En el parque escultórico de la Fundación Curbelo Santana, en Lanzarote, los rayos de Sol tuestan troncos de madera torcida. Atrapan el lugar sereno: seco al mediodía, casi mojado a primera hora de la mañana. Tierra naranja y negra. Tierra, sudor y rostros bajo la sombrera. Se cuida la uva blanca y tinta en el soco, amorosan palos dorados, bolas rojas y verdes ruedan sobre la arena junto al escultor Paco Curbelo. No hay quién le gane. La muchachada come huesos de pulpo en La Barraca de Tarajano.
Traspone el horizonte en La Florida, cerca de los cien años de la Bodega El Grifo. La Geria tiende la noche. Solo vigila el campesino de César Manrique bajo la Osa Mayor y el Volcán de Tamia. La Luna creciente no alumbra suficiente al teleclub de Tao. El Morro de Chibusque apenas descubre la curva que envuelve. Dormimos. Viajamos al lienzo azul de Rufina Santana. Inspiración, cultura y estilo de vida en las ramas encontradas de su jardín. Arqueología, mito, Hespérides. No hay soplo que tumbe a la pintora ni nada que no cure vaso ron en brazos de Narciso, Dionisio y Caronte. Algún día seremos como ella. Mejor, ahora. El arte y la naturaleza no merecen espera. Algún día en Punta Mujeres.
El silencio conecta al territorio. No incomoda, aunque nunca hay silencio absoluto. Habla la brisa. Palmeras canarias y washingtonias invasoras vuelan al viento. Frondosas hojas de parra tapan racimos de buen vino. Tórtolas, cuervos. Molesta una mosca en la mar en calma. Siempre hay moscas cojoneras. Ladran perros lejanos, zumban automóviles en la carretera. Caucho, escapes. Siempre hay asfalto y gasolineras para comprar tabaco, el que fuma la escultora Gemma Domínguez, cincel en Tejeda y queriente geométrica en medio Mundo.
Demora el tiempo en la coreografía del volumen. El bailarín Reiner Afonso baila lento. Habanea en el sosiego atlántico entre bronces de estudiantes de Bellas Artes escapantes del desierto. La residencia de verano deshace miserias, enjaula la piel infecta. Amanta el Festival Traslación, garante de seducciones en campus de escultura. Cuatro ediciones desafían la limitación de la mirada, necesitada de contumacia en el país de la flojera. Los árboles echan raíces, la fotografía honra a la figura en tres dimensiones alejada de lo mediocre. Imposible otra esencia en medio de versos de piedra. Abrazamos granito, alabastro, caliza, mármol frío. Sentimos la sangre que da el pálpito. Tocamos la belleza apartada de la basura, del dolor que ensucia. Perversas fieras empeñadas en lo oscuro, incapaces de pensar en la roseta del bordado. ¡Qué necesidad! Encarnizamiento descompuesto en sí mismo. Putrefacto tartar. Supervivencia: huimos a la afonía del firmamento, refugio pesquero, mudo, gratuito. Estrella libre encima del picón de Timanfaya. Placentera caverna.
Regresamos al suelo. El crecimiento orgánico se deconstruye en una cubierta asimétrica, hueca de luz y sombra. La parte del todo se aísla del tsunami que alimenta de hambre cerebros y estómagos. No ha lugar la desidia a pie de obra, en el parque escultórico que levanta Los Reyes. Solajero. El profesor David Vila, apuesta segura, es artesano del mensaje, cimentación de estructuras. En su mono de trabajo: tornillos, brocas, una radial y dos panes que multiplican el esfuerzo.
Propuestas veraces con piteras, troncos, hierros, basalto… plantean un discurso comprometido con el espacio público. Afortunada Isla de Fuego reflexionada según se mire. ¿Quién quiere una única perspectiva? La profesora Itahisa Pérez Conesa esculpe con palabras y cinco sentidos la universidad próxima, de espaldas al légamo. Su felicidad, la nuestra. Su paisaje, cerca. Su futuro, el pequeño Danilo. Y tantas cosas.

