aniversario de la erupciÓn

El palmero, un pueblo resiliente que quiere mirar al futuro tras la erupción

La vida de los residentes en la Isla Bonita ha cambiado radicalmente un año después de la mayor catástrofe que se recuerda en Canarias; la reconstrucción está en marcha, aunque los recuerdos y vestigios del horror siguen presentes
Uno de los miembros de seguridad y emergencias, junto a las coladas de la lava del volcán de Cumbre Vieja, en la primera semana del proceso eruptivo | FRAN PALLERO

Miradas de estupefacción clavadas en el lento -y agónico- avance de las coladas de lava. Abrazos entre personas que no han intercambiado palabra alguna. Lamentos sin consuelo posible por la devastación que se contempla. Viviendas engullidas por una masa de rocas calientes. Animales abandonados a su suerte, víctimas de la vertiginosidad de lo ocurrido. La erupción del volcán de Cumbre Vieja nunca podrá ser descrita en su totalidad. A lo largo de los 85 días de emergencia se vivieron situaciones que costará repetir. Y no solo en el plano de la destrucción y el caos. También el ser humano hizo gala de generosidad y empatía con lo que estaba sucediendo en una isla de algo más de 700 kilómetros cuadrados bañada por el Océano Atlántico.

A las 15.11 del 19 de septiembre de 2021, la tierra se abrió en la zona de Cabeza de Vaca, en El Paso. Comenzaba la octava erupción de la que se tiene constancia en la historia de La Palma. Y lo hacía con un poder destructivo jamás visto. Atrás quedaban los recuerdos del Teneguía (1971) y el San Juan (1949), que se vivieron más como un espectáculo visual que como una catástrofe. Desde el inicio, este evento adquirió tintes dramáticos, no en vano se vieron sepultadas en cuestión de pocos minutos las viviendas de las zonas colindantes, como Alcalá o El Paraíso. A ellos se irían sumando, con el paso de los días, semanas y meses, otros núcleos poblacionales más grandes, siendo el más destacado Todoque, en Los Llanos de Aridane.

Este último barrio se erigió como símbolo de resistencia. Las imágenes del basalto ardiente prácticamente detenido en el cruce frente al Centro de Salud copaban las portadas de todos los periódicos. Sin embargo, el clip de vídeo que mayor repercusión logró fue el de la caída de la parroquia de San Pío X; era el símbolo de lo que pasaría con el resto del lugar, que fue desapareciendo a medida que la lava se derramaba en dirección a la costa, a donde llegó el día del patrón, San Miguel.

Precisamente la mezcla de las rocas fundidas con el agua salada dio lugar a una reacción química que emanaba gases tóxicos, un problema que persiste hoy, un año después, en algunos núcleos del litoral del Valle de Aridane como Puerto Naos y La Bombilla. Allí, los expertos han detectado niveles de concentración de CO2 “incompatibles” con la vida, lo que ha supuesto un varapalo para el sector turístico, que ha perdido su núcleo más importante, y con él, además de lo enterrado, cerca de 5.000 camas.

Aunque el reto, por ahora, ha estado en dar respuesta habitacional a quienes perdieron sus primeras residencias. Para ello, el Estado ha movilizado unos 400 millones de euros, si bien la cifra comprometida con los palmeros asciende a los 555. Con esos recursos, según el consejero regional de Obras Públicas, Sebastián Franquis, se garantizará que todos los damnificados que se quedaron sin casa puedan tener una, aparte de dar cobijo a los que no pueden regresar aún a las que sobrevivieron.

Las infraestructuras viarias son otro apartado importante en materia de reconstrucción. Se calcula que ya son cerca de 7,5 los kilómetros que los palmeros han ganado a la lava con obras como la carretera de La Laguna a Las Norias y caminos municipales. Próximamente, se espera contar también con una solución alternativa al trazado planteado para la vía de la Costa, arteria de comunicación fundamental para el Valle, pero que en los términos en los que fue ideada ha generado polémica entre los vecinos por la expropiación de fincas e inmuebles intactos tras el paso del volcán.

Por su parte, la comunidad educativa mira hacia el futuro con esperanza. El curso escolar en el Archipiélago se abrió de manera oficial en La Palma, con la presencia de la ministra del ramo, Pilar Alegría, y la reina Letizia. Como antítesis de lo experiencial, el alumnado de varios colegios, desplazados por haber sido destruidas las aulas donde recibían clases, tenían sonrisas dibujadas en sus rostros: el instante en que el Cumbre Vieja dejó de escupir lava cerró una etapa y abrió otra, y los más pequeños saben bien que hay que dar pasos hacia adelante.

Es como la criatura mitológica del Ave Fénix: el volcán expulsó cantidades ingentes de ceniza, y la Isla Bonita diseña -no sin dificultades- cómo será en los próximos años. Para ello incluso ha llevado la metáfora a su sentido más literal, creando bloques a partir de polvo volcánico.

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