erupción la palma

La fiesta de la ceniza

Los turistas compran frascos en las farmacias para llevarse restos del volcán

Ceniza, ceniza por todas partes. Los únicos que la ignoran son los 4×4; los demás coches patinan. Los turistas compran en las farmacias frascos para los análisis de orina, meten dentro la ceniza y se los llevan. También se vende ceniza por Internet. Esa especie de arenilla será un día un bien preciado para los cultivos, pero de momento supone un coñazo.

En un hotel de Los Cancajos, el H10, se alojan muchos científicos, que se mezclan con la oleada de turistas. El hotel está lleno, cuesta unos 75 euros la noche. También viven en él miembros de las fuerzas de seguridad y bomberos. Las horas del desayuno son un hervidero de gente, desde muy temprano.

¿Han existido disputas entre los científicos? Sí. Involcan (Instituto Volcanológico de Canarias) quiere más responsabilidades, pero el Instituto Geográfico Nacional (ING) se las niega. Nemesio Pérez, coordinador del primero, se puso una camisa hawaiana para recibir a los reyes. Yo creo que no encontró tallas en otros colores. Le faltaba el collar de flores. Han hecho las paces él y el sabio profesor Carracedo y yo me alegro. ¿Para qué seguir distanciados? La vulcanología está en pañales; es lógico que existan diferencias de criterios. Aunque Nemesio en realidad es geoquímico. Eso sí, doctor. El doctor Carracedo es el autor de las mejores publicaciones sobre volcanes que se han editado en España.

En el refugio de El Paso se ha muerto un gallo; probablemente de viejo. O de cobijar con las gallinas presentes, de puro agotamiento. Habrá que preguntarle a Pepe Benavente. Los huevos que ponen las gallinas se colocan sobre las jaulas, los propietarios van y los recogen. Nada se escapa al control municipal. El refugio es un modelo de limpieza. En el de perros y gatos apenas quedan habitantes: han regresado con sus dueños. Dicen que el famoso Equipo A que rescató a los perros de un estanque lleno de cenizas lo componen dos policías y un bombero palmeros. Que Dios los bendiga.

Sabe la gente que los plátanos que se riegan con agua desalada saldrán malos. Lo sabe la gente y lo sabe todo el mundo. La solución no está en desalar agua, al menos para los plátanos. Pero hay gente que no quiere entenderlo. Las soluciones precipitadas, aunque se crean geniales, no parecen convenientes. Así que ojo al Cristo, que es de plata. La Palma exporta el 36% de la producción platanera de las islas. Es decir, los mercados peninsulares acudirán al banano de Colombia y alrededores, que sabe a rayos, para cubrir la demanda de los próximos años.

Una joven concejal de El Paso de ojos muy hermosos –llevaba mascarilla, no tengo más datos— me enseña la perfecta organización de sus almacenes de ropa. Impresionante. Han dicho a la gente que no necesitan más, pero la gente no hace puto caso y siguen llegando cajas y cajas, aún sin clasificar. Le pregunto al alcalde: ¿Y qué harán con lo que sobre? Y Sergio Rodríguez me responde: “Pues igual montamos un mercadillo cerca de la Navidad para recaudar dinero para los vecinos, o igual lo regalamos todo a una ONG de África. No tenemos tomada aún una decisión”. Un osito de peluche me mira desde su estante. Será abrazado por un niño en estas fiestas. En el polideportivo de El Paso hay dos espacios. Uno es para la UME (Unidad Militar de Emergencias). El otro sirve como almacén de enseres de quienes tuvieron que abandonar precipitadamente sus casas. Están forrados en plásticos, agrupados por lotes. Así no habrá confusión a la hora de rescatarlos. Veo hasta botes de aceitunas a la mitad: a los pobres propietarios los cogió el volcán con las olivas en la boca. La UME tiene un sofisticado equipo autónomo sobre ruedas que lo mide todo. Realizan sus soldados una labor más propia de titanes. El campo de fútbol se ha llenado de cenizas. Espera un gran concierto de solidaridad, con artistas de primer orden europeo.

De noche, una cola de turistas que a duras penas han conseguido un coche de alquiler, transita el túnel de las Nieves, que es la frontera de lo que en la ciudad llaman La Banda –Los Llanos y su comarca–. Los conductores palmeros, acostumbrados a sortear las curvas con la habilidad y la velocidad de Carlos Sáinz, se desesperan y aprovechan las vías de adelantamiento como locos. Poco después de pasado el túnel aparece el resplandor, que se parece más a una puesta de sol que a un volcán en erupción. En el campo de fútbol de El Paso, un voluntario controla la intendencia de bomberos, cuerpos de seguridad y militares. Comida caliente, dos platos y postre. Y agua y refrescos. Los sirven los catering que el Gobierno ha contratado y el de José Andrés. Y se reparten con puntualidad milimétrica. Varios coches los llevan a los puntos designados. Y nadie cobra un euro por su trabajo. Una voluntaria, Merixell, ha destinado sus vacaciones a ayudar. Los peatones nocturnos llevan linternas. Poco queda ya de volcán, me parece, pero siguen llegando turistas tardíos. Hasta los popes de la información nacional descubren ahora La Palma. Es tarde.

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