tribuna

Hermano Toro

Alguien dice que hay que eliminar a los toros de la cultura porque nunca lo fueron. Forma parte de esa hipocresía que sostienen los que van a los asadores sin haber entrado nunca en un matadero, los que comen tortillas sin haber visitado una nave repleta de jaulas con gallinas sometidas a la puesta intensiva de sus huevos, y los que no han asistido a la matanza de cerdos, pero se atiborran de Navidul en las fiestas. El escándalo está solo en lo que se ve, lo que se esconde a nuestra mirada es como si no ocurriera. Quiero decir con esto que son los ojos los que lo hacen, y que, en esta acción, el sujeto pasivo y el activo se confunden en la misma persona. Solo se escandaliza el que asiste al espectáculo para ser escandalizado.

Ahora se ataca a la tecnoganadería, aislándola del comportamiento del mundo natural, pero esto ocurre con todo lo que se separe de lo correctamente ecológico. Solo pueden comer la carne los leones que se juegan la vida cazando búfalos y los hombres que son capaces de capturar a sus víctimas con un cuchillo, como hiciera el rey Fruela en Asturias enfrentándose con un oso. Los cazadores de escopeta son unos asesinos, como nuestro emérito que fue sorprendido matando a un elefante en Botswana. Estas cuestiones no son nuevas, provienen de mitos muy antiguos. Zeus, por ejemplo, había condenado a los hombres a comer la carne cruda; sin embargo, Prometeo subió al Olimpo para robar el fuego y quebrantar aquella prohibición. Claro que fue duramente castigado con lo del águila que le devoraba el hígado y todo eso, pero ello no quita para que fuera considerado uno de los héroes que más colaboró al progreso de la civilización. En los Hechos de los Apóstoles se cuenta como Jehová tiene vetado a los hombres el matar animales para comer, pero Pedro tiene un sueño donde se le presenta un mantel lleno de ellos y escucha la voz de un ángel que le dice: mata, sacrifica y come. A partir de ahí se supone que empezamos a ser un poco más modernos, con la instalación de unas costumbres que se extendieron por todo el planeta, según cuenta Claude Lévi Strauss en su libro estructuralista, De lo crudo a lo cocido, donde describe las costumbres gastronómicas de las tribus amazónicas.

Escribir una idea en folio y medio es como fabricar uno de esos ladrillos de adobe que buscan su resistencia mezclando arcilla con paja y con boñiga de vaca. Se recurre a varios elementos a la vez para tratar de elaborar una idea compacta. De aquí que mezcle episodios bíblicos y mitológicos porque ahí se encuentran las bases de lo que llamamos nuestra cultura. Hoy el minimalismo y la exaltación de lo pobre nos han introducido en un ambiente confuso donde se niegan bloques completos de progreso para reinstaurar una moral casi franciscana.

Por eso planteamos la defensa de una alimaña a la que antes perseguíamos con plaguicidas. El rito de la tauromaquia tiene su origen en el taurobolium, que se inicia después de que Teseo mata al minotauro, Se dice que la sangre del toro produce efectos benéficos sobre el cultivo de las vides. Dédalo construyó un laberinto para encerrar a la fiera, pero también ideó un artilugio para volar, que fue después su desgracia, cuando su hijo Ícaro se estrelló al derretirse la cera que unía sus alas por acercarse demasiado al sol. Fue un maravilloso escultor que dotó de movimiento a sus obras colocando a los pies sobre bases de mercurio. Un artista tan polifacético solo se reproduce en tiempos del Renacimiento, una época para muchos deleznable donde se desarrollan capacidades innecesarias de la inteligencia humana.

Parece que hay que regresar al mundo oscuro del hermano lobo y la hermana rata, de la cueva y la choza, frente al palacio y la catedral. Los toros deben ser extraídos del mundo de la cultura porque no lo son. Quemaremos a Lorca y a Picasso y borraremos de un plumazo a ese mundo de la barbaridad que tanto nos escandaliza. Esto ya ocurrió en otras épocas de la historia, cuando una creencia sustituyó a otra arrasando los vestigios de lo que quedaba atrás. En Roma se dice que lo que no hicieron los bárbaros lo hicieron los Barberini, cuando Urbano VIII, un papa de esa familia, usó los bronces del Panteón de Agripa para el baldaquino construido por Bernini en la catedral de san Pedro. Pues vale, fuera los toros de la cultura y bienvenidos al imperio de las casas terreras.

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