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¡Vamos a morir otra vez!

El asteroide devastador que podría impactar contra la Tierra, la tormenta solar que amenaza con destruir la civilización o toneladas de basura espacial lloviendo sobre nuestras cabezas... ¿Por qué podemos ver con tan desesperante frecuencia los mismos titulares catastrofistas?
Asteroide
El asteroide es el titular catastrofista por excelencia y no pasa mucho tiempo sin que alguno roce la Tierra. El verbo rozar es imprescindible en estos casos. DA

El asteroide aniquilador que se nos viene encima, la tormenta solar que amenaza con achicharrar nuestra tecnología o una lluvia de chatarra espacial que podría caer justo sobre su cabeza son tres de los ejemplos más recurrentes de la hipérbole mediática en materia espacial. No pasa mucho tiempo sin que alguna de estas amenazas se cierna sobre nosotros, según nos cuentan muchos medios. ¿Por qué vemos estos titulares alarmistas tan a menudo?

La explicación la encontramos en la sumisión al todopoderoso clickbait y en la tiranía de las redes sociales. No importa si el titular catastrofista de turno aparece originalmente en alguna agencia de noticias, en medios, en el blog de algún iluminado o en redes, en cuestión de minutos se convertirá en un pesado eco de martillo pilón que, al igual que loro viejo, repite y vuelve a repetir sin saber lo que dice.

Así es buena parte del ejercicio de la información en su versión del siglo XXI, de sofá y cholas, al alcance de cualquiera en busca de un jugoso apocalipsis a golpe de ratón. Cuanto más gordo el cataclismo en cuestión, mejor, que con estas cosas más vale que sobre y no que falte, y si no tiene el peso adecuado, se le ceba si reparo, como veremos.

“No dejes que la realidad te arruine un buen titular”, rezaba un viejo dicho periodístico que en algún momento pasó de susurro en la penumbra de alguna redacción a mantra amplificado por el competitivo mercadeo informativo en Internet, hasta alcanzar la categoría de ley no escrita que es cumplida a rajatabla por no pocos jornaleros del copia y pega, gurús digitales y cuñados que pasaban por aquí.

El asunto es especialmente flagrante en los temas relacionados con la ciencia y alcanza su clímax en lo que tenga que ver con el espacio. Desde que se descubrió que el fin del mundo vía amenaza espacial genera aluviones de clicks, likes, shares, retuits, comments y a saber qué otras frenéticas actividades dactilares, muchos medios no dan abasto.

Echemos un vistazo, con una pincelada satírica, a la santísima trinidad de los cataclismos venidos de más allá de nuestra atmósfera, según nos cuentan con tan poco acierto como pegajosa insistencia.

ASTEROIDES

El asteroide es el gran favorito de los excesos informativos y a cada momento, supuestamente, nos libramos por los pelos del impacto destructor de una roca espacial aniquiladora que es diez veces mayor (o cien, que tanto da) que el Empire State o la Torre Eiffel, unidades de medida universal por excelencia.

Se intenta añadir emoción a estos titulares, aunque sea con calzador, porque de lo contrario serían más bien aburridos. Por ejemplo, imagine la siguiente apertura: “Un asteroide catalogado, vigilado y con órbita perfectamente estudiada pasará muy lejos de la Tierra”. Realista, sí, pero aburrido. Definitivamente, un titular que no tendría el más mínimo impacto (al igual que el asteroide que cita, dicho sea de paso). Ni clicks, ni likes, ni shares, ni… ¡Es un desastre que no haya un buen desastre!

En estos casos, el manual de buenas prácticas del alarmismo catastrofista obliga a salpimentar el titular para esquivar la ausencia de noticia: “Un asteroide potencialmente peligroso rozará la Tierra el viernes”. Sigue sin haber nada que contar, pero, ¿a que asusta un poco? ¡Click!

Algunos van un paso (o tres pueblos) más allá: “Un asteroide podría acabar con la humanidad en abril”. La utilización del verbo condicional -podría- actúa aquí a modo de comodín y ofrece la ventaja de que cuando el cataclismo no se produzca siempre se podrá argumentar que no se afirmaba que fuera a ocurrir, tan solo que hipotéticamente hablando, quizás, tal vez, a lo peor, podría haber llegado a ocurrir.

En otros casos, igualmente desmesurados, pero barnizados con una fina capa de simulada prudencia, la trasnochada técnica de los signos de interrogación exonera de toda responsabilidad. Es el titular tipo Pilatos, que al menos parece delatar un leve remordimiento por parte de quien lo redacta: “¿Podría el asteroide Apophis acabar con la vida en la Tierra?” Oiga, ¿me lo pregunta usted a mí, que soy el lector que intenta enterarse de qué es lo que está pasando?

Si la credibilidad está maltrecha por el uso y abuso de todo lo anterior, siempre se podrán invocar las cuatro siglas mágicas: “La NASA alerta de un asteroide que amenaza con impactar en la Tierra”. Clicks garantizados, aunque nunca se adjunte el comunicado de la NASA, básicamente, porque jamás lo ha habido.

Los titulares que acaba de leer en los párrafos anteriores pueden llegar a arrancar una sonrisa por exagerados y grotescos, pero, le diré algo: son reales y fueron publicados en su momento.

En lo que va de año, varios asteroides de proporciones considerables han pasado relativamente cerca (en términos astronómicos) de nuestro planeta. El 18 de enero, uno pasó a dos millones de kilómetros de distancia; el 28 de abril, otro lo hizo a 3,2 millones y, el 3 de agosto, un tercero a 5,2 millones. Esto significa entre 5 y 13 veces la distancia entre la Tierra y la Luna. En las noticias que pudimos leer al respecto, los tres rozaron la Tierra.

Se deduce que el verbo rozar es muy elástico y, como queda resultón, se repite hasta la saciedad. Solo por variar un poco y evitar el hastío del sufrido lector, se podrían sugerir algunos sinónimos, como acariciar, restregar, frotar, rascar, arañar… “Un asteroide se restregará contra la Tierra el viernes”, tampoco suena tan mal, aunque asusta muy poco.

Es cierto que algún gran asteroide impactará contra nuestro planeta antes o después, al igual que lleva ocurriendo a lo largo de los 4.500 millones de años de su historia. No se trata de una suposición, es una certeza. ¿Cuándo ocurrirá esto? Pues nadie lo sabe y, desde luego, los gurús de las redes, los medios de comunicación o los cuñados tampoco.

Los asteroides potencialmente peligrosos descubiertos hasta ahora están catalogados, sus órbitas han sido estudiadas y se saben sus trayectorias a largo plazo. Se conocen miles de estos cuerpos errantes cercanos (otra vez, en términos astronómicos) a la Tierra y, que se sepa, no hay riesgo de colisión con ninguno de ellos en un horizonte temporal de, al menos, 100 o 150 años. Aun así, puede usted apostar a que no tardará en volver a leer que un enorme asteroide podría estar a punto de aniquilar la Tierra. ¡Vamos a morir otra vez!

Tormenta solar
A cada momento, una tormenta solar amenaza con destruir nuestra civilización tecnológica, según muchos medios. DA

TORMENTAS SOLARES

En julio, los medios anunciaron, una vez más, que la Tierra iba a ser alcanzada por una tormenta solar. Fuimos puntual y amablemente informados de los aterradores efectos que el fenómeno podría acarrear a nuestra tecnología y de la posibilidad de la destrucción de la civilización tal como la conocemos. “La tormenta solar que impactará hoy en la Tierra y sus devastadoras consecuencias”, pudimos leer. Es cierto que las consecuencias podrían ser desastrosas, lo que no lo es tanto es que vaya a ocurrir cada vez que hay una tormenta solar, como se empeñan en repetirnos.

El Sol emite de manera continua y en todas direcciones una corriente de partículas cargadas eléctricamente. Además, en ocasiones se produce una eyección de masa coronal, un fenómeno que arroja al espacio y en una dirección concreta enormes nubes de plasma de alta energía que pueden ser de diferentes magnitudes. Cuando el viento solar es más intenso de lo habitual o cuando una eyección de masa coronal es lanzada en una dirección en la que podría alcanzar a la Tierra, estamos ante las denominadas tormentas solares.

El campo magnético de la Tierra nos protege del viento solar, actuando como un escudo invisible, pero si el viento fuera más intenso de lo normal o si tuviéramos la mala suerte de que una eyección de masa coronal apuntara a la Tierra como la flecha a una diana, podría provocar alteraciones en el campo magnético y daños por sobrecarga a los sistemas eléctricos.

La tormenta solar más intensa registrada, el evento Carrington, tuvo lugar en septiembre de 1859, cuando una eyección de masa coronal impactó directamente en la Tierra. Por entonces, la tecnología no era ni remotamente parecida a la actual ni nosotros tan dependientes de ella, pero los efectos causaron daños en la tecnología de la época, achicharrando las redes del telégrafo.

Un evento de las características de aquel tendría unas consecuencias realmente desastrosas hoy en día. Para empezar, podríamos despedirnos de los satélites y con ello de la mayor parte de las comunicaciones, Internet y los sistemas GPS; también habría grandes apagones en tierra debido a los daños por sobrecarga en los transformadores y líneas de las redes eléctricas, por citar algunos ejemplos. El tiempo y los costes para reparar tal desaguisado es incalculable, por lo que cada vez son más los estudios y evaluaciones de riesgos que se desarrollan para minimizar los daños cuando esto ocurra, porque, al igual que en el caso del asteroide, algún día ocurrirá.

Y al igual que con los asteroides, ni gurús ni medios ni cuñados pueden saber cuándo pasará, pero ninguno de ellos pierde un segundo para afirmar que la civilización se va al garete en cuanto hay un aviso de tormenta solar, aunque deje claro que no supone riesgo. ¡Vamos a morir otra vez!

Chatarra espacial
La chatarra espacial que podría caer directamente sobre su cabeza es otro clásico que se repite regularmente. DA

CHATARRA ESPACIAL

Menos frecuente, pero no menos alarmista, resulta el caso de la chatarra espacial descontrolada que reentra en la Tierra. Pudimos ver un buen ejemplo también en julio, cuando la etapa central de un cohete Larga Marcha 5B chino cayó sin control (y con esta ya van tres) en el océano Pacífico, al sur de Filipinas.

Los sospechosos habituales no perdieron la oportunidad de hacer sus quinielas para pronosticar dónde podría caer la enorme etapa del cohete, con una masa de más de 20 toneladas. Varios países del sur de Europa, entre ellos España, entraron en las predicciones y, por supuesto, todas las noticias fueron por ahí. ¡Vamos a morir otra vez!

La aburrida realidad nos dice que, debido a su enorme velocidad, es muy complicado saber el punto en el que podría alcanzar el suelo un objeto hasta prácticamente el momento mismo de su reentrada en la atmósfera. La etapa central del cohete chino era un artefacto mucho más masivo que otros restos que suelen reentrar sin control y ciertamente suponía un mayor riesgo. Y, aunque lo habitual es que estos objetos se desintegren por completo antes de llegar al suelo, en el caso del Larga Marcha, debido a su tamaño, aumentaba la posibilidad de que algunas partes pudieran sobrevivir a la reentrada y tocar suelo. En todo caso, lo más probable era que los restos cayeran al mar (como finalmente ocurrió), por el simple hecho de que los océanos ocupan más del 70% de la superficie del planeta.

Por otra parte, las áreas habitadas suponen una zona ínfima en la superficie total de la Tierra y es poco probable (que no imposible) que restos de este tipo, en el supuesto de que consiguieran sobrevivir a la desintegración en la atmósfera, lleguen a caer sobre poblaciones. No se tiene constancia de que haya habido jamás alguna persona herida por la caída de chatarra espacial.

Por supuesto, esto no detuvo las chirriantes trompetas del apocalipsis mediático, a tal punto que pudo leerse que había “una posibilidad del 0,1% de que el cohete caiga en una zona habitada del sur de Europa”. Sin embargo, en ninguna parte se dijo que eso significa que había un 99,99% de posibilidades de que no fuera así, por supuesto.

Existen infinitamente más posibilidades de que lo que caiga sobre nuestra cabeza cualquier día sea cortesía de una paloma y no de una agencia espacial, ni siquiera la china. Pero, en cuestión de titulares, siempre será mejor un poquito de catástrofe que ninguna. Que más vale un click en mano que ciento volando…

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