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Eduardo Domínguez Alfonso: la eminencia médica del sur de Tenerife que se convirtió en el primer presidente del Cabildo

Natural de Arona, médico, profesor, creador de instituciones educativas, filántropo y patriota “discreto”, quedó a menudo a la sombra de su hermano Antonio, diputado y senador con proyección nacional
Eduardo Domínguez Alfonso
Eduardo Domínguez. DA

Eduardo Domínguez Alfonso (1840-1923) fue el primer presidente del Cabildo de Tenerife desde su constitución en marzo de 1913. Médico, profesor, creador de instituciones educativas, filántropo y patriota “discreto”, quedó a menudo a la sombra de su hermano Antonio, diputado y senador con proyección nacional. Aun así, su figura fue decisiva en el engranaje político y social insular de la época, especialmente en el Sur.

Nacido en Arona, su nombre aparece hoy en el tramo inferior de las inscripciones que recuerdan a quienes han formado parte de esta institución centenaria. Sin embargo, como recuerda la historiadora Carmen Rosa Pérez Barrios, una de las pocas especialistas que se ha adentrado en su trayectoria, “su papel en la política fue importante y reseñable a nivel regional”. Su prestigio, añade, no nació de la política, sino de la ciencia, que fue siempre el centro de su vida.

Aunque muy pronto participó en los movimientos liberales que siguieron a la Revolución Gloriosa, mantuvo siempre una distancia prudente con el juego político. Esa reserva acabaría siendo su mayor fortaleza para su elección como primer presidente del Cabildo.

Conflicto y sátira

Su carrera comenzó en las Islas, dando un salto a Barcelona y Madrid, donde fue premiado en la Universidad Central y compitió con estudiantes que luego tendrían reconocimiento nacional. Tras instalarse en Santa Cruz abrió consulta, pero su inquietud lo llevó a viajar por Europa y, más tarde, a emprender una aventura médica en Brasil junto al doctor Aniceto Mascaró. En Pernambuco alcanzó fama por intervenciones pioneras y por su trato equitativo a pacientes ricos y pobres. Su labor filantrópica, destacada por la prensa, los convirtió en referencia en apenas semanas.

Como todo gran éxito, despertaron recelos. Parte de la comunidad médica brasileña impulsó un enfrentamiento legal alegando que sus títulos no estaban “habilitados” por una facultad imperial. El clima de tensión llegó a tal punto que más de 160 vecinos llegaron a firmar una solicitud dirigida al presidente de la provincia pidiendo protección para los médicos españoles.

El conflicto cruzó el Atlántico. La revista satírica La América Ilustrada, con sede en Nueva York, publicó caricaturas que retrataban la persecución que sufrieronn los médicos españoles. En una de ellas, se podía ver un enfermero de Pernambuco intentando derribar un pedestal coronado por los bustos de Mascaró y Domínguez, bajo la leyenda “A la Medicina. Reconocimiento público”. En su pecho se leía “envidia”. Otra viñeta mostraba un tribunal compuesto por los siete pecados capitales juzgando a los dos médicos como si se tratara de una “inquisición científica”.

Pese a la presión mediática y legal, su prestigio salió reforzado.

De regreso en la Isla, protagonizó intervenciones memorables, como la primera ovariotomía exitosa realizada en Canarias, y se convirtió en una de las voces más autorizadas en la epidemia de cólera de 1893. Presidió la Comisión de Higiene y Salud Pública, organizó brigadas de desinfección y redactó un folleto divulgativo que ayudó a frenar contagios. Su labor le valió la encomienda de número de Isabel la Católica.

“Creía que un médico debía especializarse sin descuidar la ciencia general. Con ese espíritu participó en debates académicos e impulsó instituciones, además de publicar estudios relevantes sobre enfermedades tropicales, tuberculosis y cirugía”, explica la historiadora.

Eduardo Domínguez Alfonso
Busto de Eduardo Domínguez Alfonso colocado a escasos metros de la que fue su casa en Arona. DA

Su compromiso con la vida pública fue más allá de la sanidad. En 1876 promovió, junto a su hermano Antonio y otros miembros de la Sociedad Económica, la creación del establecimiento de Segunda Enseñanza de Santa Cruz, que dirigió durante décadas. Lo dotó de laboratorios, biblioteca, material científico y un museo antropológico, muchas veces sufragándolo con recursos propios.

Aunque siguió vinculado a la política local, su implicación nunca fue partidista. “Cuando se debate la Ley de Cabildos, él es bastante mayor y ya se encontraba alejado de la política. Tenía un gran prestigio como cirujano y su figura generaba consenso entre periodistas, radicales, neutrales y representantes de todas las tendencias.”, explica Pérez Barrios.

La constitución del Cabildo se retrasó por cuestiones administrativas y políticas, y en ese clima hacía falta un perfil capaz de conciliar posturas enfrentadas. La prensa de la época llegó a escribir que “con su talante pudo conjugar el aceite y el vinagre y, con su dialéctica, logró formar un estupendo mojo”, una metáfora que aludía a lo que simbolizaba su figura, y al momento social que atravesaba la Isla, marcado por la polaridad.

Consolidación de un plan

El 16 de marzo de 1913, finalmente, se conformaba el Cabildo de Tenerife. Nacía inspirado en los antiguos coloniales, con la misión de descentralizar la administración del Archipiélago. La Ley de Cabildos de 1912 había creado un órgano para cada isla con el fin de mantener la unidad regional.

“En ese contexto, su mayor logro político fue instaurar y consolidar la institución, sentando las bases de aspectos esenciales para su funcionamiento. Sin esa estructura inicial, no se entendería la Canarias actual”, apunta Barrios.

Su mandato duró menos de tres años, pero como señala la autora del estudio, “fue un privilegio para la institución contar con un personaje de su talla y con mano en tantas áreas”.

Donó su biblioteca médica al Hospital de Niños y 344 libros a la Biblioteca Municipal de Santa Cruz. Murió en 1923, a los 83 años, víctima de una bronconeumonía. Su entierro fue multitudinario, con representación de autoridades civiles, militares, asociaciones profesionales y vecinos de todas las clases sociales.

Su figura quedó sintetizada en una frase de Pérez Barrios que resume el valor de su trayectoria: “Su prestigio realmente radica en su ciencia, en su implicación en cuantos proyectos culturales, científicos y sociales se impulsaran en la capital, y que por extensión redundarían en progreso para las Islas”.

La carretera a Los Cristianos y el cementerio de Arona: un legado histórico

La historiadora Carmen Rosa Pérez Barrios destaca también el papel determinante de su hermano, Antonio, en los avances de la comarca sureña, y recuerda que ambos contribuyeron a impulsar logros importantes para el desarrollo de la zona.

Defendió la importancia de las comunicaciones terrestres y promovió la carretera Arona–Los Cristianos, que más tarde sería fundamental para el desarrollo de la comarca. “La sociedad aronera debatió su trazado, pues algunos sectores consideraban que podía beneficiar tierras de la familia Domínguez”, explica la autora.

Del mismo modo, el médico dejó su huella en asuntos locales de Arona. En la investigación, se señala que “Domínguez elaboró un informe a mediados del siglo XIX sobre las deficiencias del antiguo cementerio y la necesidad urgente de construir otro en un lugar más adecuado”, un documento que muestra su implicación en mejoras urbanas para su ciudad natal.