En Gente corriente (1980) me sedujo el relato y el Canon de Pachelbel. Imposible acostumbrarse a esta magistral composición barroca presente en el primer largometraje que dirigió Robert Redford. El filme, que ganó cuatro premios Óscar (mejor película, mejor guion adaptado, mejor actor de reparto y mejor director), retrata la vida de los Jarrett, una familia norteamericana con sus alegrías, tensiones y problemas, lo normal en cualquier hogar de este agitado y aparente Mundo. La perfección no existe en el día a día de quienes comparten el inodoro, el mantel de hule y el polvo del camino.
La perfección, en cambio, sí asoma cuando Denys Finch Hatton (Robert Redford) le lava el pelo a Karen Blixen (Meryl Streep) en Memorias de África (Sidney Pollack, 1985). “Reza bien quien ama bien / Tanto el hombre, como el pájaro, como la bestia”, recita el aventurero mientras el agua del río cuida y corteja. Luego, basta una mirada. Suficiente. No hay nadie más en el Universo. Nadie más. Solo observan las colinas del Ngong, espectadoras futuras, al alba y al crepúsculo, del baile entre un león y una leona sobre la tumba del hombre libre.
Cruce de silencios y destinos a cualquier hora. Meryl Streep ama y sufre, también, en Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995). Nuevamente el agua empapa y los ojos se quiebran. Sueños rotos en el aire o en el asfalto. Bandas sonoras que desatan lágrimas.
Robert Redford, el galán, murió en su rancho de Utah, como susurrándole a los caballos, a los 89 años. Su primer trabajo romántico fue Descalzos por el parque (Gene Saks, 1967) al lado de Jane Fonda, pero la nostalgia se abrió en canal en su tercer trabajo con Sidney Pollack (Tal como éramos, 1973), imperecedera historia de amor que ilumina Barbra Streisand con recuerdos imborrables de risas y llantos. Nunca un mechón de pelo recolocado y una canción han retorcido tanto el alma. Veinte años después, no obstante, el recordado actor, creador del Instituto Sundance y de su Festival independiente, honrará de nuevo a lo insondable del corazón en Una proposición indecente (Adrian Lyne, 1993). “¿Te he dicho alguna vez que te quiero?”. Y claro, John Barry.
Querencias frágiles y pasiones mundanas. Dos caras de una misma moneda. La única salida, en ocasiones, cuando todo está perdido, pasa por convertirse en un forajido, en un truhan o refugiarse en el regazo cautivo de Kathy Hale (Faye Dunaway) en Los tres días del Cóndor (Sidney Pollack, 1975). Sin embargo, huir, a menudo, no es la solución. En Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976), Redford interpreta a Bob Woodward, periodista de The Washington Post, responsable, junto a su compañero Carl Bernstein (Dustin Hoffman), de destapar la trama de espionaje contra el Partido Demócrata que obligó a dimitir en 1974 al presidente de Estados Unidos Richard Nixon.
¡Qué tiempos aquellos del caso Watergate! Hoy el periodismo languidece. En el Gigante del Norte la sombra de Donald Trump es implacable. Las cadenas CBS y ABC, y los diarios The New York Times y The Wall Street Journal, están en el punto de mira. El líder republicano utiliza el peso gubernamental para controlar televisiones, periódicos e, incluso, TikTok. Y España, en su línea puñetera: el poder político, inmiscuido en los medios públicos y en las líneas editoriales de capital privado a cambio de pingües ayudas económicas.
La última aparición de R. R. en la gran pantalla tuvo lugar en Vengadores: Endgame (Anthony y Joe Russo, 2019). Encarnó al cíborg Donald Pierce, un villano Marvel de piel dura y conexiones electrónicas. La estrella de Hollywood nunca se ajustó a ningún molde. Quizás al espíritu de Jeremiah Johnson (Sidney Pollack, 1972), indomable en la montaña.

