tribuna

Carracedo

En octubre de 1971 el Carrata tenía treinta años. Yo los cumpliría seis meses más tarde. Entonces explotó el Teneguía. En esa época conocí a algunos geólogos que eran amigos de Carracedo. Lola Illescas y su marido Carlos, que andaban exhibiendo una modernidad insólita, ese mundo que anunciaba la desaparición de otro que estaba agonizando. Había porros en todas las fiestas, la homosexualidad se presentaba de forma natural y las chicas de izquierdas, como Sarichi, se iban a Italia a colaborar con las Brigadas Rojas, antes de que mataran a Aldo Moro y su cadáver, vestido de negro funcionario, apareciera al bies en el maletero de una Renault 4. Nadie podía decir que estábamos ante una sociedad más convulsa de lo debido, pero algo se movía bajo nuestros pies, algo más sutil que el volcán que hacía temblar otra vez a la Palma, premonitorio de un tiempo nuevo que traería tranquilidad y fertilidad tras los sismos, los naturales y los otros. Carracedo tiene ochenta años y yo los voy a cumplir dentro de nada. Han pasado cincuenta de aquello y la historia se repite. La tierra tiembla y se abre y vomita una lava incandescente que avanza lentamente con su amenaza destructiva, pero todos sabemos que el día menos pensado parará y las aves volverán a hacer sus nidos cerca de donde antes los hacían y los lagartos se calentarán sobre las escorias secas y las cenizas cubrirán nuevas playas de arenas negras. Esto ya pasó y volverá a pasar, y los que creían que las trompetas estaban anunciando el final saldrán contentos a proclamar que el Apocalipsis está aún muy lejos y que se abren nuevas oportunidades. Aquellos de antes estamos con la mano cerca de la palanca del freno y la marcha atrás, porque ya vivimos un tiempo parecido al que ahora les toca vivir a otros. Hacía poco que en París le abrían la frente al jefe de la policía de un adoquinazo, Dani Cohn Bendit arengaba a sus camaradas en las calles del barrio Latino, la Baader Meinhof hacía de las suyas en Alemania, el IRA atentaba contra los soldados ingleses en el norte de Eire, y la ETA practicaba ensayos de vuelo sin motor para hacer volar a Carrero. No hacía falta que viniera de oriente ningún islamista fanatizado para sembrarnos el terror, el terror vivía al lado de casa, igual que el volcán al que se acercaba Carracedo en una isla de las Canarias. Todo eso sirvió para que el mundo se asentara y viviéramos una larga etapa de calma, sin cambios climáticos, sin terremotos, sin pandemias y sin negacionistas. Hoy me he desayunado con una entrevista a Juan Carlos en El País y he viso el optimismo en sus palabras. Habla del renacer, de la supuesta acción benéfica del volcán, del tiempo; sobre todo del tiempo, que es ese bálsamo que todo lo repara, capaz de generar la esperanza echando mano del manto del olvido. El olvido es un seleccionador de la experiencia, el tamiz que deja diluirse al horror para dejar paso a lo que se inaugura, como la flor que derrama su aroma para hacer desaparecer el olor putrefacto de los desechos de sus pétalos perdidos. La vida resurge con el humus de la muerte, regeneradora de los suelos yermos. El volcán es un símbolo de este proceso trascendental. Con los fenómenos sociales pasa igual. Estamos entrando en los ochenta, y somos testigos de que las novedades atraviesan siempre por un principio traumático para luego desbordarse y reconstruir un equilibrio que aparentemente se encuentra convulsionado por el anuncio de tremores que aún no han sido capaces de ubicar a la fase natural que está a punto de invadirnos. Carracedo camina en un vídeo sobre los nuevos terrenos del Teneguía para recordarnos que todo vuelve a su sitio, porque es un testigo del tiempo. Yo también lo soy. Por eso no le tengo miedo a los sismos ni a los procesos de ebullición como el que vivimos en la convivencia de todos los días. Es el anuncio de que algo mejor está por venir. Ya lo hicimos una vez y lo volveremos a hacer.

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