cultura

Domingo Villar y los territorios que habita la emoción

El escritor gallego, fallecido esta semana, estuvo en 2020 en Tenerife Noir, donde recibió el Premio Ciudad de Santa Cruz de Novela Criminal por ‘El último barco’

“Escribir tiene un poco de mirada hacia afuera y otro poco de mirar hacia dentro, de intentar comprender el mundo y la naturaleza de la gente. Escribo novelas negras, pero con la excusa de una investigación policial puedo contar otras muchas cosas”. Domingo Villar (Vigo, 1971-2022) participó hace ahora un año y medio en Tenerife Noir, el Festival Atlántico del Género Negro, que le otorgó el Premio Ciudad de Santa Cruz de Novela Criminal por El último barco, el regreso del inspector Leo Caldas, su icónico personaje, tras un lapso de 10 años.

LA MIRADA

DIARIO DE AVISOS entrevistó en aquellos días al escritor fallecido el miércoles tras sufrir una hemorragia cerebral. De aquella charla se podrían extraer, quizás, algunas de las líneas que articularon la vocación literaria, y también su manera de contemplar el mundo, de quien es considerado uno de los principales responsables de la renovación de la novela negra en España.

Domingo Villar es considerado uno de los principales renovadores de la novela negra en español. / Fotos: Ricardo Pinillos Toledo

Domingo Villar comentaba que hacía tiempo, leyendo a sus mayores, gente como Andrea Camilleri, Umberto Eco, Lorenzo Silva o Dennis Lehane, comprendió que es posible hacer novela negra sin dejar de hacer literatura “con mayúsculas”: “Se puede hablar de crímenes y escribir novelas cultas, que sean hondas, que sean humanas y que sean, en suma, emocionantes -apuntaba el escritor-, que nos arañen por dentro. No existe otro camino para emocionar al lector que escribir emocionado”. “Escribir tiene que ver con buscar los recovecos de la emoción e intentar trasladarlos al papel; tratar de que el lector, que está en otro tiempo y en otro lugar, rellenando los espacios que le dejo, entienda la historia y la haga suya”.

LOS IMPONDERABLES DE LA TRAVESÍA

Cuando se le preguntaba por el oficio, Villar, que en 2021 publicó Algunos cuentos completos, relatos escritos en diferentes épocas que tomaron forma de libro en la pandemia, respondía que escribir es “como conducir con las luces cortas”: “Vas viendo lo que tienes delante, pero nunca lo que está mucho más allá. Quizás sabes a dónde te diriges y conoces el camino que has de tomar, pero jamás tienes claro dónde estarán las curvas, los baches, dónde puedes tener un accidente”.

De cualquier forma, el escritor vigués siempre necesitaba zambullirse en un ambiente. “Lo más importante es el nido que acogerá el relato”, detallaba. “Cuando comencé a escribir El último barco, mucho antes de construir esa historia policiaca sabía que quería hablar de los artesanos, de los oficios que se hacen despacio, de los que requieren tiempo y cariño, como el de luthier o el de escritor”.

“Sabía que quería hablar del mundo rural -añadía en la conversación con este periódico-, de una lengua de tierra que hay en la otra orilla de la Ría de Vigo, que es tranquila y desde donde la gran ciudad solamente es un paisaje en la distancia”.

“Una vez que supe cuál era el universo que quería relatar, tuve que encontrar una historia que se acomodara a ese entorno. El último barco acabó siendo la búsqueda de una mujer que era profesora de la Escuela de Artes y Oficios y se había marchado a vivir a aquella lengua de tierra que yo quería transitar. Cuando escribo, siempre viene primero el envoltorio y después el caso. Al menos así ha sido hasta ahora”, concluía el autor de Ojos de agua (2006), el debut de Leo Caldas.

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