Jean Gardner Batten nació en Rotorua (Nueva Zelanda) el 15 de septiembre de 1909. Desde muy niña, sintió una fuerte atracción por la aviación incipiente. Así es que, con el apoyo de su madre, la actriz de fuertes convicciones feministas, Ellen, y pese a la oposición de su padre, que finalmente las abandonó, decidió formarse en esa labor. De ser una pianista con futuro, se trasladó a Londres para cumplir con las horas pertinentes de aprendizaje para ser nombrada, con la licencia correspondiente para vuelos privados y comerciales, piloto. Ocupaba la época para el caso otra mujer, inglesa, Amy Johnson, que voló por primera vez de Inglaterra a Australia. Y en ese punto, Batten suprimió en los años treinta todos los registros conocidos: cuatro días de diferencia Inglaterra-Australia en 1934, en 1935 (con su Percival Gull, que hoy se puede contemplar en el aeropuerto de Auckland) llegó de Inglaterra a Brasil, en 1936 por primera vez de Inglaterra a Nueva Zelanda y al revés, de Nueva Zelanda a Inglaterra, etc. Fue la gran pionera. En la segunda Guerra Mundial, no la dejaron participar como aviadora, lo que hizo que, a su conclusión, tomara una decisión drástica: apartarse del mundo. Así es que dos en soledad, pues nunca convino pareja o matrimonio, ella y su madre decidieron vivir exclusivamente en soledad. Y eso hicieron: marcharon a Jamaica (1940) por diez años, después a Inglaterra (1950). Mundo evidente, se dijeron, luego el lateral: Málaga (1960). Que duró poco tiempo por la falsa y evidente carrera de los turistas disfrazados. Así que, buscar. Lo consiguieron a principios de los dichos 60: una isla fuera de sus cálculos, una isla imprevista, una isla que está en África sin que sus habitantes sean conscientes de ello, perfecta, siempre con vistas al mar y a la montaña mirífica del Teide. Ahí, el lugar que las colmó de felicidad y donde acaso disfrutaron de los mejores años de su vida: la playa de San Marcos, en Icod de los Vinos. En uno de los edificios de la costa, en el lado derecho, cerca del puerto, compraron y vivieron. La caída de la montaña hacia el mar en el frente que veían sus ojos, la ribera de piedras y el beatífico olor a yodo las hacía latir. Increíble, se dirá, y es cierto. Tanto que, en 1966, su madre, Ellen, murió ahí. Y ella no remitió el cuerpo a su país, la enterró en un nicho del cementerio de Icod. Ese mundo fue el que las convenció. Con el suceso se mudó de lugar, cerca de su madre (cuya tumba visitaba de continuo) pero no confundida: Puerto de la Cruz. Hasta que no pudo más y de nuevo la huida: Mallorca, donde murió de una manera horripilante: un perro que ella acogía en su casa contrajo la rabia, la mordió y, sin pedir ayuda, murió el 22 de noviembre de 1982. Esa fue Jean Batten.
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