La mano yanqui en la guerra del Sáhara

El historiador Domingo Garí analiza en su último libro el papel de EE.UU. en el conflicto de la excolonia española tras bucear en los archivos norteamericanos
Domingo Garí FRAN PALLERO

El 10 de diciembre de 2020, a pocas semanas de abandonar su cargo, el expresidente estadounidense Donald Trump reconoció la soberanía marroquí del Sáhara Occidental, un espaldarazo a la posición del régimen de Mohamed VI en un conflicto enquistado desde que España abandonó su antigua colonia en 1975. “En realidad, Trump no hizo nada tan novedoso. Simplemente llevó hasta el final la posición de Ronald Reagan”, afirma el historiador Domingo Garí, profesor de la Universidad de La Laguna, que acaba de publicar Estados Unidos en la guerra del Sáhara Occidental (Editorial Catarata), centrado en el periodo que va de 1974 a 1991.


Aunque nunca hubo un desplazamiento de tropas estadounidenses a Marruecos, al estilo Vietnam, la documentación analizada muestra la complicidad de EE.UU. con Hassan desde que, con Franco ya enfermo, el monarca intensifica sus demandas sobre el territorio saharaui como una forma de consolidar su posición interna tras los intentos de golpe de Estado que había sufrido años antes. “Era también una manera de poner a todo el mundo detrás de él. El que no lo hiciera, quedaba marcado y podía ser reprimido”, explica Garí, que ha aprovechado la pandemia para hacer una investigación del abundante material digitalizado que hay sobre el Sáhara en diversos archivos norteamericanos. Entre otros, los de los expresidentes Gerald Ford y Jimmy Carter, el Departamento de Estado o la CIA.


Oficialmente, EE.UU. defendía una solución bajo el paraguas de la ONU. “Pero Henry Kissinger, entonces secretario de Estado, no estaba a favor del derecho de autodeterminación de los saharauis, a los que consideraba un grupo de 40.000 nómadas que no sabían muy bien en qué mundo vivían. Y decía que no necesitaba más conflictos que le impidieran coger el sueño por las noches”. También reconocía que en el Servicio Exterior había miembros que actuaban con alma de ‘misioneros frustrados’ que no pensaban exactamente lo mismo que él”.


Sin embargo, el monarca marroquí siempre fue hábil agitando el fantasma de la Guerra Fría ante EE.UU. y presentándose como amigo de Occidente. Incluso envió un contingente de 1.500 soldados bajo mando francés a la Primera Guerra de Shaba, donde acudieron en socorro del siniestro dictador congoleño Mobutu Sese Seko, cuyas tropas luchaban contra la guerrilla socialista del Frente para la Liberación Nacional del Congo, apoyada por Angola y Cuba.


“Hassan nunca hablaba del Polisario. Para él, detrás estaba Argelia y el supuesto interés de tener un acceso al Atlántico para exportar materias primas como el hierro. Y Argelia era un país no alineado, promotor del nacionalismo revolucionario y vinculado a la URSS”, explica Garí. La paradoja, según señala el libro, es que los intercambios económicos marroquíes eran mayores con los soviéticos que con los americanos. Y a Argelia le ocurría todo lo contrario: sus mayores intercambios eran con EE.UU.


Aunque el Tribunal Internacional de Justicia rechazó, en octubre de 1975, la reclamación de Hassan sobre la soberanía marroquí del Sáhara español, el monarca mantuvo su desafío. El 6 de noviembre, lanzó la Marcha verde sobre el Sáhara Occidental, con Franco ya agonizando. Varios miles de marroquíes se adentraron unos kilómetros en territorio español y luego regresaron a territorio marroquí. Por el noreste ya habían entrado días antes tropas militares marroquíes con el objetivo de bloquear una posible reacción de los argelinos. “El entonces príncipe Juan Carlos había pedido a Hassan un par de semanas más antes de lanzar la Marcha, pero no hizo caso”, comenta Garí. Los americanos también eran partidarios de esperar a que salieran los españoles, pero tampoco se indignaron por la actitud marroquí. “Creo que podemos decir que no pusimos demasiadas barreras en el camino de Marruecos con respecto al Sáhara”, se complacía Kissinger en una reunión con un enviado del rey Hassan.


Una semana después de la Marcha se firmó el Acuerdo Tripartito de Madrid, donde España hizo entrega del territorio a Marruecos y Mauritania, aunque defendió que se respetara la libre determinación del pueblo saharaui. “Pero la realidad es que el poder, en España, siempre estuvo a favor de entregar el Sáhara a Marruecos”, explica Garí. “El coronel Diego Aguirre cuenta muy bien en el libro Guerra en el Sáhara que la decisión del Gobierno español fue impulsada por el alto Estado Mayor del Ejército, que consideraba que un Sáhara que fuera continuación de Marruecos impediría la influencia argelino-polisaria sobre Canarias. Estamos hablando del contexto del MPAIAC, de Cubillo, de todo el nacionalismo canario”, explica el historiador. “Además, la cesión del Sáhara permitía mantener Ceuta y Melilla”.


La privilegiada relación entre EEUU y Marruecos tuvo sus altibajos, fundamentalmente tras la llegada al poder del demócrata Jimmy Carter, en 1977, quien hizo una revisión de la política intervencionista americana que coincidió con la ‘sorpresa’ de que el Frente Polisario, una guerrilla de entre 3.000 y 6.000 efectivos, estuviera poniendo contra las cuerdas al ejército marroquí. En 1979, según los informes estadounidenses, los saharauis controlaban en torno a un 80% del territorio y habían derrotado a Mauritania. Hassan estaba nervioso y pedía, de nuevo, más ayuda a los estadounidenses, amenazando con buscar la colaboración de los soviéticos si no le vendían armas con las que atacar a la guerrilla. EE.UU., sin embargo, se remitía al tratado que ambos países habían firmado en 1960, que limitaba la venta a armamento defensivo para repeler una posible agresión exterior, pero no para atacar a los saharauis.


Todo cambió en 1979, tras la caída del Sha en Irán y de Anastasio Somoza en Nicaragua, dos viejos aliados de EE.UU. que se desplomaban en plena Guerra Fría. Con la excusa de reforzar a Hassan de cara a una negociación de la paz con los saharauis y Argelia, Carter comenzó a venderle armamento moderno sin limitaciones de uso, incluyendo helicópteros capaces de volar rápidamente a poca distancia del suelo y diezmar a la guerrilla polisaria. “Como saben, he decidido ciertos cambios en nuestras políticas que rigen la venta de equipo militar a sus fuerzas armadas que están diseñadas para ayudarlo a enfrentar la situación militar inmediata”, le escribió Carter a Hassan en octubre de 1979.


“Ese es el momento crucial, pues cambia el rumbo de la guerra”, explica Garí. “Además, Marruecos comienza la construcción de los muros, que sirven para consolidar las posiciones conquistadas y controlar posibles incursiones. En un territorio tan extenso y con una población saharaui tan pequeña, era fácil aislar a la guerrilla de su gente, dejar al pez sin agua, una expresión de Mao que utilizaba el propio Hassan”.


Con la victoria de Reagan, en 1981, esa política de ayuda al régimen marroquí se intensificó. “Los republicanos llegan con el objetivo de rearmarse, sin arrepentimiento alguno por Vietnam”, afirma Garí. “Invaden Granada, financian e impulsan la guerra antisandista en Nicaragua, se refuerzan militarmente frente a la URSS… En Marruecos, instalan una base de la CIA que podía hacer escuchas en países como Argelia y Libia. No solo llegan asesores militares, sino un montón de políticos estadounidenses que desfilan para visitar a Hassan. Hubo una apuesta muy fuerte. Yo creo que EE.UU. pensó que Marruecos ganaría rápidamente. Y a pesar de todo, el Polisario resistió. Eso es lo más llamativo de todo, que fuera capaz de aguantar solo con la ayuda de Argelia”.


“Pero Hassan seguía protestando: ‘¿Qué me da a mí EE.UU.? Le doy el uso de mi territorio para que desplieguen sus tropas hacia Asia, utilizan las bases, atracan sus barcos. ¿Y ellos?’. ¡Pero si le estaban dando todo! Lo que ocurre es que estaba frustrado por no conseguir una victoria a pesar de la ayuda militar y de la financiación tan potente de Arabia Saudí, que le permitía mantener un ejército formado en buena parte por campesinos y gente pobre a los que trataba como peones y cuyas bajas no le importaban nada”.


En 1991, ya con George Bush de presidente, se firmó un alto el fuego. “Yo creo que el contexto de final de la Guerra Fría ayudó a que EE.UU. planteara que era el momento de solucionar algunos conflictos que estaban enquistados, como el del Sáhara”, afirma Garí. Sin embargo, treinta años después, la situación sigue bloqueada. “Marruecos siempre ha apostado por prolongar el problema, pues considera que consolida la situación y terminará agotando a los saharauis”. En estos años, los territorios ocupados se han llenado de población marroquí y muchos saharauis se quejan de que son marginados. Miles de personas siguen viviendo en los campamentos de Tinduf. Y el Polisario reanudó sus operaciones militares en 2020.


A toro pasado, Garí destaca la astucia de Hassan, capaz de erigirse en vigía de Occidente y amagar con negociar con los soviéticos al mismo tiempo. “Se entronizaba como defensor del mundo libre, pese a ser el rey de una monarquía feudal que encarcelaba, reprimía y masacraba a su propio pueblo. Y nadie le llevaba la contraria”, sostiene el historiador con un punto de estupefacción. “Aunque está claro que los americanos tenían sus objetivos estratégicos”. Además del uso del territorio marroquí para cuestiones militares, uno de los principales era la defensa de Israel, íntimo aliado de EE.UU. Ahí estuvo Hassan en 1978, apoyando los Acuerdos de Camp David, donde Egipto reconoció al Estado de Israel pese a la oposición de la mayoría del mundo árabe, esencialmente pro-palestino, incluido el pueblo marroquí.


Israel también fue la razón por la que Trump defendió la soberanía marroquí del Sáhara Occidental en 2020, poniendo como requisito que el régimen de Mohammed VI estableciera relaciones diplomáticas con ese país. Un año después de su llegada al poder, Biden no ha corregido la decisión de Trump sobre la excolonia española. Primero, los aliados. Y luego, el pueblo saharaui.

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