Hace 411 años, en 1614, El Hierro sufría una sequía extrema. Los pastores que guardaban a la Virgen de los Reyes solicitaron entonces trasladarla desde su ermita de La Dehesa, en La Frontera, hasta Valverde, para rogar su intervención. La petición fue denegada, pero igualmente organizaron una procesión clandestina, depositando la imagen en una cueva a las afueras de la villa. El cura, al ser advertido, contempló la imagen y, “con mucha alegría, dio un repique de campanas a los vecinos, quienes, maravillados, la trasladaron al templo parroquial, tras lo que cuentan que llovió intensamente y se salvaron parte de las cosechas”.
Así lo relata José Vicente González Bethencourt en su libro Historias de El Hierro y la Bajada de la Virgen, que acaba de publicar coincidiendo con la septuagésima primera edición de una manifestación religiosa, social y cultural que tiene lugar el próximo sábado, 5 de julio. Esta nueva obra del médico cirujano, profesor universitario y senador por la isla de Tenerife, entre otras responsabilidades a lo largo de su trayectoria, ha contado con la colaboración del Cabildo herreño, los tres ayuntamientos de la Isla, Gorona del Viento, Merca Frontera y la Cooperativa del Campo de La Frontera.

EMOCIONES
“El sentimiento de los herreños hacia la Virgen y la Bajada es muy grande”, comenta González Bethencourt. “Visito con frecuencia la Isla, en la que ejercí como cirujano, y he reunido mucha información. Sobre todo, a partir de lo que me contaban las personas mayores, que ya se han ido. Quise escribir este libro para contribuir a la difusión de la Bajada de la Virgen, una obra en la que me han ayudado numerosas personas, como quienes me cedieron fotografías antiguas y también los buenos fotógrafos que hay en El Hierro, que me han facilitado imágenes”, subraya.

El autor recuerda que la Virgen de los Reyes, una talla de madera policromada, llegó a la costa de La Dehesa en la madrugada del 5 al 6 de enero de 1546, en un barco que iba a Cuba. Socorrido por los pastores de la zona, detalla José Vicente González Bethencourt, su tripulación les obsequió la imagen, que fue conservada en una cueva entre 1546 y 1577, año en el que se celebró la primera misa en la ermita que construyeron.
EL VOTO
Las recurrentes sequías dieron lugar a hitos que desembocarían en la tradición religiosa con un itinerario de 27 kilómetros. En 1643, en un nuevo traslado, la Virgen fue nombrada patrona de El Hierro, y en 1741 se establece el voto, la promesa, de que cada cuatro años, “con el mayor culto y veneración, haya o no urgente necesidad de lluvias”, la Virgen de los Reyes recorrería la Isla. Una celebración -que se extiende hasta el 2 de agosto, con la Subida- que en 2025 reviste un interés añadido, pues tiene lugar tras ocho años, ya que en 2021 la COVID-19 la impidió.

“Los vecinos dicen que durante un mes, la que manda en El Hierro es la Virgen”, recalca González Bethencourt. “Es una tradición muy arraigada y respetada, que se transmite de padres a hijos, en la que nada se deja al azar: desde la indumentaria de cada pastor, bailarín, cada tocador, cada cargador… hasta las rayas (Binto, El Cepón, La Llanía, La Mareta, Cruz del Niño, Las Cuatro Esquinas y Tejegüete), los lugares que marcan la frontera entre los siete pueblos (Sabinosa, El Golfo, Isora, San Andrés, El Pinar, El Norte y Valverde).
Junto a ese empeño por no desnaturalizar una manifestación ancestral, uno de los aspectos en los que se detiene José Vicente González Bethencourt en Historias de El Hierro y la Bajada de la Virgen es el que tiene que ver con las anécdotas y diversas circunstancias que han contribuido a que sea lo que hoy es, pues, al fin y al cabo, refiere el autor, “ahí está también la historia y el sentimiento de la gente herreña”.
MALPASO
“Por ejemplo, el periodista y escritor José Padrón Machín, uno de los huidos durante la represión franquista en El Hierro -expone-, me contó que el nombre del Pico de Malpaso, que los guanches llamaban Tinganar, se debe a que a finales del siglo XVIII, durante una Bajada, un cargador de la Virgen resbaló y la talla corrió el riesgo de dañarse”.

González Bethencourt también alude a la Cruz de los Reyes, paraje en el que se desarrolla uno de los momentos más emblemáticos de la Bajada. “Allí se recitan loas a la Virgen y se comparte comida y bebida a la sombra de los árboles”. “Pase lo que pase por las disputas en las rayas -pues cada pueblo “quiere tener a la Virgen consigo el mayor tiempo posible”-, es el contrapunto de la unidad y hermandad que reina a lo largo del camino”, concluye.





