avisos políticos

Culto a la personalidad

Pablo Casado prosigue de victoria en victoria hasta la derrota final, cometiendo errores políticos en una estrategia contradictoria que parece diseñada por su peor enemigo. Durante los últimos tiempos, él y su gente han repetido el argumentario de que el Partido Popular de la corrupción ya no existe, que el pasado lo ha hecho desaparecer, […]

Pablo Casado prosigue de victoria en victoria hasta la derrota final, cometiendo errores políticos en una estrategia contradictoria que parece diseñada por su peor enemigo. Durante los últimos tiempos, él y su gente han repetido el argumentario de que el Partido Popular de la corrupción ya no existe, que el pasado lo ha hecho desaparecer, hasta el punto de que, incluso, van a abandonar físicamente su sede madrileña de la calle Génova por ser representativa de una época definitivamente superada. Pues bien, después de anunciar esa buena nueva sobrevenida, según la cual el Partido Popular ha surgido de la nada el día en que Casado fue elegido su presidente, organiza una Convención Nacional itinerante en la que, en cada etapa, se hace aclamar por los representantes más genuinos de ese partido que se decía no existe. Y participan, incluso, antiguos dirigentes que se han pasado a Vox, como Vidal-Quadras. Y asisten dirigentes valencianos cuanto menos investigados, como Francisco Camps. ¿En qué quedamos? ¿No se había volatizado el partido de la corrupción? Y por si no fueran suficientes tantos disparates, a Casado no se le ocurre otra cosa que invitar a Sarkozy, condenado por corrupción y tráfico de influencias, y afirmar entusiásticamente: “Queremos tomar los buenos ejemplos de gestión, siempre basados en unos principios y unos valores compartidos”. Por cierto, al día siguiente Sarkozy fue condenado de nuevo, esta vez por financiación ilegal de su campaña presidencial.

Casado y su gente no solo son contradictorios, sino que han olvidado que, igual que ocurre con los pueblos y las naciones, los partidos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Y que la historia de una tragedia se suele repetir como comedia. Es electoralmente imposible que en unas elecciones generales el Partido Popular alcance los 176 escaños, como su secretario general proclamó irresponsablemente. Para llegar a La Moncloa Casado va a necesitar siempre pactar con Vox y que el voto residual de unos Ciudadanos en liquidación no sea muy elevado. Pero es que, además, se están poniendo en riesgo a los dos principales activos electorales de partido, ignorando a Núñez Feijóo, relegado sistemáticamente a Galicia, y combatiendo a Díaz Ayuso. Sería muy bueno para los populares que Casado entendiera de una vez que muchos electores entusiastas de la presidenta madrileña jamás le votarán a él si ella no le acompaña en la candidatura. Y que su hipotética presidencia del Gobierno depende del voto de los madrileños.

Todos los partidos, y en especial los españoles, son presidencialistas, y el líder que gana el Congreso correspondiente monopoliza el poder en su seno y combate a sus oponentes, que, en ocasiones, hasta llegan a abandonar la política. El caso de Pedro Sánchez es de libro, pero no olvidemos que Casado ganó su Congreso al precio de expulsar del partido a Soraya y a Dolores de Cospedal. En la reciente Convención Nacional hemos asistido a un preocupante culto a la personalidad, en la que los sucesivos oradores no abogaban por un triunfo del partido, sino porque Casado llegara a La Moncloa, mientras lo elogiaban desmesuradamente, en unas escenas que sugerían las alabanzas y pleitesías que los dictadores exigen de sus súbditos. Convendría que en esto imitara también a Díaz Ayuso.