No sabemos si algún día lograremos dar una explicación completa a eso que llamamos realidad. Y mucho menos mediante una ciencia con mayúsculas, porque cada ciencia tiene su propio objeto de conocimiento. No existe un único relato. Tampoco un campo unificado. La física y las matemáticas son tremendamente útiles para para construir un barco, un edificio o explicar la trayectoria de un proyectil; la biología explora y observa la vida, la geología nos da respuestas a por qué ocurren los terremotos, pero también la poesía, el arte y la música abarcan planos de lo real, territorios donde ocurren constantemente relaciones entre las cosas. Así, no hay disciplina, fórmula o teoría que atrape el mundo y el universo. Es decir, que una teoría del todo, como vaticinaba Stephen Hawking, no deja de ser un error, como quiso expresar el filósofo y escritor Juan Arnau (Valencia, 1968) en el marco de la ponencia Materia que respira luz, uno sus últimos ensayos sobre filosofía cuántica, que fue presentado en el salón de actos del IES Cabrera Pinto y organizó el Ateneo de La Laguna.
Acompañado por el también escritor Sergio Barreto, Arnau dio una clase magistral del llamado universo cuántico y sus derivas, donde el tablero del espacio y el tiempo está en constante movimiento, y en ese constante devenir, es donde se encuentra la “pelea cuántica”, expresó.
Arnau soñó desde niño con el universo. Estudió Astronomía y en los noventa cruzó el océano Atlántico a bordo de una réplica de una nave que descubriría el Nuevo Mundo. Antes, como Colón, la tripulación pasó un mes en La Gomera, ajustando estos barcos que partirían a la dura travesía. Durante algunas de las cuarenta noches estrelladas que pasó a bordo, el filósofo, con un mapa del cielo en su cabeza, corroboró la posición de los astros sin perder el asombro, ese principio aristotélico del despertar filosófico que lo empujaba a buscar una explicación sobre la inmensidad del universo y nuestra presencia en medio de galaxias y constelaciones. Y tras un viaje a la India, vino con una idea: “Nosotros no estamos en el universo, sino el universo está en nosotros”.
La naturaleza, según el pensador, no habla ningún lenguaje determinado y a la vez recibe a todos los lenguajes en sus intentos de dar respuesta. La naturaleza, o la fisis, dirían los griegos, no habla el lenguaje de las matemáticas, en términos de Galileo, sino “habla el lenguaje que nosotros le incorporemos”, comentó Arnau. Y añade en Materia que respira luz: “El científico no descubre, sino que inventa mundos posibles […] El matemático, en vez de destapar un lenguaje oculto de la naturaleza, lo crea”. Así, los lenguajes no serían más que edificios de contexto para explicar la realidad. “La naturaleza habla el lenguaje con el que tú te dirijas a ella”, aseguró el autor de Materia que respira luz, pues hay una realidad física, pero también poética , religiosa, y “la filosofía tiene que meter las raíces en todas las disciplinas para que ninguna esté por arriba”, contó.
En sus trabajos, muchos publicados con Galaxia Gutenberg (En la mente de mundo, la fuga de Dios, la meditación soleada, o en Elogio del Asombro, conversaciones con Agustín Andreu, publicado en Pre-Textos), cuestiona el universo mecanicista, que simplifica la ciencia en una y en matemática, y que Newton, al menos de cara a la galería, aceptó. Pero “esta simplificación aunque útil, resulta inaceptable”, escribe Arnau en su ensayo, para optar por un cosmos de relaciones, un organismo que se escapa a la frialdad de la máquina cartesiana, pues agota posibilidades. El filósofo conecta en cambio con Berkeley, Leibniz o el físico Niels Bohr, defensor de la teoría cuántica, una “violación continua” -comentó- a la teoría mecanicista.
EL UNIVERSO CUÁNTICO
“Toda realidad física tiene una onda asociada. La luz es onda o corpúsculo, depende de cómo preguntes a la luz”, dijo Arnau, para defender el principio de complementariedad de Niels Bohr, que asume: un mismo objeto cuántico (como un electrón o un fotón) puede mostrar comportamientos mutuamente excluyentes, como ser una partícula o una onda, pero nunca ambos a la vez; una especie de yin yang que conecta con las filosofías orientales. Y es que Arnau ha integrado a su discurso, a lo largo de su carrera, el pensamiento oriental rebote al racionalismo occidental, especialmente Los Upanishads, una colección de textos escritos entre el siglo VIII y el siglo V a.C., que suponen una de las escrituras más sagradas del hinduismo. Estas enseñanzas las incorpora Arnau a su visión del mundo y del universo, no tanto en el apartado cuántico, sino en cómo concebir la conciencia, la mente, o cómo vivir.
RUIDO MENTAL
Tras un turno de preguntas, el filósofo citó a místicos cristianos, como San Agustín o a Miguel de Molinos, que tuvo un papel muy importante como maestro espiritual en el Vaticano. Su libro, Guía Espiritual, prologado en España por el poeta José Ángel Valente, es clave en estos pensadores quietistas, una posición cercana a planteamientos budistas, que le costó a Molinos una condena inquisitorial y su muerte en prisión. Le interesa el quietismo a Arnau, sobre todo para calmar la mente de la cantidad de informaciones y estímulos que hoy recibimos, que se suman a nuestros espíritus y cuerpos cargados de deseo e intención. Hay que volver al silencio, buscar espacios para él, pues “tu mente es ruido”, concluyó.





