erupción en la palma

La Laguna cae devorada por la lava y los vecinos lloran el barrio

La sede de la Asociación Velia, la gasolinera, la plaza, las canchas y decenas de casas desaparecen mientras se mantenía la esperanza de que la colada no creciera al norte
La misma colada que días atrás destruyó el campo de fútbol entró ayer al centro del barrio de La Laguna y arrasó la gasolinera, la asociación Velia y decenas de casas. DA

“Las cosas empeoran un día tras otro”. Es la frase de uno de los miembros policiales que atiende la emergencia, quien hace apenas una hora ha sabido de otro conocido que ha perdido la casa en La Laguna. El día de ayer rememoró la también fatídica jornada del 26 de septiembre en la historia de los vecinos de la comarca oeste de la Isla: la fecha en la que la Iglesia de Todoque cayó. Como ocurriera horas antes de aquello, ayer la colada de lava que amenazaba el barrio de La Laguna desde hacía ya tres días se reactivaba con los potentes aportes de lava del volcán, que sigue vertiendo grandes bloques de roca ardiente y magma con mucha fluidez, abriendo sus brazos sobre las casas y los terrenos, la gasolinera y el local de encuentros y celebraciones de la Sociedad Velia de La Laguna, que en 2022 celebra 90 años desde su constitución.


El día fue duro para los que lo perdieron todo ayer, consolados algunos por haber tenido tiempo para un desalojo “preventivo”, finalmente valedor de los recuerdos, los muebles y enseres, que hizo que las casas fueran quedando deshabitadas durante los últimos días.


Aunque se mantiene la tristeza, algunos de los afectados explicaban a este periódico que “no queda otra que conformarse. Duele, pero no hay nada que hacer y hay que seguir adelante, porque no hay más remedio”. La alcaldesa de Los Llanos de Aridane, Noelia García Leal, reconocía frente a las cámaras de televisión durante la mañana que “se mantiene la esperanza hasta el último momento, pero durante la noche avanzó y no había nada que hacer”. Y es que esta colada, como ya ocurrió en los núcleos engullidos por el volcán en las cuatro últimas semanas, se abre en una extensión lateral, llenando vaguadas y siguiendo un circuito físico determinado por la fluidez, irregular a ratos, pero siempre rotundo en la llegada. “Y esto no ha terminado”, señala un vecino de Triana que ha querido acercarse al límite de la zona de exclusión con La Laguna “por ver si veía a algún vecino”. Preguntan por los desniveles, por el miedo ante una posibilidad inexistente, pero alimentada por lo que ve y por el miedo.


Como un mantra que quisiera conjurar una fuerza mayestática, en La Palma las autoridades repiten el lema “somos más fuertes que el volcán”, pero los más viejos y los abuelos en la plaza afirman que no, que “manda el volcán” y que hay que “esperar a que todo pase, ver qué queda y cómo se va a arreglar lo que se pueda, porque lo que hicimos llenando de tierra la costa no se va a volver a hacer”.


Se han acabado hace ya algo más de una semana las ganas de fotos y de testimonios, y los afectados huyen de todo lo que parezca o sea un periodista que quiere preguntar. “Ojalá fuera verdad que somos más fuertes, pero no somos sino gente y el volcán no sabe ni de casas ni de plátanos. Yo rezo, que es lo me enseñaron a hacer y ni eso sirve ahora para mucho”, explica una afectada. Asimismo, una de las profesoras que cada día cruza la Cumbre para llegar a Los Llanos de Aridane desde el otro lado de la Isla lo dice abiertamente: “Que afortunados somos; el volcán lo sentimos en la Breña o en Santa Cruz de La Palma por la ceniza, pero hay que estar aquí para ver lo que está pasando y lo que está haciendo este monstruo”.

Efectivos del segundo Batallón de la Unidad Militar de Emergencias (UME), durante una recogida de enseres en la zona de viviendas San Borondón, en La Palma. DA

Lo que queda del día


Antes de que terminara el día, la casa de uno de los miembros de la Junta Directiva de la Sociedad Velia de La Laguna relataba a este periódico que “mi casa está en pie todavía, pero le quedará una hora, una hora y media, no lo sé. Ahora mismo estoy tan angustiado que no sé qué decir ni qué pensar. Solo quiero que esto termine”. Sabe de lo que habla porque otros de sus vecinos ya han experimentado lo que él tiene que pasar. El roce de la lava en una esquina de la casa, en la base, primero unas piedras ardientes, un magma ardiente contra el que a primera vista quieres luchar, pero que te vence. Más rocas, un deslizamiento que a veces parece detenerse y allí está. Los bloques y el cemento de la casa, la piedra sobre el blanco de la pared restaurada, las ventanas de madera y el banco de piedra, todo se funde y cede. Este vecino sabe lo que vendrá y explica que “ya está entrando en la Sociedad Velia por detrás, por las canchas de pádel. Nunca creímos que esto pudiera pasar”. En la plaza de los Llanos, bajo los laureles, reina esta tarde un silencio plomizo. Los conocidos se miran y se entienden. Y brama el volcán.

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