Este lunes 22 de septiembre se cumplen tres años del fallecimiento de Benito Hernández Cruz, vecino de La Guancha y conocido como Benito el de los gorros, un hombre que dedicó sus últimos años a su principal afición: tejer gorros de lana.
Fue un médico del Hospital del Norte quien lo bautizó así porque en una ocasión en la que estuvo ingresado le regaló uno a todo el personal y a los enfermeros y hubo quien tuvo suerte y también se ganó una bufanda. Lo mismo hizo en una clínica en el Puerto de la Cruz.
Le enseñó su nieta Leila un invierno en el que hacía frío y no podía salir. Tenía 86 años y hasta que falleció, con 92, siguió tejiendo sin parar. Lo primero que hizo fue una bufanda a ganchillo. Luego llegaron los primeros gorros que regaló a familiares, amigos, y los médicos que lo atendían. Las últimas puntadas que dio fueron con mucho amor porque iban destinados a las personas enfermas de cáncer, con la ilusión de darles un poco de abrigo y cariño y que esta prenda les ayudara a superar el frío durante los meses de invierno.
Un proyecto que tenía con su nieta, su aliada incondicional, quien le propuso hacer estas prendas y donarlas a los pacientes oncológicos y a todas las asociaciones que luchan contra una enfermedad a la que él no era ajeno porque también la sufrió su esposa.
Le dedicaba unas horas por la mañana y otras por la tarde, porque para este vecino de La Guancha tejer era una terapia, ya que además le ayudaba a que no se le atrofiara la mano derecha, en la que tenía una pequeña artrosis.
No es el único beneficio que esta actividad reporta en las personas mayores, también mantiene su cerebro más joven, libera endorfinas, estimula su desarrollo intelectual y mejora la agilidad mental y la coordinación visomotora.
En ocasiones, Benito iba con Leila a la mercería a elegir los colores. El verde era su preferido pero no le gustaban la gama de los rojos, los negros y los azules porque al ser más oscuros le costaba coger el punto.
En otras, era su nieta la que compraba los ovillos de lana y se los llevaba a su casa. Al verlos, empezaba inmediatamente a buscar la combinación de los colores, recuerda su hija.
Benito tejía sin gafas en el garaje de su casa en La Guancha de Abajo, en un rincón que le preparó su hija Ana Elia Hernández con todos sus materiales: hilos, agujas, bastidores y cestos. Estaba pegado a la puerta, para poder ver a la gente que pasaba. Desde allí, reconocía a sus vecinos y vecinas a quienes saludaba sin dudarlo.
Poco a poco se fue armando su espacio, con bolsas de diferentes tamaños para guardar y clasificar las prendas, bastidores, y un corcho colgado en la pared con fotos y la estampita de Santiago Apóstol, patrón de España.
Cuando terminaba un gorro lo dejaba sobre una mesa cercana para que su hija pudiera rematarlo, es decir, cortar prolijamente los hilos que quedaban. Fueron tantos los gorros que tejió que en su casa todavía hay cerca de 50 pese a que una gran cantidad fue donada a Ámate Tenerife y otra a la Fundación Cruz Roja y Cáritas en Barcelona, para el refugio de niños y niñas sin hogar y gente mayor sin techo.
Para conmemorar a un padre y abuelo inolvidable que tejía gorros con el corazón, su hija y su nieta quieren homenajearlo ofreciendo sus últimas creaciones a un precio simbólico al cumplirse tres años de su fallecimiento. Su única intención es llegar a quienes realmente los necesitan y para que cada gorro siga cumpliendo su misión: dar calor y esperanza.
Al no tener un punto de venta, las personas que quieran uno de los últimos gorros de Benito pueden llamar a los teléfonos de Ana Elia (626 343 214) y Leila (663 953 265) para coordinar la entrega.
“Cada gorro es único, porque está hecho con paciencia y amor, y lleva en sus hilos un pedacito del corazón de Benito, un hombre sencillo que nos enseñó que los pequeños gestos cambian vidas”, asegura su nieta.






