tribuna

Reflexiones sobre el volcán

Un volcán es la evidencia dormida de que el infierno se encuentra debajo de nuestros pies y además de que es la principal razón para la vida. Gracias a que hay materiales a elevadas temperaturas, desde los cuatro mil grados del núcleo hasta los mil de la corteza, la existencia de seres biológicos es posible sobre la pequeña piel del planeta en que habitamos. Esa dependencia, llena de ventajas, tiene sus costes. A veces nos olvidamos de esto y solo pensamos en lo que ocurre en esa atmósfera protectora de radiaciones solares y de cuerpos extraños que nos amenazan con sus bombardeos desde el espacio exterior. Desde la época de los antiguos babilonios andamos oteando al cielo, intentando adivinar lo que viene de él, y olvidándonos del infierno, que es lo que está en las profundidades a donde no llega nuestra vista. Somos la consecuencia de un ciclo, pero a ese ciclo le otorgamos una condición magnifica y trascendente porque es nuestra vida la que está comprometida con él, y porque nuestra función consiste en ser los testigos encargados de buscar explicación a las cosas que pasan a nuestro alrededor. Sometidos a fuerzas naturales incontrolables, contra las que nada podemos, recurrimos a los dioses para que nos protegieran después de que nos arrojaran del paraíso, el día en que abandonamos la selva y pasamos a ser civilizados, cuando fuimos dotados de inteligencia y nuestros tutores decidieron que ya estábamos preparados para volar solos y buscarnos la vida por nuestra cuenta. Esa, en esencia, es la historia de la especie humana. Hace tiempo que cambiamos una ficción por otra y ahora confiamos en que venga Superman a tapar las bocas de los volcanes y a soplar con fuerza para alejar a las tormentas y disolver los huracanes. Afortunadamente no todos los hombres están sometidos a estas creencias ilusorias, y está la ciencia y la paciente observación de cómo ocurren los fenómenos que nos rodean para intentar comprender lo que pasa en el mundo. Si no somos capaces de entender y atajar a las catástrofes sociales, cómo vamos a hacer para controlar y detener aquello que no vemos. Sin embargo, a lo invisible hemos aprendido a asumirlo, a predecirlo, a soportarlo y a formar una piña común y solidaria para defendernos de sus efectos imprevisibles. A lo que ocurre ante nuestros ojos y es absoluta responsabilidad de nuestro comportamiento lo consideramos un avatar inevitable, como una carga pesada que tenemos que llevar sobre nuestros hombros, igual que si fuéramos el gigante Atlas. Nos hacemos un lío con lo evitable y nos empeñamos en resolver lo que no tiene solución. En ocasiones un mundo contamina al otro y nos confunde haciéndonos ver que todo está en el terreno de lo posible si es Superman quien lo gestiona. Pues va a ser que no. Que no está en nuestra mano. De vez en cuando el infierno se asoma ante nuestras narices y arroja incandescencias, como un anuncio de que en lo más profundo el vestigio del caos ígneo que fuimos es aún mayor. Nos recuerda que somos incapaces de enfrentarnos a él. Solo nos queda invocar a los dioses para que nos ayuden. Lo mismo pasa con el aire huracanado que nos azota desde el cielo. Creemos que podemos mandarle unos cuantos aviones como una advertencia para que se detengan, a sabiendas de que esto no es posible. El mundo de las empresas se disfraza de amigo del planeta haciéndole un guiño, como si le estuviera pagando el impuesto revolucionario a una organización terrorista. Igual ocurre con algunas ideologías. Unas son salvadoras y otras no, olvidándose todas de que viven a los pies del volcán. Por eso, en ocasiones provocan odio y se matan y se destruyen haciendo más daño que la lava que vomitan los cráteres. Sobre ese terreno repleto de seísmos vivimos últimamente sin que nadie nos advierta del peligro.

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