el charco hondo

Azulosos

Cuentan quienes sí saben -los del feng shui, entre otros- que color y luz influyen en la personalidad, el ánimo y, en consecuencia, en la forma de encarar la vida, el día a día, al vecino de abajo, a la jefa, al que da la brasa en los almuerzos y cenas, al camarero que huye de los clientes fijando la mirada en un punto tan indeterminado como deshabitado, al que toca la pita una milésima de segundo antes de que cambie el semáforo, a quienes evitan el saludo o, entre tantos inquietantes habituales, a los que llaman a deshora o envían mensajes de forma compulsiva, infantil. Los colores juegan con nuestro humor, y la luz con nuestras emociones. Rojo, anaranjado y rosa, fuego. Amarillo, beige y marrón, tierra. Negro y azules, agua. Verde, madera. Blanco, dorado y plateado, metales. Saber. Elegir. Situar. Si fuego, con luz fría siembras alegría e impulsas productividad; pero, ojo, sin saturar, porque el exceso puede alimentar estrés e intranquilidad. Hiperactivos o nerviosos no deben asociarse a los amarillos, rojos o naranjas con presencias intensas. Serios y callados -y reservados, en general- no deben convivir con grises o pálidos, porque, como a los vecinos que tienen debajo de casa el azul (importando poco si son tristes o alegres, en este caso) pueden pasar estas fechas decaídos, mustios, desganados sin saber la razón del bajonazo. El azul, especialmente el que alguien incorporó hace años al alumbrado navideño, se relaciona con estados anímicos bajitos, qué sé yo, tú sabes, otro día, otro año, quédate en casa, ya no es lo que era, cuánta gente en la calle, qué necesidad, salgan sin mí, qué estrés, contagios, apocalipsis, sálvese quien pueda, a los botes, punto final. Ese azul, en particular, invita a toboganes de pasividad que suelen desembocar en el mar del apalancamiento, el exceso de sillón y los blues, bandas sonoras para empacharse de melancolía. Algún concejal de algún país tuvo la mala idea de llenar las ciudades del azul que cubre calles, plazas y parques en estas fechas, y caló, creó escuela, incrustó en los mapas urbanos ese azul, el que abraza árboles y farolas, el azul que te recibe al llegar a la calle con los brazos cerrados, la sonrisa desdibujada y la luz atragantada, azulando el ánimo, dando existencia a la tribu de los vecinos azulosos, azulinos, azulados, a los de las calles a las que tocó este azul que siempre vuelve a casa por navidad.

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