La XXIII Jornada Técnica del Observatorio de la Inmigración de Tenerife en la facultad de Periodismo de La Laguna evidenció ayer una casi insalvable, pero comprensible contradicción del fenómeno migratorio de África a Europa: muchos africanos no ven la hora de cumplir el idealizado sueño de Occidente, pero los que ya han pasado por eso, y, sobre todo, los que han arriesgado su vida en el mar “al 50%” y se han topado con una realidad bien diferente al onírico futuro que se imaginaron o les vendieron, aconsejan a sus compatriotas que no les emulen. Eso sí, muchos de los testimonios expuestos ayer (como el del intercambiador cultural Brahim Khardy) son de jóvenes que, tras pasar por el “puente canario”, aún siguen en las Islas o en otros destinos europeos, aunque otros muchos sí han regresado a sus países y, en muchos casos, con éxito.
Esta paradoja se topa, sin embargo, con situaciones como las que vivió hace unos días el senegalés Mame Cheikh Mbaye cuando, en Dakar, intentó explicar a padres y madres que lo mejor es no mandar a sus hijos en cayucos o pateras a Canarias (“en rutas que van cambiando”) por los riesgos en el Atlántico, por las dificultades con las que se topará si es separado del adulto que lo acompaña (que es lo más habitual) o los problemas de integración, documentación o laborales una vez cumplen los 18 y vuelven casi a la casilla de salida.
Pese a sus esfuerzos, y aunque la mayoría de asentados reconocen que fallan a la hora de desmontar la fantasía de la idílica Europa, un padre le respondió que “si mi casa se está quemando, al primero que saco es a mi hijo: por eso los metemos en cayucos, por eso migran”. Por supuesto, Mame se encogió de hombros y no supo qué más decirle a un padre con una verdad tan aplastante por la absoluta falta de oportunidades y la escasez de casi todo para cubrir las necesidades básicas en África. Mame, que llegó en 2007 a Canarias y ha pasado por variadas vicisitudes, participó en una mesa redonda moderada por la geógrafa experta en Igualdad de Género Adama S. Ndao y en la que también intervinieron la mauritana Hawa Minti y el senegalés Boli Ismael Outtara. Les precedió el periodista grancanario Txema Santana, quien aportó el contexto estadístico actual en la ruta hacia las Islas y aliñó la mañana con duras experiencias propias, horrorosas situaciones que resumen este drama (como las letras y números que le ponen a los nichos de migrantes en El Hierro) y detalles de humanidad y esperanza de la otra cara del fenómeno, como la señora herreña que, aunque sabe que tienen otras tradiciones, lleva flores a esos muertos sin nombre.
Eso sí, y como esta es una cuestión poliédrica, enseguida le matizó ese detalle Awa Diop Pathe Ndiaye, presidenta de la asociación de senegaleses DIAPO Tenerife, quien, antes de cerrar la jornada con el periodista Juan Manuel Pardellas y su libro En este gran mar, recalcó que debería haber mucho más conocimiento de las normas y costumbres “aquí y allá”, porque, por ejemplo, “a los migrantes no se les debe llevar flores ni meter en nichos, sino enterrarles bajo tierra, que es su tradición”.
Precisamente para romper esas distancias y regular mejor la convivencia, la jornada se tituló Más allá de las fronteras. La mesa redonda se centró en los motivos por los que se van, que son aplastantes y les presionan mucho, como la total falta de perspectivas, aunque también porque, con países con un 90% de musulmanes (como Senegal), la mayoría piensa que, si mueren en el mar, es porque así lo quiso Dios. Asimismo, por persecuciones, guerras, el pobre sistema educativo y, algo que aún invisible en Europa, por ablaciones, homosexualidad prohibida o matrimonios forzados, sobre todo en Mauritania, Costa de Marfil, Gambia y la parte sur de Senegal. De hecho, Hawa huyó a tiempo y evitó que le mutilaran su órgano sexual.
Ismael puso énfasis en la necesidad de explicarles a los africanos que no envíen a sus niños por los riesgos, al tiempo que pidió que no se les separe de los adultos que los acompañan, si bien fue cuando Mame, que le dio la razón, contó lo que le pasó con su charla en Senegal y el padre que le dejó callado. Según recalcó, “no vienen personas, sino proyectos familiares”.
“Venimos porque es un derecho y porque esta es nuestra tierra”
Desde el público, intervino Khady, estudiante senegalesa de Bellas Artes en la ULL, quien, pese a su timidez, despertó un gran aplauso al recalcar que “migrar es un derecho de todos y, por eso, no me cuestiono las causas, aunque nos quitan ese derecho y el de buscar una vida mejor”. Según subrayó, sus antepasados contribuyeron al desarrollo de Canarias con la esclavitud y colonización, y, “por eso, venimos a nuestra tierra, a recoger lo que nos dejaron”.
En esa línea, recordó la Casa Fuerte de Adeje, referente de la esclavitud ligada al azúcar, y lamentó que “en nuestra tierra no nos enseñen lo que pasa aquí, que hay quienes no tienen dónde vivir ni para comer. Esa idealización es culpa nuestra por no decir lo que sufrimos, que no tenemos trabajo o que nos cuesta mucho lograrlo”.





