del mismo personaje, tanto por el contexto histórico en el que se desarrollan los hechos, como por las pistas que brinda el viejo legajo y la propia personalidad aventurera del clérigo.

La expedición que nos ocupa saldría desde Gran Canaria, y según explican nuestros autores, “de los exiguos datos alineados se deduce que se trataba de un ramillete de relevantes personalidades de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria que bien pudieran permitirse el desembolso de una iniciativa de estas características. Aunque no sabemos si este segundo viaje exploratorio llegó a consumarse, parece que así sucedió”

Como es lógico no existen demasiados detalles de la expedición, que se habría echado a la mar presumiblemente en agosto de 1529 con Alonso Álvarez, Fernando de Troya, Jaime Burel y Francisco de Santa Gadea como promotores. La carta de obligación o contrato de la aventura especifica el compromiso del clérigo presbítero Juan Díaz de acompañar a los promotores en su búsqueda, así como, en el caso de ser descubierta la anhelada tierra, su obligación de fundar su iglesia designándole como máxima autoridad eclesiástica del nuevo territorio, es decir, Obispo de San Borondón.

A la vista de lo expuesto y de tantas otras cosas que se nos haría largo enumerar, da la impresión de que a nuestra isla fantasma le faltó un pelo para existir de verdad. De hecho, es posible que muchas cosas que damos por ciertas no acumulen tantas evidencias como nuestro apreciado mito. Larga vida a San Borondón.

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