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Cumbre Vieja: vidas arruinadas en tres meses

El volcán de mayor duración en más de medio milenio en La Palma deja un reguero de destrucción sin precedentes, pero también grandes lecciones de resistencia y solidaridad en la Isla
Cumbre Vieja: vidas arruinadas en tres meses. I Love The World

Tres meses se cumplen hoy desde que la tierra comenzó a agrietarse una tarde de domingo en Cabeza de Vaca, en el municipio de El Paso. A las 15.11 horas del 19 de septiembre, una gran columna de humo alarmó a los vecinos del Valle de Aridane. La Palma acababa de entrar en erupción 50 años después. Hasta ocho focos de fuego se abrieron de inmediato, por donde la lava, las cenizas y los gases comenzaron a brotar como surtidores sincronizados.

El abombamiento vertical de la isla de 15 centímetros y la agitación de los sismógrafos había alertado ocho días antes a la comunidad científica, hasta el punto que tres horas antes de la erupción comenzaron las evacuaciones de 250 personas con movilidad reducida de Las Manchas de Abajo, Jedey, San Nicolás, El Paraíso, El Charco, La Bombilla, El Remo y Puerto Naos. 

Pero el evento sorprendió por su rápido desenlace a la mayoría de los científicos -el semáforo de riesgo volcánico se encontraba en aquel momento en amarillo-, que no esperaban una erupción tan inminente, aunque la daban por segura. Sus cálculos situaban el punto caliente en una zona más al suroeste, en el entorno del barrio de Jedey, donde se concentraban las sacudidas.

La catástrofe comenzó a desencadenarse a una velocidad exponencial con el paso de las horas. Esa misma tarde se ordenó la evacuación inmediata de casi 5.000 personas. Las televisiones nacionales movilizaron a sus presentadores estrella y dirigieron sus cámaras hacia el desastre para transmitir en directo cómo una montaña descomunal de rocas y fuego se tragaba la piscina de una vivienda. Fue el primer impacto televisivo. A partir de ahí llegaría la destrucción a las construcciones que la lava encontraba a su paso.

Las siguientes imágenes fueron mucho más duras: familias enteras de Todoque rescatando en furgonetas y vehículos particulares todo lo que podían de sus casas en una desesperada lucha contra el reloj. El drama de una mujer joven vestida de negro, en plena huida, sentada en la parte de atrás de una furgoneta, rodeada de enseres y sujetando un colchón mientras se secaba las lágrimas conmovió a todo el mundo. La imagen recordaba a esos reportajes que ofrecen las televisiones en países lejanos de las víctimas de un conflicto que huyen ante el avance de las tropas enemigas. Pero esta vez, la guerra estaba en casa.

“Quince minutos para recoger toda una vida”, resumió un vecino de la zona baja de Todoque, mientras esperaba con su vehículo el permiso de las autoridades para regresar efímeramente a su casa y llevarse, en un turno exprés, enseres y recuerdos antes de que la trituradora de lava engullera su vivienda. Otra vecina manifestó su drama personal con la misma cantidad de palabras (15) que minutos disponía para salvar parte de su historia: “Me dijeron: coge lo que puedas. Y yo dije: ¿qué cojo? Y empecé a llorar”.  

El pavor se adueñó del Valle de Aridane y expresiones como “espectáculo de la naturaleza”, utilizadas en los primeros días, se cayeron por su propio peso. La poeta Elsa López, hija adoptiva de La Palma, puso los puntos sobre las íes ante las cámaras de Televisión Canaria: “El volcán no es ningún un espectáculo, es un enemigo que le está haciendo un gran daño al pueblo de La Palma, un monstruo aterrador frente al que no podemos hacer nada. Cuando la lava revienta una casa, se revienta todo un pasado, toda una historia”.

Todoque se convirtió en la boca del lobo. La imagen que reflejó la impotencia frente al monstruo fue la de un grupo de bomberos con tractores y excavadoras intentando desesperadamente preparar el terreno para desviar las coladas hasta un barranco. Pero nada se pudo hacer frente a una muralla indestructible de mil grados. Resultaba desconcertante comprobar cómo una masa aparentemente inamovible podía generar tanta devastación sin la más mínima capacidad humana para evitarlo.

El desmoronamiento de la torre del campanario y la iglesia de San Pío fue la imagen de apertura de todos los telediarios nacionales. Después de varios días detenida a las puertas de Todoque, la colada norte se reactivó y se llevó por delante la parroquia, el centro de salud y, a continuación, el resto del núcleo urbano en el que residían 1.200 personas, sepultando raíces, sueños, recuerdos y proyectos. Antonia, una vecina centenaria de Todoque ingresada en la residencia de mayores de Los Sauces, preguntaba cada día al personal del centro si “la lava ya pasó por casa”. Todos le daban largas. Nadie le dijo que su barrio ya no existía. 

“El volcán se llevó la historia. Si Todoque vuelve a existir nunca será lo mismo”, señaló Roberto Leal, presidente de la asociación de vecinos y nieto del propietario del suelo cedido para la construcción de la iglesia de San Pío. En declaraciones a la agencia Efe, Leal reveló que cuando se acostaba por las noches veía en su imaginación el volcán “comiéndose cosas”, y subrayó la agonía que sufrieron los vecinos durante los cinco días en los que la lava apenas avanzaba. “Cuando la gente empezaba a tener esperanzas, en 10 minutos se lo llevó todo”. El representante vecinal no podía ocultar la rabia que sentía cada vez que dirigía su mirada hacia el epicentro de la devastación en Cumbre Vieja y prometió venganza: “Me gustaría vivir encima del volcán, para machacarlo todos los días, como él nos está machacando con tanta desgracia”.

También fue portada de los medios de comunicación el esperado encuentro de dos colosos de la naturaleza: la lava y el Océano Atlántico. Después de 10 días de un parsimonioso zigzagueo entre montañas, barrancos, edificaciones y fincas, minutos antes de entrar en el día en que se celebraba la festividad del patrón de la isla, San Miguel Arcángel, la cascada de rocas y fuego empezó a derramarse en el mar por un acantilado de unos 100 metros en la costa de Tazacorte, dando origen a la primera fajana o delta lávico. “La isla está creciendo y lo estamos viendo en directo”, comentó, emocionado, a todo el país un periodista radiofónico.

Los días pasaban y nadie se atrevía a pronosticar cuándo se echaría a dormir Cumbre Vieja. El presidente del Gobierno de Canarias, Ángel Víctor Torres, que a los 15 días de erupción ya señalaba que los datos científicos no permitían trazar predicciones sobre cuánto tiempo de actividad le quedaría al volcán, apelaba a la capacidad de fortaleza física y mental: “No sabemos en qué momento estamos, pero no parece que nos acerquemos al final, lo que queda es la resistencia”.

Su homólogo nacional, Pedro Sánchez, que ha visitado la isla siete veces desde el 19 de septiembre –también ha viajado en dos ocasiones Pablo Casado (PP) y otros dirigentes políticos-  ha reiterado a lo largo de este tiempo un mensaje de aliento a la población sustentado en dos ideas: “Les pido que no caigan en la desesperanza. El Gobierno de España está  hoy y estará todos los días con La Palma”. 

La familia real también expresó su solidaridad con los damnificados, tanto en la Isla como en diversos foros en los que han participado Felipe VI y Letizia. En la entrega de los Premios Princesa de Asturias, el monarca arrancó la mayor ovación del teatro Campoamor al recordar la catástrofe palmera y la principal reivindicación de los afectados: “Nos han pedido que no les olvidemos y junto a todos los españoles así será, no les olvidaremos”. 

Después de Todoque, la lava alcanzó La Laguna. Gasolinera, casas, comercios y calles quedaron bajo el veneno negro. De nuevo las televisiones, en horario de prime time, emitieron la devastación nocturna en directo con la perspectiva aérea de los drones. Los vecinos asistieron abatidos al desmoronamiento de sus propiedades y sus recuerdos, deglutidos por el magma expulsado por Cumbre Vieja. “Mi casa está en pie todavía, pero le quedará una hora o una hora y media como mucho. Ahora estoy tan angustiado que no sé qué decir ni qué pensar, solo quiero que esto termine ya de una vez”, declaró a este periódico un miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Velia.

El pesimismo se propagó como un virus. Los cuadros de ansiedad y “pánico bloqueante” se multiplicaron entre una población al límite de sus fuerzas. “Hay mucho estrés, mucho miedo, rabia, impotencia y mucho llanto, porque no son capaces de digerir lo que está ocurriendo”, dijo Cristina García, coordinadora del Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Catástrofes. “El ruido constante les está afectando mucho, pero el problema no es tanto el ruido, sino el miedo que genera, porque el volcán cambia cada día, y eso asusta más”, indicó Javier Rodríguez, presidente de la Sociedad Española de Psicología de Emergencias y Catástrofes.

La lava destrozó al sector primario de la Isla, especialmente las plantaciones de plátano, uva y aguacate, donde se produjeron pérdidas millonarias. Dos desaladoras portátiles de Puerto Naos se construyeron a toda velocidad para aportar 6.000 metros cúbicos de agua a las explotaciones sin suministro de agua. También la pesca artesanal de Tazacorte sufrió en propias carnes el zarpazo del volcán. 

En aquellos días, Francisco Santaella reflejaba la angustia a cámara lenta que sufrían las personas evacuadas. Cada día madrugaba para acercarse a un punto de la carretera desde donde poder ver la vivienda familiar de Los Campitos, a los pies de la colada, desde el cruce de la carretera LP-2 con el camino de acceso a La Laguna. La lustrosa villa familiar que levantaron sus padres sobresalía en medio de un malpaís de casi tres kilómetros de ancho. Aunque, aparentemente frenada, la lava abrazaba la edificación.

“Esto es una tortura, algunas mañanas pienso: ‘mira, que se la lleve ya’. Son muchos días vigilándola, viendo qué pasa”, confesaba Francisco a Efe. No quería que sus padres, octogenarios y residentes en Tenerife desde que comenzó la emergencia, perdieran la esperanza. “¡Aún resiste la campeona, mamá”, le decía, emocionado, a su madre, para explicar lo más parecido a un milagro. Pero cada vez que se marchaba del cruce de la carretera, Francisco pensaba: “mañana no está”.

La Isla Bonita latió especialmente en el corazón de los galardonados y los espectadores de la gala de los Premios Taburiente de la FUNDACIÓN DIARIO DE AVISOS. El premio especial al pueblo de La Palma lo recogieron María Remedios Armas, una de las primeras vecinas en perder su vivienda,, cuya imagen, en plena huida abrazada a una maceta conmovió a España, y Yulián Lorenzo, un platanero que con su fotografía, completamente cubierto de ceniza mientras cargaba la fruta sobre sus hombros, se convirtió en un símbolo de resistencia. Ninguno de los dos pudo reprimir las lágrimas sobre el escenario del Teatro Guimerá. “Solo pido que nos ayuden y no nos olviden”, manifestó con voz entrecortada María Remedios, que puso en pie al patio de butacas en medio de una ovación interminable.

La cercanía de la lava impidió el acceso al cementerio de Las Manchas en el Día de todos los Santos. Un helicóptero Superpuma del Ejército del Aire sobrevoló el Valle y lanzó flores sobre el camposanto. Pero días después se confirmaron los peores presagios de los familiares de los difuntos. Después de resistir el asedio de varias coladas desde finales de septiembre, el demonio de lava atravesó por la mitad el cementerio de Nuestra Señora de Los Ángeles. El volcán tampoco respetó a los muertos.

El pabellón Severo Rodríguez, en Los llanos de Aridane se convirtió en el gran almacén de la solidaridad que comenzó a llegar desde todo el mundo. Reunió más de 20.000 productos de primera necesidad entre alimentos, ropa, envases de limpieza, electrodomésticos y juguetes destinados a las familias más necesitadas. Instituciones, empresas y ONG, con la ayuda de más de un millar de voluntarios, dieron una lección de fortaleza, unidad y sensibilidad.

Un gran ejemplo que les llevado a acuñar un eslogan ganado a pulso: “Somos más fuertes que el volcán”.

El fantasma del éxodo poblacional no ha dejado de recorrer el Valle de Aridane desde que se desató la emergencia. Es un drama silencioso, que no avisa con rugidos ni columnas de humo. Ya se han conocido casos de personas mayores con hijos en Tenerife y Gran Canaria que se han marchado a vivir con ellos y anuncian que no volverán. Cobrarán la indemnización, pero no regresarán. También historias de jóvenes que han hecho las maletas en busca de un porvenir fuera de su isla.

Entre los nombres propios que deja esta catástrofe ocupa un lugar destacado el de Julio Camacho Díaz, vecino de Las Manchas, de 72 años,  única víctima mortal relacionada con el proceso eruptivo. Su cuerpo fue encontrado sin vida en una vivienda del barrio después de haber accedido a la zona de exclusión junto a varios vecinos, con permiso de las autoridades, para llevar a cabo labores de limpieza de cenizas. La autopsia preliminar no permitió emitir un diagnóstico certero sobre la causa real de su fallecimiento.

María José Blanco, Carmen López, Nieves Sánchez, Nemesio Pérez, David Calvo, Luca D’auria, Itahiza Domínguez, Vicente Soler, Rubén López, Stavros Meletlidis, Miguel Ángel Morcuende, Rubén Fernández, Juan Carlos Carracedo… son nombres que quedarán asociados a la larga crisis volcánica del Valle de Aridane. Ellos y ellas han sido las caras visibles de la legión de científicos entregados en cuerpo y alma a una emergencia en la que han demostrado, además de conocimiento, una capacidad didáctica y una paciencia dignas de ser reconocidas a la hora de explicarle al mundo lo que pasaba, día tras día, en Cumbre Vieja.

En el álbum de imágenes sobrecogedoras que ha deparado el volcán no puede faltar una fotografía del reportero Emilio Morenatti que asombró al mundo: una casa enterrada en ceniza con un gran boquete en la zona del jardín del que surgió un geiser de lava, causante de la destrucción del cementerio de Las Manchas, en la décima semana de erupción. El río de fuego brotó a apenas media docena de metros de la puerta de la vivienda de Amanda Melián,, una palmera de 33 años, natural de Tazacorte, que cada día se enfrenta a una frase que no para de repetir su hijo mayor, de solo tres años: “Mamá, vamos a casa”.

La erupción de Cumbre Vieja se convirtió el pasado domingo en la más larga de las que se tienen noticias en La Palma. Después de varias jornadas de estabilidad, el récord llegó con un sobresalto: un potente respingo con fuertes rugidos e intensos pulsos en la señal del tremor y en la emisión de ceniza, como si quisiera anunciar a los cuatro vientos su supremacía en más de medio milenio sobre el Tehuya (1585). En capacidad destructiva ya se había coronado desde hacía tiempo: 7.000 evacuados, casi 1.000 millones de euros en daños, 1.628 edificaciones afectadas, 1.173 hectáreas de terreno cubiertas por la lava, 8.500 seísmos…

El pasado 8 de diciembre, en plena operación retorno del puente de la Constitución, el presidente canario sorprendió con unas manifestaciones que saltaron de inmediato a las portadas de los medios de comunicación, en las que aseguraba que existían “indicios científicos” de que la erupción podría acabar antes de que finalizara el año. Era la primera vez que se ponía una fecha sobre la mesa. El comité de expertos se mostró más comedido, al menos de puertas hacia fuera.

Seis días después, el 14 de diciembre, se escucharon las primeras voces científicas en sintonía con el mensaje lanzado por Ángel Víctor Torres. Después de 24 horas sin que la erupción diera señales de vida, el vulcanólogo del CSIC Vicente Soler se refirió a la aparente inactividad como un “indicador claro del principio del fin”. “Yo creo que esta vez es la definitiva y la reactivación parece improbable”, aseguró en Televisión Canaria. “Nos está usted emocionando”, respondió espontáneamente el presentador Roberto González.

Minutos después, el Pevolca confirmaba que la erupción entraba en una fase de “agotamiento” y activaba una decisiva y eterna cuenta atrás de 10 días, para poder certificar que el volcán ha desistido. La buena nueva se espera en una fecha señalada: el 25 de diciembre.

Un arcoiris rondando el volcán en los días previos presagiaba un pronto desenlace, pero no fue la única señal. La Estación Espacial Internacional, el gran laboratorio de investigación que lleva casi 8.500 días en órbita, pasaba justo sobre el Archipiélago el pasado día 10, tres días antes del apagón. La última vez que los astronautas habían contemplado las Islas Canarias fue el 14 de septiembre, la semana en la que reventó el monte por Cabeza de Vaca. La pista clave a la pregunta que nadie supo responder volaba muy por encima del penacho de Cumbre Vieja. Flotaba en el espacio.

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