Sociedad

La bonita tarde de Mr. Gaze, el profesor inglés afincado en Tenerife

Conoció a una elegante dama que había recalado en el puerto y la invitó a una excursión al Teide; él no lo sabía: era Marlene Dietrich, la gran actriz

Mr. Edgard John Gaze era un respetable súbdito británico afincado en Tenerife y casado con doña Carmen Quintana, originaria del Puerto de la Cruz. Ejercía como profesor de inglés y fue propietario del bar British, situado junto al actual Atlántico.

Era hombre de extensa cultura y desde noviembre de 1942 a enero de 1943 permaneció preso en Fyffes, parece que por repartir propaganda aliada en la Segunda Guerra Mundial. Si era inglés, ¿con quién iba a estar, con los alemanes? Las idioteces del franquismo. Escribió un relato de su estancia en aquella improvisada cárcel, que yo creo que publiqué, pero no recuerdo dónde ni cuándo.

El profesor Gaze murió en diciembre de 1994 y dejó en la isla una estela de enorme caballerosidad que nunca olvidarán sobre todo sus alumnos. Pero hay una anécdota que él reveló en alguna ocasión y que a mí me refirió Isauro Abreu, que estaba presente en su casa -con el fallecido periodista Gilberto Alemán- cuando Mr. John Gaze la contó.

Estaba John Edgar Gaze sentado en el Bar British, tomándose el whisky de mediodía, cuando se acercó a la mesa una elegante dama vestida de negro, que se dirigió a él en inglés, pero con marcado acento alemán. “¿Puedo sentarme?”, le preguntó. Mr. Gaze se levantó y le respondió que, naturalmente, y que si quería tomar una copa. Ella aceptó. Le contó que venía de paso, en un trasatlántico europeo -rumbo a un puerto del continente-, que había recalado en el puerto de Santa Cruz.

Mr. Gaze fue respondiendo a las preguntas de aquella elegante y hermosa mujer sobre la Isla de Tenerife. Y ella mostró entonces el deseo de realizar una excursión hasta el Teide, porque su barco no saldría hasta las nueve de la noche. El profesor, por supuesto, no había reparado en la identidad de aquella desconocida, pero le preguntó si aceptaba que la invitara a la excursión y hacerle él mismo de guía. Ella asintió.

Entonces, el gentleman británico llamó a un coche de los llamados ‘de Turismo’, que tenían su parada en los laterales de la plaza de la Candelaria. Y partieron rumbo a ese norte, se refrescaron en el hotel Camacho de Tacoronte, llegaron al Puerto de la Cruz, al hotel Taoro, y subieron a Las Cañadas por La Orotava, regresando, ya tarde, a Santa Cruz por la carretera dorsal.

La dama parecía interesarse mucho por la historia de la Isla. Mr. Gaze le resumió el mundo prehispánico y las hazañas posteriores de los tinerfeños, sin olvidar la batalla contra Nelson. Ella escuchaba, atenta. Él seguía sin reparar en la identidad de su compañera de excursión.

El coche, ya de vuelta, los dejó en el muelle sur, junto a la escala del trasatlántico que había traído a la isla a aquella dama, que ni siquiera se despeinó durante las más de seis horas de viaje hasta y desde Las Cañadas. Ella se despidió cortésmente del profesor, al tiempo que deslizaba una tarjeta de visita en el bolsillo de la chaqueta de Mr. Gaze. “Por si un día necesita algo de mí”, le dijo.

Mr. Edgard John Gaze besó la mano de aquella dama y se fijó en sus piernas perfectas -y tanto, que estaban aseguradas en un millón de dólares de la época-, mientras la mujer subía por la escala real del buque, que ya echaba humo por sus chimeneas. Gaze regresó al Bar British y pidió la copa de la noche, cuando reparó en la tarjeta que le había deslizado en su bolsillo aquella enigmática dama. La extrajo de su chaqueta, la leyó, casi le da un patatús. Decía: Marlene Dietrich, actriz.

¡Había estado una tarde entera con la divina intérprete de Lili Marleen sin enterarse de su identidad! Con la mujer que se enfrentó a Hitler; que cantó en Israel en alemán; que protagonizó la primera película sonora en Europa (El ángel azul); con la que estaba considerada la mejor estrella femenina de su época; con la que había cantado Lili Marleen para las tropas del general Patton. Y que cuando le preguntaron por qué lo hacía, siendo alemana, respondió: “Aus austand” (por decencia).

Mr. Gaze miró hacia el barco, todavía surto en puerto, y se lamentó no haber identificado oportunamente a aquella dama a la que besó la mano y que tanto cariño y simpatía le había demostrado y a la que se había negado a cobrarle por el coche y por sus servicios como guía, a pesar de su insistencia.

Contaba aquella anécdota con emoción, pero era tan discreto que no la refirió muchas veces. Sí escribió, como he dicho, una crónica de su breve estancia en Fyffes (Memorias de un preso de Fyffes) y un diario de su vida que supongo conservarán sus nietos. No sabemos si habrá puesto por escrito su decente aventura con Marlene Dietrich, pero parece que no. En todo caso aquella fue, quizá, la tarde más bonita en la vida del profesor Gaze.