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El Teide, ahora disponible para rodajes… siempre que su superproducción quepa en una guagua escolar y publique su guion en el tablón del barrio

Un documento regula los rodajes en el Parque Nacional del Teide que permitiría, atención, hasta 12 rodajes al año

En los brillantes despachos donde se cuece la planificación estratégica de nuestra industria audiovisual -esos donde las neuronas van con silenciador- acaba de aterrizar la última genialidad: un documento para regular rodajes en el Parque Nacional del Teide que permitiría, atención, hasta 12 rodajes al año. ¡Doce! Un derroche de generosidad que casi parece una invitación abierta al caos hollywoodiense.

Pero no se vayan, que la cosa mejora: equipos de máximo 15 personas. Sí, quince. Incluidos actores, técnicos, productores, quizás un par de turistas despistados, y si sobra hueco, un dron. Más allá de esa cifra, se ve que el parque entra en colapso cuántico.

Y el postre: exposición pública del plan de rodaje durante tres meses en un tablón de anuncios. Porque, claro, uno se imagina un estudio de Hollywood con un presupuesto de 80 millones, un reparto de estrellas imposibles de cuadrar en agenda y un ejército de abogados, agentes y publicistas… yendo a leer su plan de rodaje pegado con chinchetas junto al anuncio de “clases de yoga para mayores” organizadas por el Cabildo de Tenerife.

Pero lo más entrañable del asunto es la incapacidad absoluta de distinguir entre una sesión fotográfica de boda con tarta fondant y prima segunda incluida, el bautizo del sobrino, y una producción internacional con proyección mundial. Para las mentes pensantes responsables del documento -esas que piensan tanto que ya casi chispean- todo cabe en el mismo saco: “rodaje = gente con cámara”. Y listo.

Lo irónico es que quienes realmente saben trabajar -los equipos profesionales que llevan décadas rodando en entornos naturales, respetando hasta la última piedra volcánica- no suelen dar problemas. Los peligrosos son los turistas incontrolados que campan a sus anchas sin vigilancia, el intrusismo de los influencer de turno o las actividades deportivas improvisadas. Pero de eso no se preocupan nuestras lumbreras. Lo que sí deberían vigilar, pero no lo hacen, son esas producciones cutres, improvisadas y sin experiencia que florecen como setas bajo el paraguas de incentivos locales que huelen a oportunidad rápida. Ahí sí que hay riesgo, pero claro, es más fácil ponerle un techo de 15 personas a un rodaje internacional que revisar a quién demonios están autorizando.

En resumen: mientras el mundo compite por atraer superproducciones, aquí seguimos discutiendo si un equipo de Hollywood puede entrar en el Teide sin pasar por ventanilla y sin dejar su itinerario colgado junto al anuncio de la obra del parking. Pero luego nos preguntamos por qué las grandes producciones empiezan a optar por otros destinos como País Vasco, Alicante, Galicia o Marruecos. Será el surrealismo de nuestra tierra. O será… bueno, será lo evidente. Pero bien que se les llena la boca a los políticos hablando de la creciente industria audiovisual en Canarias, incluso con presentaciones absurdas en los cines Callao de Madrid, que a juzgar por el programa, parece más bien un coloquio de humor