análisis

Fiel a la fidelización

En la pantalla de mi ordenador aparece insistentemente un anuncio para comprar un programa destinado a borrar los anuncios. Me recuerda a la extorsión de las bandas de Chicago especializadas en forzar la contratación de sus servicios de protección. Es una manera bastante agresiva de captar a la clientela, siempre bajo la amenaza de un infierno que deberás soportar si no entras por el aro y aceptas las condiciones de los insistentes. No es nuevo, pero ahora, con los medios informáticos, parece tener una mayor presencia. Ya sé que si no sigo determinadas consignas me convertiré en un imbécil y en una persona sin crédito ni prestigio, en el universo de la gente que se dedica a otorgar diplomas de esas cosas tan personales, pero yo, mal que bien, me resisto y aguanto los embates de un ambiente empeñado en establecer como únicas las pautas de mi pensamiento y de mi comportamiento. Todo ello, según dicen, en nombre de preservar mi libertad, algo por lo que debo luchar a cualquier precio si quiero pertenecer al mundo de lo políticamente correcto. No debo criticar, debo callar ante lo que considero carente de lógica, es mi lógica la que está equivocada, tengo que aceptar las consignas de la oficialidad si no quiero pertenecer al universo de los inadaptados indeseables. Dicen que solo me queda una cierta facilidad para escribir y que se entiendan estas elementales ideas que me atrevo a expresar, siempre con el temor de sufrir la corrección del demérito. Esto que digo me parece un poco esperpéntico, pero en la realidad estamos en un mundo donde el disparate se convierte en verosímil a poco que nos detengamos a prestarle atención. No sé cómo ese llamado insistente para poder desprenderme de lo que me molesta se ha metido dentro de mi PC. Ya ni me lo preguntó y lo soporto como una de las servidumbres por vivir en un mundo altamente tecnificado, que me ofrece comodidades infinitas si acepto sus reglas del juego. En este aspecto coincidimos millones de personas que, como yo, añoran vivir en rebeldía, aquella de la que disfrutaban antes de que nadie viniera a ordenarles la vida. Recuerdo a influyentes conferenciantes rascándose los escasos pelos de su cabeza mientras decían que lo más importante era defender su albedrío. Hoy viven en el cómodo mundo de la sumisión y aseguran, desde sus desprestigiadas y obsoletas plataformas, que la auténtica libertad se encuentra en aceptar las reglas, como los mandamientos imprescindibles para conquistar el cielo. ¿Estoy exagerando? Qué va. Mírense un poco hacia adentro y verán que están siendo continuamente tentados al conformismo, a someterse a los consejos del niño de Serrat, que tiene que dejar de jugar con la pelota y escuchar que esto no se hace, que esto no se dice, que esto no se toca. Si no tienes pareja, internet te buscará una de quita y pon en menos que canta un gallo, porque lo que se lleva es renovarse continuamente. Si no, eres un anticuado por no demostrar ser capaz de estrenar un nuevo amor cada temporada como quien estrena un traje, y si insistes en mantener el de toda la vida eres un carca que no se adapta a los tiempos que corren. Sin que nos demos cuenta, esto también es ideología, la que te confunde haciéndote ver que la libertad consiste en esa frivolidades a cambio de vender la independencia de tus convencimientos. Me resisto a verme cercado por estas presiones para hacerme ver que me he introducido en el ámbito de la rareza. Qué lástima comprobar cómo las personas que te rodean están contaminadas por este virus de perversión. De momento no puedo quitar el anuncio que me obliga a pagar una cuota para evitar ver más anuncios. Me imagino que después vendrá lo que llaman el mantenimiento y el realizar ejercicios de reafirmación con cierta frecuencia con el fin de seguir en eso que llaman la fidelización. Cada vez se nos hace más difícil estar fidelizados con nosotros mismos. Siempre te llamarán idiota si lo intentas. Lo mejor es pertenecer a la grey y cantar en el coro bajo la batuta de un incompetente que no sabe música. Yo, que quieren que les diga, por ahora me siento mejor perteneciendo a la legión de los tontos, gracias a eso puedo seguir escribiendo cada mañana.

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