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Tragedia histórica: Se cumplen 45 años del accidente en Los Rodeos

Alrededor de 3.000 kilos de uranio empobrecido ardieron a más de 1.000 grados de temperatura. ¿Corrimos peligro los que estuvimos cerca de los aviones siniestrados?
Accidente en Los Rodeos
Tragedia histórica: Se cumplen 45 años del accidente en Los Rodeos. / DA

Hace hoy 45 años, un Jumbo de la compañía holandesa KLM, que despegaba, y otro de la americana Pam-Am, que operaba en la pista principal del aeropuerto de Los Rodeos, chocaron a causa de una serie de errores humanos y de casualidades mortales que se refieren en el informe oficial del accidente aéreo -más bien de tráfico- más grave de la historia. Un total de 583 personas fallecieron y solo se salvaron 61 pasajeros del avión americano.

Esta no es la crónica de aquel suceso, que viví en primera persona, sino el análisis de lo que pudo ocurrir cuando ardieron unos 3.000 kilos de uranio empobrecido (depleted uranium), a una temperatura de más de 1.000 grados, en el incendio posterior al choque. Jamás fueron evaluadas las consecuencias que las partículas de uranio desprendido tuvieron en guardias civiles, bomberos, sanitarios, periodistas y miembros de la Cruz Roja que estuvieron muy cerca de aquel desastre. ¿Y qué hacía ese uranio en el avión de Pan-Am? Lo veremos.

En el año 2004, el Gobierno de Canarias me encargó un artículo de investigación, que está publicado, sobre el riesgo que corrimos quienes estuvimos cerca de los restos humeantes de los dos aviones aquel día 27 de marzo de 1977.
Porque las barras de uranio empobrecido (DU por sus siglas en inglés) eran transportadas por más de 1.600 Jumbos (Boeing 747) que volaban en todo el mundo con los distintivos de las principales compañías aéreas. Esas barras se utilizaban como contrapeso de las aeronaves, colocadas en ambas alas de esos aparatos.

Un reportaje firmado por el fallecido periodista Adrián Alemán y publicado en el periódico El Día, años después del accidente en Los Rodeos, se refirió erróneamente a la posibilidad de un supuesto contrabando de uranio y de los peligros que su calentamiento excesivo suponían para las personas cercanas al accidente. En realidad sí existió peligro, pero nada más lejos de un contrabando de uranio: estas barras de DU formaban parte de la estructura del avión de Pan-Am, al ser un material pesado, ideal para su estabilización, y que ocupa poco espacio.

Adrián contó que un viejo químico, con un contador Geiger, había pasado el aparato por los restos del avión, depositados en una chatarra de La Esperanza después del accidente en Los Rodeos, y que se habían disparado las agujas. Tras la publicación del reportaje se desplazó hasta la Isla un técnico de la Junta de Energía Nuclear de España, con el que tuve la oportunidad de charlar.

Pero, curiosamente, mucho tiempo después, en el año 2018 se halló otra de estas barras en una finca de La Laguna y se activó la alerta radiológica con categoría de “baja”, al detectarse radiactividad en una pieza posiblemente desprendida de un avión, con unas dimensiones de veinte centímetros por diez, aproximadamente.

Esas barras, frías, no suponen el menor peligro –basta con lavarse uno las manos después de manipularlas–, pero a más de 500 grados de temperatura –y aquel incendió en Los Rodeos alcanzó los 1.000- pueden convertirse en mortales. El depleted uranium (DU) es un subproducto del enriquecimiento del uranio y su radiactividad es de aproximadamente el 60% del natural.

Repito que unos 3.000 kilos de uranio empobrecido pudieron arder, o correr peligro de calentarse y destruirse, en el accidente de los Jumbos, del que se cumplen ahora 45 años. Con las precariedades de la época nadie hizo un estudio de cómo pudo afectar a las personas que estuvimos cerca de esos aviones en llamas. También a los 61 supervivientes.

Yo tuve una de esas barras en mis manos. Cuando le mostré mi preocupación al representante de la Junta de Energía Nuclear, me dijo: “Lávate las manos porque ese material, cuando está frío, no debe preocupar. Pero reza porque no hayas inhalado partículas procedentes de esas barras ardientes cuando te encontrabas cerca de ellas. Podrían haberte causado un grave problema de salud, e incluso manifestarse dichos problemas muchos años después de esa inhalación”. Parece que tuve suerte.

Como anécdota les diré que una de esas barras permaneció años, como pisapapeles, en la mesa de un representante del Lloyd´s en Tenerife, la compañía aseguradora que fue parte perjudicada en el accidente en Los Rodeos.

Luego de la publicación de mi extenso artículo en un libro para las Emergencias Canarias, un libro oficial del Gobierno de Canarias, me contactó la National Geographic, de la que soy miembro, para recabar más información sobre la investigación periodística llevada a cabo por mí. Y varias cadenas de televisión me entrevistaron para recabar más datos sobre las comentadas barras de DU, que llevaba uno de los dos Jumbos, el de Pan-Am.

Voy a repetir lo que dije entonces. Estas barras fueron instaladas en determinados tipos de aviones, como los Boeing 747 y los DC-10, aeronaves ya casi en desuso, aunque algunas de ellas vuelen todavía en compañías de segundo nivel. De hecho, los dos Air Force One, aeronaves del presidente de los Estados Unidos, son Boeing 747 muy modernizadas y dotadas de alta tecnología anti misiles.

“La Agencia de Protección del Medio Ambiente norteamericana”, escribía yo en ese trabajo, “ha advertido a los gobiernos en cuyos países se hayan accidentado aviones que hubieran incorporado a sus fuselajes barras de DU para que vigilen especialmente el entorno en el que se produjeron los siniestros y las personas que residen o hayan residido en los alrededores o que hayan participado en el rescate de posibles supervivientes o de restos de esos aparatos”.

Más tarde, en 2018, yo me preguntaba por el destino de las barras de DU recuperadas tras el accidente de 1977. E indicaba: “¿Se sabe quiénes las conservan y si conocen los poseedores de estas barras el riesgo potencial que su tenencia comporta? ¿Qué fue de aquella chatarra de La Esperanza?”. ¿Procedía del mismo accidente la barra hallada en la finca de La Laguna hace unos días (en 2018)? No obtuve respuestas.

Lo cierto es que el polvo de uranio empobrecido procedente del incendio de estas barras de DU pudo afectar a muchas personas, sin que tengamos resultado alguno de ello, ni tampoco existió una investigación rigurosa de las causas de la muerte de las personas –las que se acercaron al avión y los supervivientes- que fallecieron después de aquel día trágico. Y si el objeto encontrado en La Laguna en 2018 era una de esas barras, ¿cómo llegó a la finca lagunera desde la pista de Los Rodeos o desde la chatarra de La Esperanza?

Nada de esto se sabía en 1977. Las autoridades estaban muy ocupadas en rescatar a los heridos, hospitalizarlos e identificar a los muertos. En el viejo hangar de Los Rodeos se desplegaron los féretros de los 583 fallecidos, que fueron repatriados a los Estados Unidos, después de arduas tareas de identificación.

El informe oficial culpó principalmente del accidente en Los Rodeos al comandante de KLM, Jacob Van Zanten, entre otra serie de fatales casualidades, contando alguna interferencia en las comunicaciones entre el avión holandés y la torre de control.

Pero principalmente culpó al citado piloto. Quizá esas voces que aún se escuchan algunas noches en el hangar de Los Rodeos estén clamando por una investigación de lo que ocurrió después.

Este periódico publicó, el mismo año 2018, a raíz del hallazgo de la citada barra de DU en La Laguna, la investigación completa que realicé sobre las posibles consecuencias de este siniestro, que cambió algunas reglas de la aviación comercial y que puso a nuestra isla en el mapa mundial de las desgracias. Muchos echaron la culpa del suceso al MPAIAC (el Movimiento independentista de Antonio Cubillo), que había colocado una bomba en el aeropuerto de Gando, obligando a desviar a Los Rodeos a los dos aviones siniestrados. Pero este criterio sería como acudir a máximas jurídicas romanas modernamente discutidas: “La causa de la causa es la causa del mal causado”. No puede sacarse esta conclusión.

Hoy, domingo, se cumplen 45 años del accidente en Los Rodeos. Nunca se supo el destino final de aquel material radiactivo, pero ya ven que en 2018, 41 años después del suceso, se encontró otra de las repetidas barras de DU, si es que esta procedía del accidente en Los Rodeos (averiguarlo es fácil, todas llevaban un distintivo de su procedencia).

Nunca se va a dejar de escribir del accidente de los Jumbos, del que yo saqué una enseñanza, que contaré en mis Memorias: todo lo que repela no debe ser publicado. La prensa norteamericana, ni las grandes cadenas de televisión, publicaron una sola foto de los muertos. Aquí, en España, periódicos y revistas rivalizaron en la compra de fotos macabras de las pobres víctimas de aquel suceso, junto a otras, excelentes y dramáticas, de los supervivientes.

¿Fin de la historia? Creo que no, creo que se seguirá escribiendo de todo esto.

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