Eduardo Vera Barrios (Santa Cruz de La Palma, 1982) es médico, especialista en psiquiatría, psicoterapeuta de vocación humanística indudable, hijo de médico cirujano. Preside la Asociación Canaria de Neuropsiquiatría y Salud Mental. Ha desarrollado tareas de formación en el Policlínico de Bari (Italia). Estudió Terapia Grupal Multifamiliar en Buenos Aires y posee másteres en Terapia Cognitivo Conductual, Psicología Forense y Psicofarmacología y Conducta Suicida. Es experto universitario en TDAH (trastorno de déficit de atención con hiperactividad) y posee el certificado habilitante europeo en Neuromodulación por la Universidad de Maastricht. Ha sido docente de psiquiatría en varios organismos especializados, es revisor bibliográfico de la revista de salud comunitaria Norte y ha trabajado en prevención de riesgos psicosociales para la salud mental, asistencia médica humanizada, patología dual e innovación en investigación, terapia grupal y el desarrollo e implantación de unidades de tratamiento para trastornos mentales graves resistentes o, como se les denomina hoy en día, “de difícil respuesta a tratamientos convencionales”.
Ha trabajado, en Canarias, en diferentes planes de salud mental. Sus investigaciones y actuaciones en la estimulación magnética transcraneal le han concedido amplísima fama en España. El doctor Vera es uno de nuestros más reputados psiquiatras, en un territorio cuyo número de especialistas está muy debajo de la media española y de la media europea. (media europea, 18 especialistas por 100.000 habitantes; media española, 9,27 especialistas por 100.000 habitantes, media canaria, 7 especialistas por 100.000 habitantes). Su currículo es mucho más amplio. He reflejado solamente un resumen de él.
-¿Cómo es la psiquiatría del siglo XXI?
“Muy distinta a la del siglo XX, no hay duda”.
-Lo supongo, doctor.
“Lo digo porque hemos dejado de ser una mera herramienta de control social para la locura, una especie de carceleros de la conciencia para personas que perdían o que podían perder la capacidad de controlar su mente o sus estados de ánimo por la falta de desarrollo de la psicofarmacología, la psicoterapia y la ética y la humanidad respecto a este tipo de problemas. Y hemos pasado a un modelo humanista donde nos importa la recuperación plena de las personas como individuos y su integración social”.
-Eso suena muy bien.
“Y donde no existe la falta de complementariedad, ni la jerarquía entre los distintos agentes terapéuticos: psicólogos, trabajadores sociales, enfermeros especialistas y otros profesionales. Un lugar en el que todos somos músicos al servicio de la canción. Con un mayor desarrollo técnico y con una visión más amplia y menos estigmatizada respecto a las personas que tratamos. Gente a un grado tan alto de implicación que arriesga su propia salud mental para ayudar a otros. Con un futuro prometedor, además, sustentado en nuevos pilares como la neurociencia, la prevención, el autocuidado, los derechos humanos, la información para evitar perjuicios y estigmas y la empatía”.
-¿Tienen nombres esas personas?
“Se trata de la psiquiatría moderna o, por lo menos, la que me gustaría proponer. Hay muchos terapeutas en este país que admiro que siguen ese modelo, que unifica criterios y trasciende de lo puramente médico a lo psicológico y lo social. Y que devuelve lo humano a la salud mental. Si no, escuchen a Álvaro Monleón, Yolanda Cañada, Guillermo Lahera, Ignacio Civeira, Javier Palomo y a otros que tanto están aportando a la llamada nueva psiquiatría”.
-¿Queda algo en el mundo de lo que un día se llamó ‘depósitos de almas’ (los manicomios)?
“Queda poco, a nivel estructural”.
-Siempre hay un pero, doctor.
“Pero lamentablemente los antiguos manicomios o depósitos de almas, como se les denominó en su momento, pueden ser lugares que existen en la cabeza de las personas. Lugares donde ante uno de los temores primarios esenciales, el de la locura, se juntan otros dos, el miedo a la soledad y a la muerte, que no son más que el mismo miedo: el de no existir. Allí las personas desactivan su empatía y necesitan separar el loco de mí y de la sociedad. Cuando en realidad todos podemos enloquecer y todos tenemos que cuidar nuestra salud mental. Y todos podemos también ser promotores o detractores de la salud mental de terceros”.
-Tengo una pregunta, a ver si podemos ir por partes en la respuesta.
“Adelante”.
-¿Qué es la estimulación magnética transcraneal? ¿Cura o alivia? ¿Es la heredera de los terribles electrochoques?
“Se trata de una técnica biofísica o biomédica que consiste en estimular o inhibir circuitos neuronales a través de puertas de entrada al sistema límbico, a través de la corteza cerebral”.
-¿Y lo demás?
“Vamos por partes. Es una terapia muy útil y complementaria para las indicaciones para la que fue diseñada: trastornos mentales como la depresión, la ansiedad, las adicciones y el TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) y otros trastornos neurológicos con repercusión funcional, como el dolor neuropático, el párkinson y la demencia”.
-¿Cura?
“Lamentablemente, como la mayoría de las intervenciones de la medicina, permite remitir, aliviar o mejorar los síntomas, pero no cura. Puede aliviar en el caso de las patologías neurológicas durante un tiempo equis y puede revertir los episodios clínicos de las patologías psiquiátricas para las que tiene indicación. Pero no cura la tendencia o la predisposición a padecer trastornos mentales. Pocas patologías tienen cura en la medicina: las infecciones, las quirúrgicas y algunas más”.
-Te preguntaba si es parecida esta técnica a aquella terrible de los electrochoques.
“Vamos a ver. Algunos quieren escindirla conceptualmente de la vieja neuromodulación a lo bestia, que era la terapia electroconvulsiva, o como la gente la llama popularmente, los electrochoques. Poco más o menos que darle golpes a los televisores antiguos cuando no conseguían ajustar una imagen o reiniciar el sistema operativo cuando una aplicación defectuosa impedía que funcionara bien el ordenador”.
-Y no es nada de eso.
“Se trata de una evolución, como consecuencia del estigma de la técnica hacia protocolos que permiten al paciente volver a su día a día sin interferencias, ni sedaciones, ni necesidad asistencial de ocupación de quirófanos. En los casos antiguos, en los tiempos de la inhumanidad y de la falta de derechos de los pacientes mentales, la electroconvulsión era aplicada sin sedación y sin relajación muscular y llevaba al paciente a sufrir luxaciones, lesiones por la convulsión con sujeción mecánica o a sufrir la sensación desagradable de una terapia aversiva para la homosexualidad, o incluso como tortura para los presos políticos. De ahí su estigma. Si quieren profundizar más en las nuevas terapias, tan lejanas de las citadas, les recomiendo la lectura de mi artículo Evolución histórica de la estigmatización de la terapia electroconvulsiva”.
-Esta nueva técnica, al parecer tan benéfica para el paciente, se aplica en USA desde 1984. ¿Llega tarde a España?
“Siempre es tarde cuando se trata de ayudar a otras personas”.
-¿Y?
“Su desarrollo experimental se produjo en 1984 y su aplicación clínica extendida en los Estados Unidos e Israel no comenzó hasta 2012. Los protocolos han cambiado y han permitido su expansión a partir de 2018 y ya está siendo asumida por los hospitales públicos de nuestro país, tanto para el tratamiento de trastornos neurológicos como para el de trastornos psiquiátricos resistentes a medicación y difíciles de resolver”.
(Hay otros psiquiatras que utilizan estas técnicas en España y centros de reconocido prestigio que las han incorporado: Belvitge de Barcelona, Virgen del Rocío de Sevilla, red de salud mental de Castilla-La Mancha, 12 de Octubre de Madrid. Al doctor Vera lo han llamado recientemente para impartir formación y asesoramiento de casos en el Hospital Universitario de Melilla, para su Unidad de Trastornos Mentales Resistentes).
-Una técnica no invasiva, que no produce efectos cognitivos y que no interacciona con otros tratamientos. ¿Ningún efecto nocivo?
“Muy pocos. Tiene contraindicaciones relativas a la epilepsia, la existencia de dispositivos magnetosensibles intracraneales, como válvulas de desviación cefalorraquídea-peritoneales, implantes cocleares y marcapasos. La terapia electroconvulsiva no produce déficits cognitivos, ni a largo ni a corto plazo. Todo lo contrario. Existen protocolos que son procognitivos. Como se basa en la neuroplasticidad, es decir en la capacidad de la neurona para modificar su sinapsis, los efectos adversos son escasos: sensación de pellizqueo durante la aplicación, cefalea los primeros días y euforia e hiperactivación, con disminución de la necesidad de sueño, limitados a los primeros días de la terapia”.
-Eduardo, ¿murió el psiquiatra del diván?
“Ha muerto y ha resucitado con diván, neurociencia y empatía. ¿Qué más se puede pedir?”.
-¿Hasta qué punto se dan la mano la psicología y la psiquiatría?
“Somos especialidades complementarias. Ni los psiquiatras no tenemos ni idea de psicoterapia, ni los psicólogos no tienen ni idea de psicofarmacología. Yo mismo colaboro con muchos psicólogos, como mis amigos Jorge Vallejo, Isabel Ramos, Thais Domínguez y Sergio García, de Psicosalud, para aportar lo mejor a cada caso. Es muy frecuente escuchar: “Eduardo, cuélame este paciente que está tan deprimido que no puedo darle indicaciones terapéuticas”. O yo a ellos: “Sergio, ahora que está mejor y yo no puedo ocuparme de forma tan intensiva de su psicoterapia, trabaja el vínculo de dependencia emocional, la regulación del estrés y su autoestima”.
-Eduardo, una vez visité, con José Segura, siendo él consejero del Cabildo, el manicomio. Me quedé de piedra.
“La vulneración de los derechos humanos de los antiguos manicomios era tal que en el Psiquiátrico de Tenerife se dio una circunstancia que contaba el doctor Valenciano, que trajo el nuevo modelo médico, a finales de los 80. No entendía que los somieres de las camas de estructura metálica estuvieran con las patas a ras del suelo. Preguntó y le explicaron que era porque se habían aserrado para evitar que se quebraran por el óxido de los orines de los pacientes, dado que estaban sujetos las 24 horas al día y no se les auxiliaba para ir al baño”.
-¡Dios! ¿Eso se acabó?
“A mediados de los 90 accedimos al desarrollo de la psiquiatría comunitaria a través de la visión del doctor Pulido, con pisos tutelados e inserción social de los pacientes psicóticos, equipos comunitarios asertivos y otras muchas medidas. Probablemente no les guste que les cite a ellos en los mismos párrafos, por diferencias de criterios, pero ambos son maestros de modelos complementarios y necesarios en usuarios con problemas graves de salud mental”.
-¿Hay esperanza para la locura?
“Claro que sí. Estamos inmersos en una nueva era de desarrollo psicofarmacológico, técnico y humano que llega en muchos casos a la recuperación ad integrum de los pacientes y su plena inclusión social. Siento ser tan ingenuo, pero veo, luego creo. Si el paciente no siente que le doy esperanzas, no va a construir un sentido positivo y de recuperación de su vida”.
-¿Existen nuevas enfermedades mentales o han sido siempre las mismas?
“Son las mismas, pero la capacidad de la sociedad para aceptarlas o rechazarlas ha cambiado. Si fuera un psicótico con ideas delirantes de curación a través de mis manos, a lo mejor yo sería el líder de una tribu indígena, como chamán, si mi cultura me lo permitiera. Lo que sí ha cambiado son los contenidos de los trastornos o los contextos que los desarrollan, como las nuevas adicciones a las tecnologías, las nuevas drogas, los nuevos conflictos de identidad y falta de sentido de pertenencia respecto a nuestro rol social y la frustración que todo eso nos ocasiona. Pero lo humano, para bien o para mal, la capacidad para que la angustia nos atrape o nos enferme –si queremos visualizarlo desde el modelo médico- es más que probablemente la misma”.





