Se cumplen 55 años de uno de los sucesos más estremecedores ocurridos en Santa Cruz de Tenerife. En la mañana del 18 de diciembre de 1970, agentes policiales accedieron a una vivienda situada en la primera planta del número 37 de la calle Jesús de Nazareno, en pleno centro de la capital, donde se toparon con una escena que marcaría para siempre la crónica negra de la Isla.
Frank Alexander, el hijo de 16 años, descuartizó a su madre tras ver en ella los “ojos del diablo” y después mató y mutiló a sus dos hermanas, mientras su padre, Harald, tocaba el piano.
En el interior del domicilio yacían los cuerpos descuartizados de tres mujeres: Dagmar, de 41 años, y sus hijas Petra, de 15, y Marina, de 17. Las investigaciones confirmaron que habían sido asesinadas 48 horas antes por Frank Alexander, con la complicidad de su padre, Harald, de 39, esposo y padre de las víctimas.
Según quedó acreditado en el sumario, el ataque se inició cuando el adolescente arremetió contra su madre tras interpretar un gesto suyo como una amenaza. Utilizó una percha metálica para golpearla hasta dejarla inconsciente y posteriormente causarle la muerte. Durante la agresión, el padre permaneció en la vivienda sin intervenir.
Después, Frank acabó con la vida de sus dos hermanas, que fueron golpeadas con objetos contundentes. Los informes forenses señalaron que no opusieron resistencia. Padre e hijo continuaron la acción violenta con la mutilación de los cuerpos, empleando tijeras de podar y cuchillas.
La única superviviente de la familia fue Sabine, hermana gemela de Petra, que no se encontraba en la vivienda en el momento de los hechos al estar trabajando como niñera en La Laguna.
Tras el crimen, ambos se ducharon, cambiaron de ropa y se desplazaron en taxi al aeropuerto de Los Rodeos con la intención de abandonar la Isla. La destrucción de su documentación, incluidos los pasaportes, frustró el viaje. Pasaron la noche en un hostal del sur de Tenerife y al día siguiente se trasladaron a La Laguna, donde confesaron los hechos a Sabine en presencia de un médico conocido de la familia, quien alertó a la Policía. Padre e hijo fueron detenidos poco después.
En su primera declaración, Harald afirmó que las víctimas habían sido “liberadas mediante un sacrificio” y llegó a definir a su hijo como un “profeta de Dios”, dentro de un sistema de creencias de carácter místico que marcaba la dinámica familiar desde años atrás.
La familia se había trasladado a Tenerife meses antes, convencida de cumplir un mandato divino. Los vecinos los describían como personas de trato cordial, aunque llamaban la atención algunos cánticos religiosos que se escuchaban con frecuencia desde la vivienda.
El juicio se celebró en marzo de 1972 en la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife. Los informes periciales concluyeron que el padre padecía un trastorno delirante crónico de base esquizofrénica, mientras que el hijo presentaba un trastorno inducido, también conocido como “contagio psíquico”.
Finalmente, la sentencia dictada el 26 de marzo de 1972 absolvió a ambos de los delitos de parricidio y asesinato al concurrir la eximente de enajenación mental, ordenando su internamiento en un centro psiquiátrico sin posibilidad de salida sin autorización judicial.
Padre e hijo fueron ingresados en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Carabanchel, donde permanecieron 23 años. Tras disfrutar de un permiso, no regresaron al centro y se les perdió el rastro. Algunas informaciones apuntaron a un posible regreso a Alemania. Desde entonces, nada más se supo de ellos ni de Sabine.






