decalcomanÍa 285

La tertulia de Beuster

María Luisa Hodgson

En los cafés La Peña y El Águila de la Capital tinerfeña se reunían, tiempo ha, tertulianos de cosas que en la actualidad aburrirían, aunque seguro que las conversas no atrofiaban la testa ni secaban el mar con baratijas. Las locuras no necesitaban diván, se gastaban en amores, creaciones y sueños románticos. La Luna creciente era Luna y no uña cortada. La libertad política que no existía se reivindicaba entrelíneas y con pasquines de alborada. La libertad política del veinticinco, en cambio, transpira serrín. Es una frívola relación abierta sin conceptualismo. No ha lugar escapar por la ventana a trompicones.

La palabra añora la naftalina, tener tiempo de escucha y lectura. La palabra manoseada se pierde en ruidosos bajantes de aguas insulsas. Letras doloridas gimotean en la desgana y el idiotismo. Malos tiempos para la sintaxis. Y buenos también. Nostalgia y colesterol en sus justas medidas. Vía libre para escribir cuentos de origami, saltar la comba, freír sardinas y arreglar la fontanería. Mañana.

Periodistas, artistas y demás de mal vivir ya no se juntan. No hay carácter que desarrolle una nueva vanguardia. No hay exponentes que llamen a la acción. Rascas y no hay nada. La rueda de la vida gira por inercia. Hasta la Universidad repliega velas. Timorata, cobarde, no alumbra. Tiene miedo. Qué sórdido todo y qué pena la mirada de pacotilla.

Cuando la bohemia de aquí murió el alfabeto quebró (sigue mortecino), las colillas, el güisqui y la desnudez perdieron importancia, Pinito del Oro cayó a tierra, las escaleras dejaron de subirse y Chirino huyó a Madrid. La Peña olvidó versos y el nuevo Café El Águila, hoy pantomima, es una pecera con viejas y pulpos. Eso dicen. Comer es conveniente, al igual que cubrir la flacidez con fajas, refajos y otras telas según la época y temporada. Antes, en el Atlántico, fumaba Martín González. Ahora vapea Alejandro Tosco.

El lenguaje de La Bohème, cerca de la Farola y en la colina de Montmartre.

Bajo las gotas de luz se vive en silencio. Huyes del ruido, buscas refugio y caminas sobre el verdor de una posible historia. Harry Beuster cuelga un lienzo con las caricaturas de habitantes críticos, él incluido: Ángel Acosta, Carlos Chevilly, Pedro García Cabrera, Pedro Guezala, Francisco Bonnín, Arístides Ferrer, Emeterio Gutiérrez Albelo, Almady, Nijota, Juan Davó, Enrique Lite, Julio Tovar… No fue hace tanto y parece una eternidad. El erial de extramuros adormece la tinta y la paleta de colores que fuimos. El dibujo satírico a raíz de inquietudes estéticas, pensamientos y metáforas, alienta las ideas en medio de la tregua y del espanto. Anoche, sin ir más lejos: la televisión evidenció la enfermedad crónica de esta generación abducida.

Continúa el relato y me detengo con obras de Maud Bonneaud, Vicki Penfold, María Belén Morales, Lola Massieu… Las mujeres enjabonan corbatas, perillas y patriarcado. Conversamos sin traumas en lo alto. Cuecen habas frente al mercado de carne, pescado, fruta, verduras, flores, queso e innumerables delicias. El cesto inmenso aplaza el acabamiento.

Harry Beuster, vanguardista en el uso de la caricatura geométrica, inmortalizó la intelectualidad cubista del Santa Cruz de los sesenta del siglo XX. Aquellas tardes eran una fiesta en prosa y lírica. El paisaje no entendía de servidumbres y miserias fieles a la mentira. Pero no todo era de color de rosas (gente al fin y al cabo). Perspectivas. Eso sí, lejos de la soledad siempre se iluminó con la fertilidad del ingenio, talento y caligrafía.

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