aniversario de la erupciÓn de la palma

Los palmeros, solidarios y agradecidos

La Isla Bonita fue arropada por el mundo con gestos que quedarán grabados por siempre en la memoria colectiva de los palmeros; en el transcurso de la emergencia, se vivieron momentos repletos de emotividad y cariño
solidario
Voluntarias, en el pabellón Severo Rodríguez, organizando las donaciones que iban llegando | CARLOS ACIEGO

Solo hicieron falta unas horas para que comenzara a aflorar la solidaridad con las víctimas de la erupción. Al principio, fueron donaciones monetarias que se hacían con el objetivo de ofrecer apoyo cuanto antes a los damnificados. Más tarde, llegarían miles de paquetes procedentes de lugares de todo el mundo: el pabellón Severo Rodríguez de Los Llanos de Aridane y el Recinto Ferial de El Paso actuaron como centros logísticos, donde se clasificaban los productos y se gestionaba su entrega a quienes habían padecido la ferocidad del rugir de la tierra.

Las cajas se apilaban en toda la superficie de la otrora cancha de baloncesto aridanense, durante esos días habilitada como punto de encuentro de personas despojadas de su hogar, bien fuera provisionalmente (por las evacuaciones) o con carácter indefinido (al perder sus viviendas). Había desde juegos de vasos y sartenes hasta almohadas y ropa de cama, pasando por centenares de zapatos, juguetes infantiles y toneladas de ropa. En las escaleras, un rincón discreto, concejales del Ayuntamiento, tanto de gobierno como de oposición -e incluso ex cargos municipales-, se encargaban de recibir las llamadas de ciudadanos de los cinco continentes deseosos por colaborar tras ver lo que estaba sucediendo en nuestro privilegiado rincón del Atlántico.

No faltaron manos para bregar. Hubo muchos héroes anónimos que, sin dudarlo un segundo, se montaron en un avión para ayudar a los habitantes de la Isla Bonita. En los bares del Valle de Aridane, el acento peninsular y extranjero cogía peso; se trató de un fenómeno jamás visto en el Archipiélago y que superó todas las expectativas. Una ola de generosidad que también invadió a los palmeros residentes en otros lugares de España.

En esos tres interminables meses, se vivieron situaciones impensables en un contexto ajeno a la excepcionalidad volcánica, como que las universidades hicieran dispensas a los alumnos que querían aportar su granito de arena ante la catástrofe y asistir a sus paisanos, obviando sus faltas a clase. Desde la capital del Reino, un grupo de jóvenes comprometidos con la tierra que, como dice la canción, les vio nacer, organizaron rápidamente puntos de recogida de donaciones en distintos enclaves de la Comunidad de Madrid. Así, Sandro Gómez, Bea Barreto, Pablo Pérez, Noe Nazco, Thalía Pérez, Jorge Barreto, Jenny Tzimas, Marta Gómez y Rocío Barreto, entre otros tantos que se sumaron después, reunieron cajas repletas de artículos de higiene, hogar y alimentos no perecederos.

Vista la multitudinaria respuesta de los madrileños, los promotores de la iniciativa se toparon con problemas de almacenaje y, sobre todo, con el envío de lo recolectado. Entonces, las redes sociales hicieron su magia: la Policía Nacional cedió gratuitamente un almacén en Carabanchel, y la Fundación para la Cooperación Solidaria, de la mano de Correos e Iberia, se encargó de coordinar el traslado de los paquetes a su destino. En medio, empresas locales y particulares echaron un cabo. Quizá la mejor forma de resumir esta pequeña historia sea la frase que un exalcalde de Los Llanos pronunció frente al autor de estas líneas: “Si había alguna duda sobre si habíamos criado bien a nuestros hijos, ya está resuelta”.

Y es que los jóvenes fueron todo un ejemplo de entrega a la causa. Ante la adversidad, el pueblo permaneció unido. Desde los más pequeños hasta los más mayores; todos remaban en la misma dirección, cargando cajas, acogiendo a amigos y familiares en sus casas o llevando a cabo acciones que, posiblemente, en su mayoría queden en el anonimato, pero que sin duda ocuparán un lugar privilegiado en el corazón de quienes fueron objeto de tantos gestos de empatía, amor y fraternidad.

EL AGRICULTOR

Eduardo, agricultor de San Juan de La Rambla (Tenerife), es una de las personas que ponen rostro a ese movimiento altruista. Se dedica, fundamentalmente, al cultivo de papas. Aquel septiembre de 2021, él y su familia estaban vendiendo los frutos de la última cosecha, y, al ver por la televisión cómo las coladas de lava devastaban todo a su paso, “lo poco que nos quedaba por vender decidimos llevarlo a La Palma”, contaba a DIARIO DE AVISOS. En su camioneta no solo cargó el género; aprovechó para incorporar “algunos enseres, sobre todo ropa”, y coger el barco para, una vez arribado a la Isla, quedarse unos días y “tratar de ayudar”.

Su idea inicial era “dormir en el coche”. Consideraba que las comodidades debían pasar a un segundo plano y la prioridad era colaborar. No obstante, si algo caracteriza al pueblo palmero es su hospitalidad, y pese a la compleja situación, de nuevo hizo gala de la misma. El DJ Jacob Alonso, que apenas una semana antes de la erupción había protagonizado un reto solidario, pinchando 24 horas ininterrumpidas en beneficio de los afectados por el incendio de El Paso, llamó a un vecino, Juan Ramón, quien no tardó sino unos minutos en llamar a su familia para avisarles de que esa noche se sentaría alguien más a la mesa. “Aun pasándolo mal, el trato de los palmeros siguió siendo exquisito”, sentenció Eduardo.

El lío de los repartos de donaciones

El mundo ya se había volcado con La Palma. Solo hacía falta saber canalizar los recursos que llegaban. El Cabildo y los ayuntamientos del Valle de Aridane (Los Llanos, El Paso y Tazacorte) habilitaron cuentas bancarias en las que recibían donativos, por Bizum o transferencia ordinaria. El destino de los mismos no era otro que ayudas directas a los afectados por la erupción. Y, si bien las millonarias cantidades de dinero que se recolectaron partían de una buena intención, acabaron convirtiéndose en una pequeña guerra de poder.

El Gobierno de Canarias, a fin de poner orden a tanta demanda de soporte, abrió una oficina de atención en la Casa Massieu del barrio de Argual. La idea era traducir todas las necesidades en un Registro Único, de modo que se pudieran clasificar y priorizar los casos. Ese planteamiento fue secundado sin fisuras por todas las administraciones.

El listado, una vez completado, serviría para guiar los repartos de las corporaciones locales. Sobre el papel, era el plan perfecto, sin embargo, las semanas pasaban y, jornada tras jornada, las personas seguían haciendo cola para apuntarse. Se estaba demorando más allá de lo previsto. Es por eso que el alcalde de El Paso, Sergio Rodríguez, tomó una decisión radical: empezar a distribuir los fondos antes de que se concluyera la base de datos común.

El ímpetu de Rodríguez, de Coalición Canaria, fue interpretado por algunos como una medida populista, mientras que otros compartieron su tesis de que “no podíamos esperar más”.

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