decalcomanÍa 290

Un hombre que grita

En Santa Cruz hay un hombre que grita. Hace tiempo. Es un vagabundo o homeless, que suena más cool. Antes llevaba melena y barba desaliñadas. Ahora no. Alguien le arregló y luce atractivo. Todas las personas tienen su encanto si la vida sonríe. Si pinta bastos el garbo se afea. Pena de ojos tristes, ojeras profundas, comisuras cansadas y pantalón sucio.

En Santa Cruz hay un hombre que grita. A veces de día, casi siempre de noche. El bicho raro grita solo. Nadie le acompaña, nadie le jalea. Tampoco necesita a nadie. Sus gritos no lapidan, no son contra nadie. No es como la gente normal que vocifera en el campo de fútbol e insulta a Vinicius. No es un exaltado que se acalora por cuestiones políticas y divide el Mundo. Permanece al margen de la infecta polarización que contamina la convivencia con etiquetas. Temerarios cantos libertarios bajo la luz del Sol o la Luna, o entre cuatro paredes, sometidos a la angustia del linchamiento. Afortunado el hombre que grita, libre de ataduras, consignas y malasangre.

Andares a ninguna parte. Minutos inciertos en la misma esquina. Brazos cruzados, cigarro encendido y pasos cortos en círculo. Trompo perdido. Camina calle arriba. Bajará Dios sabe cuándo y levantará los brazos y gritará. De nuevo a ninguna parte. Su grito podría ser el grito desesperado del Mundo, pero el Mundo no grita. O sí. La catástrofe natural evidencia la fragilidad del antropocentrismo. Entonces, gritan los dispositivos móviles, guardianes de la galaxia, por si el sapiens tuviera que aplicar alguna medida de autoprotección como la evacuación o el confinamiento. ¡Bah! La naturaleza impetuosa no deja títere con cabeza. Golpea implacable. Vana esperanza le venden a la criatura, tantas veces ingenua y quebradiza ante la tormenta perfecta.

En otras ocasiones, el grito del Mundo delega en pobres mortales desequilibrados y abatidos, aunque sean minoría. O eso parece. El caso, seguramente, es que muchos seres humanos se sumarían al grito desgarrado, mas no dan el paso. No se atreven. Prefieren llorar dentro, berrear en el graderío, en el escaño, en la pocilga y oír desde la barrera al hombre que grita. La nada de madrugada engaña. No es oro todo lo que reluce. La sábana acentúa los ruidos estomacales que alteran la paz. Gases, ciertos alimentos, estrés… manifiestan la actividad del intestino. La calma chicha, la completa quietud, es tan fugaz que diríase ilusoria. El hombre que grita pone las cosas en su sitio, delata las ingentes miserias del impostado estado de bienestar, engreído aún con las vergüenzas al aire. Desaire al establishment. El loco del pelo cano molesta. Solo queda la denuncia canalla y la intervención policial. Desamparado hombre que grita, infortunado pordiosero abatido contra el suelo por excesivas sirenas y uniformes. El señor que chilla calla. Y grita el silencio.

Sobrecoge el hombre que grita, de nuevo libre, soberano. Es un drama de piel gruesa y alma transparente. La gente, la brisa, perros de punta en blanco. El niño desabrido de buena familia y la joven tatuada junto a los laureles de Indias. Loros de vuelo rasante sin platos rotos ni hojas barridas. Pelo largo, uñas XXL. Palabras ásperas. Té con leche, margarita y adolescente pálida. Apoteosis que no conmueve. Ni falta que hace. Los esqueletos vagan lejos del calor de la cocina y el regazo de un libro. No basta con lavar la ropa y fregar la loza. Virar la cara, ondear banderas y sudar con desodorante es tendencia. Maldita tu estampa y maldita la hora. Genitales necios, vacíos. En Santa Cruz hay un hombre que grita.

María Luisa Hodgson
Ilustración: María Luisa Hodgson