la palma

Drones: los vigilantes del destructivo río de lava

Domingo Fernández, presidente de Ascadron: “Durante tres semanas hicimos casi 600 vuelos, de noche y de día, pese al humo, la ceniza y lluvia de piroclastos”
Domingo Fernández, con el Matrice 300, de nueve kilos de peso entre su peso y la carga de la cámara H20T / DA

Durante las tres primeras semanas -hoy se cumple la cuarto– los drones han sido los ojos vigilantes del volcán de Cumbre Vieja, una herramienta fundamental para marcar y conocer el comportamiento de un río lávico que sigue atemorizando a los habitantes del Valle de Aridane.


Domingo Fernández, presidente de Ascadron (Asociación Canaria de Operadores y Pilotos de Drones) y gerente de Dofer Ingeniería desplegó en la zona cuatro de la decena de drones que han trabajado para los equipos de seguridad y los científicos que vigilan la erupción volcánica más dañina que se recuerda en la Isla más joven de Canarias.


“Lo que se ve a través de nuestras cámaras no es más que destrucción, una sensación de impotencia. Hay kilómetros en los que ya no existe nada, por donde pasa la lava todo se acaba, con casas y fincas sepultadas que se han convertido en malpaís con casi treinta metros de altura”, comenta Domingo Fernández, para quien lo peor es que “la pesadilla no ha terminado y la incertidumbre de quienes aún tienen su casa en pie pero temen que la lava pueda hacerlas desaparecer”, porque al contrario de un incendio forestal -también motorizó con sus drones el de hace dos veranos en Gran Canaria- “sobre la lava no se puede reconstruir, sobre una tierra quemada sí”.

Las imágenes conseguidas por los drones han ayudado a los científicos a medir la temperatura y la velocidad de la lava / DA


En La Palma, el trabajo de los drones de Dofer Ingeniería ha sido “la realización de vuelos fotométricos diarios, casi 600 en tres semanas, dando apoyo a los servicios de emergencia y el CSIC, con los que se podían comprobar la superficie ocupada por la lava, la velocidad de avance y simultáneamente una termografía de toda la calada, porque cuanto más calor la lava va más fluida y tiene más potencial de destrucción”.
Para todo ese trabajo, Domingo Fernández trasladó hasta La Palma cuatro drones, uno de ellos industrial, el Matrice 300, un dron de última generación que pesa nueve kilos entre carga y peso propio. “Lleva una cámara H20T que permite hacer cartografía radiométrica termográfica que nos puede permitir en cualquier momento, haya humo, sea de día o de noche, ver la colada perfectamente y conocer su temperatura”.


Solo este dron puede cubrir en un mismo vuelo más de seis millones de metros cuadrados de terreno, con un nivel de detalle que solo permite esta alta tecnología, capaz de trabajar sobre un cono volcánico que emana piroclastos “del tamaño de una mano”, comenta Domingo, que reconoce que algunas situaciones no se pudo volar por miedo a perder los valiosos equipos, aunque en la mayoría de situaciones se trabajó a “un kilómetro del cono, pero siempre existe el riesgo de que una lluvia de piroclastos derribe las aeronaves o que la ceniza entre en los rotores y pueda inutilizarlas”.


Sobre esta zona ya solo vuelan drones, porque es demasiado peligroso para helicópteros, siempre bajo el permiso del Mando Avanzado, tras cerrarse el espacio aéreo el día después de la gran erupción de hace tres semanas y que hoy sigue aún muy activa, pero observada a diario por ese implacable ojo vigilante que ha llegado para quedarse: el dron.

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