Tantos años oyéndola hablar, tantas noches escuchando a los demás con su voz pausada y cálida, como un cojín en la soledad, tantas tardes presentando noticias desde un tono riguroso pero alternativo en La 2, y resulta que también debió hablar más o de otra manera con uno de sus seres más cercanos y queridos. Ya van cuatro ediciones del libro más difícil de Mara Torres, una de las periodistas más prestigiosas de España, que ayer presentó en El Sauzal (Recuérdame bailando). Ha dado ya unas 200 entrevistas por él, aunque, en realidad, lo firma junto a su hermana Aly, quien no pudo vivir más en 2013 por mucho que fuera lo que más deseaba del mundo. Eso sí, al menos dejó escrito lo que sentía y su familia halló ese cofre blanco postrero para ayudarse y ayudar a otros. He aquí un canto a la vida escrito por las dos con el que ya se le han alegrado a mucha gente, que ha dado esperanza a muchísimos más y que Mara llevará para siempre por donde esté.
-¿Demasiada gente quiere vivir y no lo consigue?
“Sí. En España, hay unos 4.000 suicidios al año consumados; es una de las principales muertes no producidas por una enfermedad en el mundo. Por tráfico, por ejemplo, hay unas mil anuales en nuestro país. Era importante visibilizar lo que estaba pasando y el libro está escrito como una novela: es la historia de una hermana, que soy yo, que recibe una llamada anunciándole la muerte de una hermana por suicidio. Cuento la primera semana, desde que me entero y hasta que mi hermana mayor y yo -las tres éramos muy amigas- vamos a su casa y encontramos una caja blanca con un libro que había escrito Aly con sus últimos siete años de su vida. Es decir, el libro tiene mi parte y la de mi hermana, y por eso está firmado por las dos, por Aly y Mara Torres. La parte más interesante es que el libro de Aly tiene un montón de pistas que, si hubiésemos tenido esa información, nos habría llevado a hacer algo, pero, como el silencio era un pacto que había entre los medios de comunicación, del suicidio no se sabía nada…”.
-Además, fue un pacto durante décadas y décadas e, incluso, con tesis sociológicas equivocadas en la base. Se decía que, si se hablaba de eso, habría efecto llamada o contagio, cuando se sabe hace tiempo que ocurre justo al revés…
“Exacto. Cuando muere mi hermana, y como no sabía nada, me puse a entrar, por ejemplo, en la Sociedad Española de Psiquiatría y todo lo que se había publicado sobre el suicido, en los planes de prevención de algunas comunidades, en asociaciones de familiares… Total, que me encuentro con los falsos mitos del suicidio y uno de los primeros es que existe ese efecto contagio cuando, en realidad, todo el mundo lo echa por tierra y, al contrario, lo que dicen es que lo que hace el silencio es estigmatizar a las personas, crea tabúes e impide pedir ayuda a las que están sufriendo. Otro es que las que se suicidan quieren morir, pero no, lo que quieren es vivir y lo que les falta son las herramientas para quedarse. Por eso, el libro de mi hermana es muy significativo porque se ve que quería vivir y se aferra a cualquier atisbo de felicidad: disfrutaba la vida incluso de manera exagerada porque eso era lo que la hacía quedarse aquí, ya que había una parte de su mente que la sumergía en la oscuridad total, que fue la parte que le hizo irse”.
-Y es paradójico, en su caso, pues, durante tantos años, usó eso que ya es casi un lugar común en el país: hablar por hablar. Sin embargo, seguimos hablando poco, no lo suficiente, no nos conocemos a nosotros ni al que tenemos más cerca…
“Sí, fíjate que, durante el tiempo que hice el programa, aprendí muchas cosas, entre otras que tenemos miedo a preocupar a las personas que queremos y por eso no contamos las cosas. Pero no, cuéntalo, compártelo, y no lo digo yo, sino todos los expertos. Es verdad que, en una sociedad en la que parece que estamos compartiendo todo, sin embargo la parte más íntima que tenemos somos incapaces de compartirla ni con la gente más cercana a nosotros. Creo que ésa es la clave del libro. Si te sientes como mi hermana, pide ayuda a la gente que te quiere porque te van a ayudar…”.
-Precisamente por quererte…
“Claro. Hemos aprendido muchas cosas sobre la salud física, pero no de la mental. Con el apoyo de los medios y los especialistas, sabemos que fumar mata, que no debemos comer alimentos ultraprocesados en exceso, que hay que hacer ejercicio y que la vida sedentaria no conviene, que si tienes un antecedente de cáncer en tu familia debes estar más atento… Sin embargo, qué sabemos de la salud mental y emocional: pues creo que es importante que nos enseñen la diferencia entre, por ejemplo, sufrir por una separación, que siempre es triste, o por la pérdida de un ser querido -y el duelo hay que vivirlo- y saber también cuándo todo eso puede convertirse en una patología. En el libro de mi hermana, hay un montón de veces en que queda claro que no sabe gestionar lo que le pasa, pero porque cree que lo que le ocurre es normal, pero, cuando lo leen los especialistas, dicen que no, que, aunque no está confirmado porque murió, igual le hubieran detectado una patología y que, con un buen tratamiento o una terapia adecuada, igual no estaríamos hablando de esto”.
-Se supone que el año pasado hubo un punto de inflexión sobre salud mental en el Congreso con varias intervenciones y concienciación, pero ¿lo ha notado en este tiempo, se han adoptado medidas suficientes y adecuadas o seguimos en la inacción y en una nebulosa impotente?
“Sí que hay partes muy interesantes, como que lo coles tienen protocolos de alarma y alerta. Y, por ejemplo, mi hermana tuvo un primer intento a los 13 años y, en aquel momento, hace 30 años, se nos dijo que no le diéramos importancia, algo que ahora sería impensable. Creo que las cosas se van moviendo y algo en lo que lo he notado es que, cuando publiqué el libro, era muy arriesgado vincular una obra a la palabra suicidio, pero ha dado una visibilidad a esta cuestión que mucha gente me da las gracias por eso. También he tenido un gran apoyo de la prensa, pues me han pedido unas 200 entrevistas, lo que demuestra que los medios no tenían ningún miedo a abordar esto, sino que antes no sabían cómo hacerlo”.
-¿Es su libro más difícil o, en el fondo, del que más ha aprendido y le ha aportado?
“Ha sido un libro muy difícil, escribirlo me generó mucha tristeza, lo escribí durante un año y tuve que recordar y recomponer prácticamente todo lo que había pasado desde que me llaman por su muerte y vamos a su casa y encontramos su texto. Se cuenta todo lo de esa semana: el proceso de duelo, de tánatos, la incorporación a la vida cotidiana… Pero, por otra parte, es un libro que me está resultando muy emocionante porque todos me dan las gracias, en él no se culpa a nadie, mi hermana no culpó a nadie en sus páginas, no busca responsabilidades, sino entender qué pudo pasar… Además, hay una cosa que he aprendido y que, para mí, resulta fundamental: que el suicidio se puede prevenir. Eso no significa que se vaya a evitar, pues nadie tiene la fórmula mágica, pero, desde luego, me encuentro con mucha gente que me dice que se sentía como Aly y que hoy está tranquila, hace vida normal, cotidiana y eso es muy esperanzador. Y lo que más me emociona es aquella gente que me dice que, tras terminar de leer el libro, y porque al final se dice que la gente que se sienta como Aly pida ayuda, muchos me dicen que lo han hecho, que han ido a pedirla. De hecho, una persona me dijo que tenía una carta de despedida escrita para su madre y, tras leerlo, iba a pedir ayuda y cambiar la carta por una tarta de cumpleaños. Y es que el libro, en realidad, es un canto a la vida, es gente que quiere vivir”.
-Hay gente que consigue herramientas para ejercer de autobombero ante cualquier conato depresivo grave… Su hermana no las logró, pero ¿y usted? ¿Ha sufrido crisis importantes, tiene esas herramientas?
“Mi hermana no lo consiguió y todos los profesionales que han leído su libro coinciden en que, seguramente, tenía una depresión endógena no diagnosticada, pero porque uno mismo no sabe ni qué le pasa. Y hay otra cosa: el estigma lo tiene la propia persona que lo está viviendo, que se siente rara, sola, que no sabe pedir ayuda y que teme que le digan que se levante, que se anime, que salga y que el día es extraordinario. Eso es lo que nosotros le decíamos a mi hermana, pero porque no sabíamos que había herramientas. Pasar por un proceso de depresión le puede ocurrir a cualquiera y, de hecho, le pasa a muchísimamente gente…”.
-¿Le ha ocurrido a usted?
“No; mucha gente me ha preguntado si me pudo pasar lo de Aly y recuerdo que, tras lo de ella, fui a la psicóloga, a la que había ido antes más veces, y le dije que se había muerto mi hermana y ella me respondía que yo estaba bien; le decía que, encima, me acababa de separar de mi pareja, y ella insistía en que yo estaba bien; le añadía que iba a estrenar un programa de humor, y ella, que yo tenía herramientas… Sin embargo, hay mucha gente que no las tiene. Por ejemplo, la sanidad cuenta con herramientas para saber a quién llamar, qué hacer, si necesitas fármacos o no… Hay procesos que se pasan con terapia y otros, con fármacos científicamente probados. Hay muchas herramientas, pero nos tienen que decir cuáles. Puedo tener una fila con cien personas de las que, al menos la mitad, me dicen que han vivido algo parecido o conocen a alguien al que le ha pasado… Es como un elefante en la habitación”.
-En Canarias, tenemos casi a diario el fenómeno de la migración por mar de gente que busca simplemente sobrevivir porque pasa hambre, sufre persecuciones, guerras… Sin embargo, y aunque las depresiones y suicidios, por supuesto, se dan en todo el mundo, ¿en el Occidente rico tenemos este agujero negro de las enfermedades mentales y seguimos sin darnos cuenta?
“Sí. Hay una cosa muy significativa con las migraciones: el ser humano es un superviviente nato, no se extinguirá porque es capaz de sobreponerse a todo…”.
-Bueno, debería hablar con Trump y Putin, y más ahora, con la guerra de Israel e Irán con armas nucleares de por medio…
Sí, pero es verdad que el ser humano pasa por guerras, conflictos, hambrunas y está hecho para sobrevivir, salvo en algunos casos que están relacionados, probablemente, con la salud mental. Igual que tú no culpas a alguien por tener un cáncer, una cardiopatía o por morir de un infarto, tampoco se puede culpar a nadie por tener una patología que haga que su mente, al final, acabe siendo su enemigo. No obstante, cuando se estudia el suicidio, te das cuenta de que se da en Suiza, en Corea del Sur, en España… Es como cualquier tipo de enfermedad. No se puede decir que el cáncer toca a los ricos o a los pobres. Le puede pasar a cualquier persona. Pero estamos hechos para sobrevivir, pasamos terremotos, travesías por el desierto, cruzamos El Estrecho… y la gente se aferra a la vida porque estamos hechos para eso, aunque igual han perdido a su marido o su hijo en la barca. Podemos decir: ¿cómo es posible que, en Occidente, un chico al que todo le va bien no encuentra herramientas? Ya, pero es que no se le puede culpar, es que es su cabeza…”.
-Hablando justamente de los chicos y chicas actuales: ¿las redes están agudizando la superficialidad del día a día y perjudicando aún más la falta de conocimiento del otro, del yo…?
“Sí lo creo y lo dicen todos los expertos. El nivel de exposición y de postureo de las redes es tan alto que, al final, uno acaba escondiendo o intentando tapar su parte más vulnerable. Tampoco es que tengas que mostrarla o exhibirla, pero a ti te enseñan a mostrar sólo lo bonito de tu vida y, sin embargo, es un mensaje que te hace muy vulnerable porque, si te acostumbras a eso, cuando es imposible que todo sea bonito, al final tampoco vas a encontrar al de al lado. Es un postureo ante la vida. Me dicen que el libro funciona tan bien porque, en un mundo con tanto fake, sorprende encontrarse con tanta verdad. A Aly no le pilló este proceso de Instagram, por ejemplo, pues murió en 2013, pero creo que no le hubiera venido bien, la verdad.
-Y hablando de verdad y falsedades, ¿las redes no han pervertido ya demasiado, casi a un punto de no retorno, la comunicación y el periodismo: las nuevas generaciones, el ‘totum revolutum’, no distinguir las cosas?”.
“Sin duda; no sé si a un punto de no retorno, pero sí que vivimos un mundo de adaptación: es que hay que ver cómo era nuestra vida hace 30 años. Esto es una revolución y nos tenemos que remontar a la industrial, a la máquina de vapor y la invención de la imprenta. Internet es el gran invento de la edad contemporánea y todavía nos estamos adaptando. Nos han enseñado a informarnos a golpe de titular, pero eso es a golpe de impulsos, lo que no nos deja profundizar en nada. Todo lo que leemos va directamente al sensacionalismo, a las emociones inmediatas… Somos incapaces de leer una noticia más allá de tres párrafos… La gente va a tener que necesitar la reflexión y la pausa pero de forma natural…”.
-Por supervivencia mental y existencial, precisamente…
“(Risas) Sí, eso: por supervivencia. Seguro que a ti te está pasando, a mí me ocurre: ya nos hemos cansado del titular, del tuit, del impulso rápido, de los vídeos uno detrás de otro… Por protección natural, el ser humano reaccionará ante esto y, por ejemplo, los espectáculos en directo están volviendo a tener un gran tirón, la gente vuelve al cine, al teatro, a quedar con los amigos en vez de estar dos horas con el wasap… Es la evolución natural, espero… Ojalá, vamos…”.
-2025: ¿cómo ve el periodismo en España? Pregunta para una tesis, pero, ¿en síntesis…?
“Uf… El otro día, Monrosi, periodista de eldiario.es, le hizo tres preguntas al presidente del Gobierno que eran de manual y, de repente, se convirtió en noticia que se las hiciera. Creo que se ha confundido al periodista con el militante, y probablemente la autocrítica más fuerte la tienen que hacer los medios de comunicación: es decir, ¿qué ha pasado como para que no nos vean como los defensores de la democracia y como gente crítica ante las estructuras de poder desde el principio, dejando a un lado la ideología de cada uno? Estamos en un momento delicado”.
-¿Y qué barrunta con la legislatura: dimisión de Sánchez, elecciones pronto o, incluso, que se agote…? ¿Cree posible llegar a 2027 o resulta casi quimérico?
“Uf, está muy difícil y habrá que esperar a cómo se desarrollan los acontecimientos, pero el panorama es del todo desolador. Es decir, lo que vimos con el caso Gürtel, y nos espantábamos, está ocurriendo al mismo nivel o más con el de Koldo. Todas las personas de buena voluntad, que somos la mayoría, estamos espantados, de cualquier ideología, es que me da igual”.
-No descarta, pues, que se demuestre financiación irregular en esta etapa del PSOE…
“No lo sé, no te puedo decir: la UCO sacará lo que deba sacar”.
La escritura como necesidad emocional y su vínculo con las Islas
Aunque con un ritmo de conversación mucho más acelerado que en aquel Hablar por hablar, Torres recalca que “nunca” va a distinguir su faceta periodística de la de escritora. “En realidad, el periodismo es mi día a día y la escritura siempre ha sido algo que he hecho por necesidad emocional. Nunca he vivido de ella, sino del periodismo, del que disfruto mucho. Tras acabar un libro, nunca sé si escribiré otro, así que no sé qué pasará en el futuro”. Respecto a su vínculo con las Islas, admite que resulta potente y desde hace mucho. “He estado en todas menos en El Hierro. Todas son como microcontinentes: he hecho rape y parapente en La Palma, he pasado cinco navidades en Lanzaronte, a Fuerteventura voy dos veces al año, en Tenerife tengo desde hace años a mi tío Gumer, artista, hermano de mi padre y uno de mis tíos más queridos; a Gran Canaria he ido tres o cuatro veces y Las Palmas es la ciudad de mi jefa de prensa… Me parece un paraíso porque cada isla es un mini continente: Lanzarote es volcánica; La Palma, verde; Fuerteventura, desértica… Es increíble. Y con mi hermana Aly también estuve en Tenerife una vez, la invité hace unos 20 años”, recuerda.





