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Oksana, ucraniana en Tenerife: “De esta guerra vamos a salir más fuertes, más libres”

Oksana Bartsch lleva dos años viviendo en La Orotava y tres semanas sin conciliar el sueño, temerosa por la suerte de familiares y con ganas de volver a su tierra
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Oksana Bartsch reconoce que lleva tres semanas sin poder dormir por la guerra en su país. Fran Pallero

Vive en un piso en el Mayorazgo, en La Orotava, desde el que cuelga hace tres semanas una bandera de Ucrania con el escudo-tridente recuperado tras la independencia del país de la extinta URSS en 1991. Dos años antes nació Oksana Bartsch, que aunque ha pasado más de la mitad de su vida en Alemania y ahora en España -primero en Málaga y desde hace casi tres años en Tenerife- se siente profundamente ucraniana, “no ucraniana prorrusa, como algunos que he conocido en Tenerife, sino ucraniana de libertad, de nuestro idioma, de nuestra cultura, no solo de pasaporte”, quiere reafirmar.

La joven de 29 años teletrabaja desde su pequeño piso para una empresa checa especializada en digitalización de ayuntamientos de todo el mundo, y para ello tiene que realizar unas treinta llamadas al día, algo que lleva semanas sin poder hacer. “Mis jefes -nos cuenta- tienen consideración conmigo y saben lo mal que lo estoy pasando, que apenas puedo conciliar el sueño por la noche, contando los días por números de la guerra y no por el día de la semana, siendo adicta a las noticias, por lo que me permiten realizar casi la mitad de las llamadas a los clientes”, señala, mientras reconoce que si pudiera, que si fuera fácil, “me gustaría regresar a Ucrania al menos para cocinar para los soldados, porque no solo se defiende el país portando un arma en la mano, nuestro Ejército necesita toda la ayuda, esa que le está negando Alemania, por ejemplo, algo que no logró entender. Hasta cuántos mayores, mujeres y niños tienen que morir para que Europa le pare los pies al sanguinario Putin”.

Así y todo, Oksana, ve un hilo de esperanza, porque “el presidente Zelenski, que no ha vendido el país, que no ha huido fuera, ha unido al país como nadie antes lo había hecho, todos están contra el invasor y al final ganaremos la guerra y seremos un país más libre, más fuerte y más rico que Alemania, pagando un precio grandísimo y doloroso, con un baño de sangre”, recordando, como cristiana, la Biblia: “mi madre siempre me contaba un pasaje donde los pueblos pequeños ganaban a los grandes con la ayuda de Dios y Dios está con Ucrania, donde la religión es totalmente libre y no está politizada como la tiene Putin en Rusia”.

Recordó que también hay ucranianos, pocos, pero los hay, que echan de menos al anterior presidente ucraniano (Petró Poroshenko) porque dicen que “con él Rusia no nos hubiera invadido, son seguramente los que han sacado el dinero de manera ilegal de Ucrania, como esos políticos que se llevaron fortunas a Panamá”, afirma la joven ucraniana, que ha contactado a través del Facebook con parte de la comunidad ucraniana en Tenerife, que vuelve a estar citada hoy en una manifestación en la capital tinerfeña.

Reconoce que hay mucha desinformación en Rusia y pone como ejemplo a su novio, de origen cubano, con quien ha discutido por entender él que hay que mirar siempre las dos partes y de que  “Putin tiene parte de razón”, respondiendo que “no hay ninguna parte, solo la invasión de un país libre”, remarca, mientras recuerda que en la guerra del Donbáss, en 2014, “perdí a un amigo que estudiaba Derecho y tuvo que ir a defender Donetz de los rusos”.

La odisea de la hermana

Esta ucraniana en Tenerife se muestra ahora, dentro de la angustia que supone ver cada día los bombardeos sobre civiles en Ucrania, algo más tranquila al saber que “mi hermana y mi dos sobrinos de 2 y 5 años ya están a salvo en Alemania con mi madre, aunque todavía tengo familia en pequeños pueblos que no he podido hablar con ellos”, mientras relata que “mi abuela de 84 años y mi tío se han quedado en la casa que construyeron con sus manos, muy cerca de Lutsk, una de las ciudades bombardeabas”.

Describe con indignación la odisea de su hermana, con dos pequeños y un perro, cuando tardó cinco días en hacer los 300 kilómetros que separan Ternópil de la frontera polaca. “Me cuenta que eran cientos, miles de coches que apenas se movían, con temperaturas de menos 10 grados y nevando. Llego tan extenuada a Polonia que se quedó dormida en el coche, tuvieron que sacarla para hacer una cola enorme en donde incluso murieron algunos bebés en brazo de sus madres, al producirse una avalancha para entrar en la frontera. Esa imagen que me traslada mi hermana no me la quito de la cabeza, pero al menos puedo sentirse aliviada de que ya está a salvo, al igual que dos primas y sus hijos”.

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