TRIBUNA

Cuestión de confianza

Del Caserío me fio. Me pregunto si esto seguirá siendo verdad, si todavía queda algo en el planeta de lo que fiarse. Hace unos años descubrimos que los coches alemanes mentían en cuanto a la emisión de gases por el tubo de escape. ¡Dios mío! ¡Los coches alemanes, de los que siempre nos habíamos fiado! […]

Del Caserío me fio. Me pregunto si esto seguirá siendo verdad, si todavía queda algo en el planeta de lo que fiarse. Hace unos años descubrimos que los coches alemanes mentían en cuanto a la emisión de gases por el tubo de escape. ¡Dios mío! ¡Los coches alemanes, de los que siempre nos habíamos fiado! Leí hace tiempo, en Max Weber, que la fortaleza de la moral luterana, donde se esconden los orígenes del capitalismo, consistía en construir un espacio de confianza en los tratos, en la lealtad a la palabra dada, para que una sociedad nueva pudiera apoyarse en bases sólidas. La más importante era no dudar de sí misma y confiar en que los acuerdos, y las afirmaciones que de ellos derivaran, no iban a quebrantarse jamás. Ello provocó el surgimiento de comunidades estables, prósperas y seguras. Esos valores hoy andan tirados por los suelos y ya nadie cree en ellos. Nunca han sido verdades inquebrantables las que provienen de organismos como Naciones Unidas. Allí van a parar los desechos políticos de ideologías fracasadas para intentar dirigir el mundo a sabiendas que desde las potencias no les van a hacer caso. Esta es una de las razones por las que las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud son puestas en cuestión con tanta frecuencia. Lo mismo ocurre con las referencias al cambio climático, que no serán aceptadas si no responden a los intereses particulares de los grandes países, que ven a los organismos internacionales como una mesa de jubilados jugando al mus. Si todo esto es así, mejor será no hablar de los últimos procedimientos utilizados en el marketing político, donde la mentira se justifica, en una interpretación demasiado laxa del maquiavelismo. Hay que leerse El Príncipe para darse cuenta de que el florentino no proponía nada de eso. Al contrario, consideraba a la confianza, basada en la verdad, como un valor incuestionable a la hora de vincular al señor con sus vasallos. La gente desconfía, y esta es la característica que mejor define a la situación que vivimos. Nadie cree en nada porque en cada púlpito de cada parroquia se predica, pura y exclusivamente, para mantener la fidelidad de la feligresía. Estamos como en aquel tiempo prerrenacentista donde la cúpula del Estado unitario aún no se había levantado, y aparecían las pequeñas torres de los poderes feudales o los campaniles haciendo sonar sus llamadas manipuladas por los obispos. La sensación es la de la dispersión de lo que se encuentra en un estado de disgregación acelerada. Las plataformas de la neutralidad, en donde pudiéramos hallarnos seguros, han sido sometidas a un sistema de voladura controlada. Cada uno guarda su verdad y nadie es el verdadero depositario de la de todos. Algunos son capaces de afirmar que mienten para protegernos, para no alarmar, para quitar hierro al asunto y no hacernos ver que vivimos en un riesgo permanente, asolados por agentes externos de los que al final nos hacen exclusivos responsables. La culpa de los contagios en una pandemia la tenemos nosotros; somos nosotros los que estamos destruyendo el planeta, los que nos estamos cargando la economía, los que nos vemos introducidos en una alocada fiebre de consumismo, y los que estamos abducidos por la televisión, que no hace otra cosa que ofrecernos aquello que le solicitamos con insistencia. Pero este pronombre, que vierte sobre la enorme masa humana las culpas de todo lo que nos ocurre, no es genérico. No somos nosotros los causantes de los desaguisados, son los otros, y así dividimos a la humanidad en dos mitades, una agresora y otra víctima, la que se dedica a reventar el mundo tranquilo donde los otros viven, y viceversa. Da igual de dónde venga el virus que nos mata, siempre estará manipulado por los blancos en contra de los rojos, como los leucocitos y los hematíes, manteniendo esa lucha fatal entre contrarios que parece ser el único motivo de nuestra existencia. Ojalá viviéramos en el país de Alicia. Al menos estaríamos sometidos al orden de los espejos, del que se puede salir admitiendo que las cosas son al revés de cómo se ven. Dentro de la apariencia, todavía podríamos construir un mundo seguro, pero tener a la falsedad como norma y al engaño como práctica habitual para toda clase de ascensos y progresos, es realmente insoportable. En eso consiste nuestra crisis.