cultura

Antonio Tabares: “El teatro empatiza con los que no protagonizan la historia pero tienen una historia que contar”

El dramaturgo palmero, que acaba de estrenar con Delirium Teatro su nueva obra, 'La inmortalidad', acude a Roma, donde inaugura con 'Cuarteto para el fin del tiempo' una serie de traducciones al italiano de autores contemporáneos
El dramaturgo canario Antonio Tabares. / Lucía Tabares

Cuando se publica esta entrevista, Antonio Tabares (Santa Cruz de La Palma, 1973) se encuentra en Italia, en Roma. Allí el sello Nova Delphi Libri ha editado Quartetto per la fine del tempo, una traducción de su obra de 2005, que inaugura la serie Herencias, scritture di memoria e identità, dedicada a autores hispanos contemporáneos. Además, este martes el dramaturgo canario estará presente en la lectura dramatizada de la versión italiana de Una hora en la vida de Stefan Zweig (2007), donde mantendrá un encuentro con el público. Delirium Teatro acaba de estrenar, en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna, en el marco del MAPAS Fest, el texto más reciente de Antonio Tabares, La inmortalidad. Con esta ya son seis las obras del autor palmero que la compañía tinerfeña lleva a las tablas. En esta conversación, Tabares habla de La inmortalidad, pero también del arte del teatro y, sobre todo, de su capacidad para plantear preguntas y mostrar, como si fuese a través de un espejo, aquello que somos.

-Si entendemos ‘La inmortalidad’ como el retrato de una generación, lo es también de una época. ¿Qué le ha llevado a escribir una obra teatral ambientada en La Laguna en un tiempo que se sitúa entre el tardofranquismo y la Transición?
“Siempre he visto esa etapa, que no viví de cerca, porque en esos años de la Transición yo era poco más que un recién nacido, con una cierta mística. Fue un momento muy bonito en la historia de nuestro país. Reúne un montón de situaciones de cambio, de transformación. Política, por supuesto, pero también social, moral, de costumbres, de maneras de vivir… Y fue, además, algo generalizado: se dio en toda España. Las referencias a La Laguna, como ciudad universitaria en la que se daba esa efervescencia, las he escuchado desde niño. Lo cierto es que en los últimos tiempos se me plantean historias, que no voy buscando, ambientadas en Canarias. Como en mi texto anterior, Proyecto Fausto, son relatos que ocurren en las Islas, pero plantean temas universales. La inmortalidad es, sobre todo, un retrato de una época de la vida en la que suceden muchas cosas. Un tiempo, el de los años de juventud y formación, que acaba definiendo nuestra forma de ser. Aunque La inmortalidad esté situada en un momento muy concreto, creo que todo el mundo se puede ver reflejado en lo que en ella se relata”.

“Las muertes de Félix Francisco Casanova y Javier Fernández Quesada espolean a los personajes de ‘La inmortalidad’ para que reflexionen sobre sí mismos y sobre la realidad que les rodea”

-Hay dos nombres en esta obra que van más allá de contribuir a situarla en el tiempo: el poeta Félix Francisco Casanova y Javier Fernández Quesada, el universitario muerto a tiros durante una protesta estudiantil. ¿Qué espacio ocupan y qué representan ambos en ‘La inmortalidad’?
“Desde su propio título, en la obra hay un intento de mostrar esa sensación que uno tiene de joven de que la muerte es algo tan lejano que nunca puede ocurrir. Y si ocurre, le ocurre a otros, no a ti ni a nadie de tu generación. Al documentarme para ambientar La inmortalidad tuve un momento en el que vi muy claro que esas dos muertes juveniles, la de Félix Francisco, tan misteriosa, en la bañera de su casa, cuando prácticamente era ya un poeta consagrado, y la de Javier Fernández Quesada, una muerte violenta, estaban llenas de significación y servían para espolear a los personajes de mi obra, para que reflexionasen sobre sí mismos y sobre la realidad que les rodeaba. Y más teniendo en cuenta que el texto habla precisamente de esa percepción de que todo puede ocurrir, de que todos los sueños se pueden cumplir y de que uno es inmune a la muerte. En La inmortalidad se menciona también el caso de Bartolomé García Lorenzo, ese muchacho que murió por disparos de la policía en su casa de Santa Cruz de Tenerife. Era un tiempo muy convulso y las muertes juveniles no dejan de ser un aldabonazo en las conciencias de todos”.

-Existe un elemento en su trayectoria que si bien no es una constante sí que es recurrente: dar voz a personajes que forman parte de esa otra historia de Canarias que no suelen recoger los textos académicos. ¿Qué busca y que halla al explorar esos otros relatos históricos?
“No sabría muy bien decir si estoy buscando o si, sencillamente, mantengo la actitud de un recolector. De alguien que siempre está con las orejas puestas en todo lo que hay a su alrededor por si encuentra algo que posea un contenido teatral. Porque, a poco que uno escarbe, se da cuenta de que hay multitud de historias personales que piden a gritos ser contadas. Por lo general, es cierto, la historia de grandes titulares pasa de puntillas sobre todos esos relatos, pero si hay una herramienta de la que se puede valer un autor teatral, esa es la empatía. Empatizas con los relatos y con las personas que no son protagonistas de la historia, pero que tienen una historia que contar. Una historia, además, que nos representa a todos. Pero mi intención no es llevarlas al escenario como una reivindicación, sino porque creo que todas ellas contribuyen a hacernos mejores. Saber que existieron todas estas personas nos ayuda a nosotros mismos. Tiene algo de terapéutico, de catarsis”.

“Cualquier historia que habla de las emociones del ser humano nos toca; da igual que ocurra en una calle de La Laguna, de Tazacorte o de Nueva York”

-Lo particular, como señala, es un recurso que le ha servido al teatro desde un principio para hablar de lo universal. ¿Qué emociones ha querido trasladar usted al espectador con ‘La inmortalidad’?
“Esa disyuntiva entre local y universal siempre está presente. Pero cualquier historia que hable del ser humano y de sus emociones, da igual que ocurra en una calle de La Laguna, de Tazacorte o de Nueva York, nos toca de manera similar. La inmortalidad aborda ese momento de la vida en el que se forjan los cimientos de nuestra personalidad, donde surgen las amistades, donde descubrimos el amor… Pero no es una etapa idílica, sino de conflictos. En esta obra cada personaje lucha por encontrarse a sí mismo, está lleno de contradicciones y dice una cosa pero hace la contraria. En los ensayos que hemos hecho con público, las personas con una edad aproximada a la de los protagonistas se han sentido identificadas con ellos, pero también las personas mayores que vivieron esa etapa. De manera que creo que La inmortalidad nos habla a todos de nosotros mismos. Y esa es una de las capacidades que tiene el teatro. Un oficio tan antiguo que continúa interpelando a las personas de hoy en día”.

-¿Está de acuerdo con la afirmación de que todo el teatro es político porque retrata las inquietudes de una sociedad en un tiempo concreto?
“Por supuesto que sí. Lo que ocurre es que hoy se tiende a confundir lo político con lo partidista. En la medida en que es un arte social, un arte colectivo, el teatro es también un arte político. Tanto por el contenido que tiene como por el que deja de tener, que también es una opción. Pero eso es una cosa y que se convierta en una especie de portavoz de una ideología o de una tendencia política es otra muy distinta. En el momento en el que se intenta politizarlo en esos términos deja de ser teatro y se transforma en algo muy diferente. Quizás en propaganda…”.

“Como arte social, colectivo, el teatro siempre es político, pero no hay que confundir lo político con lo partidista”

-Este es el sexto texto que escenifica con Delirium Teatro. ¿En qué consiste su alianza con la compañía tinerfeña?
“A mi juicio, el mayor premio que puede obtener un dramaturgo durante su carrera es justo encontrarse con un director que hable su mismo lenguaje y que entienda el teatro de una manera similar a como él lo entiende. Como un arte de la propuesta y de la sugerencia, para que sea el espectador el que se plantee preguntas, el que deba poner algo de su parte porque no todo es explícito, no todo está explicado. También es una suerte contar con un director que sienta cariño por los textos y por el trabajo con los actores. Llevamos trabajando juntos 15 años, desde el estreno de Canarias, en 2007, y considero que es una trayectoria que nos ha enriquecido profesional y artísticamente tanto a Delirium como a mí como autor. Uno va descubriendo poco a poco, sobre todo al principio, que el texto teatral tiene que ser interpretado, tiene que ser dicho, y que en ocasiones un solo gesto del intérprete resulta más valioso que una página de réplicas. De manera que entre todos seguimos aprendiendo, retroalimentándonos y creciendo juntos”.

-Una vez que pone el punto final a una obra, ¿hasta dónde llega el interés por su recorrido? ¿Suele colaborar en la puesta en escena o prácticamente se desentiende?
“Eso siempre depende de las circunstancias del montaje y de hasta qué punto el director me pide más o menos colaboración. Intento ser muy respetuoso con el trabajo que viene después de la escritura. Si, por ejemplo, estrenan un texto mío en la Península, lógicamente mis posibilidades de participar en ese montaje son bastante menores que en este caso concreto de La inmortalidad, donde he podido acudir a los ensayos y abordar algunos matices sobre el texto y también tomar decisiones enfocadas hacia la puesta en escena. Una de las cosas que más me gustan de la escritura teatral es que es un arte colectivo. Uno pone sobre la mesa una propuesta, que además está muy trabajada, no es solo una idea, sino un texto preparado para subirlo a un escenario. A partir de ahí empiezan a sumarse un montón de personas que se entregan al proyecto con el mismo cariño que tú le has puesto a la escritura. Y no solo hablo del director y los actores, sino también de todo el equipo técnico que participa en las diferentes vertientes que supone sacar adelante una obra teatral. Por eso entiendo el teatro como el arte colectivo por excelencia”.

-¿Considera que ya está escrita la obra que explica este tiempo que vivimos, de crisis, de pandemia y hasta de guerras, o es necesario aún tomar mayor distancia?
“Todavía nos hace falta mucha más perspectiva. Solo hay que pensar que aún se está escribiendo acerca de la Guerra Civil, que acabó hace ya más de 80 años. O que de la Transición no se ha escrito tanto y ya va para más de 40. Aún estamos demasiado cerca de estos acontecimientos, a pesar de que existan obras que comienzan a reflejar este tiempo. En todo caso, cualquier época brinda elementos para desarrollar tramas que humanamente nos interesan y, por lo tanto, reflexionar sobre ellos nos enriquece”.

-Ahora acude a Roma, donde se presenta la traducción al italiano de uno de sus textos, ‘Cuarteto para el fin del tiempo’, y este martes habrá una lectura dramatizada de otro, ‘Una hora en la vida de Stefan Zweig’, en el Teatro Palladium de la Universidad Roma Tres. ¿Qué supone para usted, un autor canario que escribe desde las Islas, que su obra se conozca en el exterior?
“No deja de ser bonito que eso que tú escribes logre romper fronteras, se diga en otras lenguas y se represente en otros idiomas. Son como destellos que te animan a pensar que no necesariamente uno tiene que marcharse lejos de aquí para poder contar el mundo. Representa un estímulo, en definitiva, para un autor que crea desde las Islas”.

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