cultura

‘Archipiélago herreño’, de Víctor Álamo de la Rosa: una novela de novelas

El filólogo Victoriano Santana Sanjurjo se alía con el escritor para ofrecer el segundo tomo de sus obras completas
Víctor Álamo de la Rosa y Victoriano Santana Sanjurjo. / DA

Por Besay Sánchez Monroy / Hay empresas que solo revelan su grandeza en el decurso de los años, cuando el tiempo, juez inmisericorde, dictamina su sentencia. Allá por 1991, con apenas veintidós años, Víctor Álamo de la Rosa publicó Las mareas brujas, primera pieza de su notable ciclo herreño. En aquellas páginas inauguraba un mundo narrativo que, sin saberlo, le acompañaría durante más de veinte años, a lo largo de cinco novelas y dos libros de cuentos que conforman una gran obra unitaria, una novela de novelas cuyas piezas dibujan la imagen de un Hierro mítico, mágico, en el que el tiempo se detiene y todo es posible. 

Archipiélago herreño, nombre que se le ha dado a este segundo tomo de la Biblioteca Víctor Álamo de la Rosa, es una tentativa no menos notable del filólogo Victoriano Santana Sanjurjo, que aspira no solo a reunir por primera vez estas obras en un único volumen, sino a realizar una edición crítica y anotada de las mismas. El fervor de su labor es incuestionable: dan cuenta de ello los apartados que preceden los textos, donde se revela el origen del proyecto, se fundamentan sus claves y se proporciona la recepción crítica -en la que destacan figuras como José Saramago o Lázaro Carreter- y un brevísimo diccionario de personajes. El propósito de este arduo trabajo es tanto facilitar a los nuevos lectores el acceso a los títulos como fijarlos como capítulos de una única novela que se ha ido ramificando y expandiendo conforme avanzaba su escritura. Es también una oportunidad para observar la evolución de Víctor Álamo de la Rosa: sus años de formación, patentes en Las mareas brujas y El humilladero (1994), obras que ya revelan una madurez impropia de un escritor que apenas contaba con veinticuatro años por aquel entonces; su etapa de madurez, que inicia con El año de la seca (1997), alcanza su cumbre con Campiro que (2001) y Terramores (2007) y continúa con La cueva de los leprosos (2010) y Mareas y marmullos (2011), dos libros que, pese a no ser de los más conocidos del autor, poseen una calidad incuestionable. La prosa melódica, juguetona, de Víctor Álamo de la Rosa se va afinando página a página hasta alcanzar una perfección formal al alcance de muy pocos escritores en nuestro territorio, y en el fluir de su voz encantadora, en la que abundan los juegos de palabras y los neologismos, se nos revela una isla de El Hierro como nadie ha sabido narrarla.

La defensa del autor tinerferreño de que su obra constituye una novela de novelas se fundamenta en la fundación de un territorio mítico, denominado Isla Menor, a partir de la recuperación de materiales y obsesiones de la infancia, en la que estuvieron muy presentes las historias que se contaban en los mentideros, fuente de la memoria histórica de El Hierro. Las obras del ciclo herreño, tal como señala Santana Sanjurjo, se ambientan entre la década de los cuarenta y cincuenta, en los años posteriores a la Guerra Civil y en pleno apogeo de la represión franquista en Canarias. Son estas las coordenadas históricas que ha escogido Víctor Álamo de la Rosa para dar rienda suelta a su creatividad, y no es una elección arbitraria: justifican la violencia descarnada, la sexualidad desbocada y a veces retorcida, la ruptura de la linealidad temporal presentes en su narrativa; refleja, en clave simbólica, aquellos años violentos en los que la libertad se vio coartada por una férrea dictadura que encerró a España en sí misma, en los que el tiempo parecía no transcurrir. La violencia es una constante en Masilva y Rijalbo, trasuntos de El Pinar y La Restinga respectivamente, y parece normalizada entre los personajes, que la ejercen libremente entre ellos o con los pobres animales del territorio. La pulsión sexual, obligada a la clandestinidad de grutas y cuevas, cumple una función liberadora y abarca todas las categorías: al amor más convencional se unen prácticas como la zoofilia, la necrofilia, la violación o el incesto, mediante las cuales los embrutecidos habitantes de Isla Menor calman sus instintos. Podemos ver en esta forma de relacionarse con el entorno y con sus gentes una forma catártica de liberar la tensión que producen los convencionalismos sociales y la vida alienante de una geografía limitada que los conmina a escapar de ella o de sí mismos.

En las páginas de esta novela magna, la realidad se funde con la ficción en un juego literario que transforma la verdad histórica. Cada novela se sustenta en un hecho verídico que sirve de punto de partida para que se desarrolle la imaginación del autor, que construye una isla alternativa, una figuración de lo posible. El año de la seca es una crónica de la inmigración durante el año 1948, en el que no llovió ni un solo día sobre la geografía herreña; Campiro que aprovecha la visita documentada de un submarino alemán a El Hierro para fabular un trágico triángulo amoroso entre Campiro, Celedonia de Jesús y el militar nazi Hans Mull, encargado de realizar un estudio etnográfico de la población. De la figura histórica de Manuel el Huido, que permaneció ocho años oculto en cuevas para evitar ser fusilado, nace Terramores, neologismo que nombra los amores subterráneos, escondidos, que actúan como ejes vertebradores de todas las tramas de la novela; el espacio homónimo en el que se desarrolla la historia de amor que protagoniza La cueva de los leprosos existe realmente y cumplió la misma función que en la novela. Isla Menor no es solo el escenario donde ocurren estas ficciones, sino un personaje más -quizá el más importante- de la extensa nómina que transita las páginas de este Archipiélago herreño. Las criaturas ideadas por Víctor Álamo de la Rosa, en un gesto poético que resume sus ansias de libertad, se resisten a permanecer en las ínsulas en las que fueron concebidas y saltan de capítulo en capítulo para conformar un universo coherente, vivo, en el que cada obra forma parte de un todo y posee fuertes hilos intertextuales que las conectan entre sí. En ellas podemos encontrar puntos de fuga, hilos de los que el autor tira para seguir ampliando su mundo narrativo: el cuento La maldición del Gran Perenquén, en el que esta criatura le roba el sustento a un recién nacido, es la base sobre la que se urdirá la relación simbiótica entre Berto Rubio, protagonista de El humilladero, con el lagarto que vive en su barriga; la historia de Anselmo Viveiros, el portugués, apenas apuntada en Campiro que, será desarrollada en La cueva de los leprosos. De este modo, las historias, como en una suerte de matrioska, contienen otras historias o son el germen de otras, y en esa confusión de muñecas rusas en constante reformulación y crecimiento atisbamos la macroestructura unificadora que constituye Archipiélago herreño, compuesto por siete satélites que orbitan alrededor de Víctor Álamo de la Rosa, demiurgo de un universo mítico que nada tiene que envidiar al Macondo de Gabriel García Márquez y a la Comala de Juan Rulfo.

Debemos agradecer al autor por su quehacer literario, por su compromiso con el lenguaje y con la historia de un territorio mínimo que él engrandece con su mirada totalizadora, pero también a Victoriano Santana Sanjurjo por su empeño encomiable, por urdir una edición que, si bien no cumple las cotas de excelencia que él esperaba alcanzar -tal como detalla en el Preliminar-, no deja de ser un auténtico milagro realizado desde la admiración y el cariño. El lector que se adentre en este libro no solo encontrará algunas de las mejores páginas que se han escrito en estas latitudes a un precio más que razonable, sino que recorrerá una isla viva, palpitante, donde el tiempo posee su propia mecánica, donde el amor y la violencia se imbrican naturalmente y la Historia solo es un pretexto para hablar de las pulsiones humanas que conforman la intrahistoria de una región mágica que, en clave simbólica, representa y significa la identidad herreña y, por extensión, la canaria.