Tiene fama de reticente con los medios pero, en lo que sigue, se le nota enseguida apasionada de lo suyo, el sector primario, y de la labor del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA). En su calidad de presidenta, eso sí, Janira Gutiérrez no obvia la crítica y autoexigencia, sobre todo con el Jardín Botánico y la confusión sobre su ampliación que, en realidad, se limitará en 2026 al nuevo edificio.
-A punto de cerrar un 2025 que, en lo agrícola, se recordará como el año de la filoxera, ¿cómo va esto, qué riesgos hay en el futuro y qué la motivó?
“Ya en 2023, el ICIA comenzó una investigación para recuperar y sanear las variedades de uva minoritarias de Canarias. Trabajando en esto, este año surge la filoxera, con lo que tenemos la suerte de que hemos avanzado mucho y, ahora, hacemos muestreos para ver cómo avanza la plaga, aunque con el problema de que la fisiología del insecto está ahora parada, en fase de reposo, y hasta abril o mayo no volveremos a detectarlo visualmente, con lo que nos centramos en que lo que estuvo controlado se gestione bien, aparte de trabajar algo clave: cómo haremos las podas, qué hacer con esos restos y dónde colocarlos, si quemarlos, enterrarlos, para compostar, triturar… pues está claro que no se pueden sacar de la zona de afección. En 2026, y según las recomendaciones del Comité Científico Técnico creado, seguiremos trabajando para contenerla y que no avance más…”.
-Porque supongo que erradicarla no se contempla… ¿La preparación de las vides en el futuro pasa por algo no hecho?
“Erradicarla sería lo ideal, pero hay que ser realista y no se ha logrado en ninguna otra parte del mundo, sino que se ha controlado. Lo que podemos hacer es mantenerla a raya, como en Australia, donde está contenida en una región sin avanzar al resto, no así en el continente europeo y americano, donde arrasa allá donde llega. Para contenerla, hay que mantener ese perímetro de las zonas afectadas y evitar que se traslade material a otras, ya que el principal factor de dispersión es el ser humano. El bichito por sí tiene un movimiento muy limitado y nosotros, con el traslado de maquinaria, vides…, lo transportamos. Debemos tratar esas zonas para evitar que siga expandiéndose. Es verdad que, ahora, Canarias supone el foco mundial de la filoxera porque las condiciones en que se está dando son anómalas. De hecho, un experto que lleva trabajándola 30 años dice que es la primera vez que la ve en hojas así, que sola la había visto dos o tres veces antes, pues siempre estaba en el suelo. Eso prueba que es algo que no se da a menudo y por eso somos el foco”.
-¿Cómo va el saneamiento de las varietales canarias y la elección de portainjertos?
“Ese proyecto comenzado en 2023 ya nos ha permitido trabajar en variedades minoritarias y seis mayoritarias, aunque esta parte la hace la Dirección de Agricultura, ya que se trata de objetivos diferentes. Nosotros nos centramos en las que se usan muy poco en Canarias para conservar ese patrimonio, mientras que la consejería trata de mejorar la productividad y calidad de los vinos. Esto está avanzando y ya tenemos doce minoritarias que han dado el paso a la aclimatación y endurecimiento, y esperamos traerlas de vuelta y empezar a incorporarlas. Tenemos un invernadero a prueba de insectos, de alta seguridad, para que no haya ningún vector que las vuelva a infectar con los virus ya saneados, y luego están esas seis mayoritarias ya saneadas y que también se traerán. Además, hay otras, pues se han seleccionado 32 autóctonas, que también se irán enviando a sanear. Otra cosa son los patrones, trabajo que hace el Comité, sondeando todos los portainjertos del mundo con variedades que son sinonimias de algunas canarias, como el gual, que está también en Azores, tiene filoxera desde hace mucho y hay un portainjerto que funciona bien; o el palomino, que está en Jerez, es una sinonimia de nuestro listán blanco y ya tiene un portainjerto que funciona bien… Estamos en esta evaluación de amalgamas de portainjertos, aunque seleccionar los propios requiere un trabajo de 10 a 20 años para un resultado óptimo, y ahora no tenemos tiempo para eso”.
-¿Con qué presupuesto contarán en 2026?
“El mismo de 2025, aunque hemos aumentado mucho los no financiados con fondos autonómicos, sino con convocatorias europeas y estatales. Ahora tenemos 42 proyectos en marcha y una parrilla de otros doce”.
-Pero, en cuantía…
“Once millones de euros…”.
-De esos proyectos, ¿cuáles destaca más por su relevancia?
“Quince son estratégicos de la consejería y propuestos por el Consejo Asesor, órgano consultivo formado por las organizaciones agrarias y otras entidades, que plantean al ICIA lo que quieren que se investigue. Van desde el control de plagas o lucha biológica de plagas a la papaya, el aguacate, por supuesto el plátano… la pitaya, frutas tropicales, residuos cero para que todo lo que se produce en las explotaciones se revierta, se haga economía circular y sea aprovechable para el agricultor… Trabajamos también con cacao, café… varias líneas financiadas con fondos canarios. Luego, hay otros proyectos ambiciosos con la UE, como uno con el que se intenta que, dado el aumento de las temperaturas, de más sequías y menos disponibilidad de agua, los cultivos aéreos, como los arbustos, plataneras… sufrirán más en las próximas décadas, por lo que se propone más los subterráneos, los tubérculos: batatas, ñames, yuca… Estos entrarán en auge en los próximos años para evitar esas superficies que pueden tener problemas con las condiciones climáticas. En esto trabajamos con Francia y otras RUP, y cada región dedica estudiar un tipo de cultivo que se adapta a esas condiciones adversas. Además, tenemos experimentos con productos con propiedades nutritivas para personas con problemas de hígado graso, lo que hacemos junto al Cesid desde Madrid con resultados prometedores. Asimismo, hay 18 plagas que nos están tocando las puertas e intentamos buscar métodos de control alternativos…”.
-Pero, ¿cree que los productores están satisfechos con el ICIA; cómo es la traslación de las investigaciones al campo isleño?
“Hay de todo: trabajamos mano a mano con el sector primario, sobre todo con las cooperativas y entidades. Es un trabajo diario y muy fluido: ‘Tengo este problema, qué puedo hacer’… Lo cierto es que los resultados de la investigación no son lo óptimo que le gustaría al agricultor. Todos estamos acostumbrados a tomarnos una pastilla y que se nos quite el dolor, pero en agricultura no es tan sencillo, no existe esa pastilla de efecto inmediato. Por ejemplo, cuando se plantea la cochinilla en el aguacate y usamos un producto muy efectivo, pero con efectos secundarios porque lleva un residuo ya no permitido, eso al agricultor no le cuadra, que no le dejen usarlo. Esto genera conflictos en la transferencia del conocimiento y a veces lo digo: señores, aunque tengamos resultado con la investigación, sabemos que ese camino no es el adecuado por sus consecuencias, que son incluso peores que el propio remedio”.
-En este sentido, ¿qué contribución del ICIA resaltaría más?
“En el tiempo que llevo (desde agosto de 2023), he comprobado que tiene mucha experiencia y tablas al ver un problema; no se tiran a la piscina sin agua, lo tienen controlado. Esa precaución ante una supuesta solución milagrosa hace que enseguida digan que puede existir este problema secundario o este otro, lo que evita reparar daños económicos costosos y para la reputación del sector”.
-Otra forma de preguntarlo: ¿sin el ICIA, cómo estaríamos en el control de plagas, las razas autóctonas, la previsión…?
“Aparte de esa experiencia, lo mejor es su aplicación experimental, al disponer de fincas y ganadería. Tiene, pues, la oportunidad de experimentar en plantas de varios años cualquier tipo de producto, proyecto o mejora. Por ejemplo, si se busca eficiencia hídrica o cómo disminuir el riego de una planta durante equis tiempo… Eso se ha hecho muchísimo pero, si quisiéramos hacerlo en una plantación nueva, debemos esperar que la planta crezca y eso supone un tiempo y recursos que el ICIA ya tiene invertidos. Así, tenemos la finca de Isamar (Valle de Guerra), la Cueva del Fuego, la planta de Güímar, el Botánico, la estación de Vecindario… y con cada cultivo ya tenemos plantas mayores o más jóvenes, lo que te permite experimentación en campo real, con datos extrapolables de manera inmediata, ya que, en laboratorio, muchas veces tienes un ensayo en la placa de Petri que, luego, en el campo puede toparse con una realidad totalmente diferente al intervenir muchos factores. El ICIA tiene esa experimentación palpable y real, y el tiempo de transferencia al sector se acorta muchísimo. Por eso, es uno de los pilares de la investigación agraria en Canarias y muestra de eso es que muchas entidades nos solicitan colaborar por nuestra capacidad para poner en práctica las propuestas y, a veces, tenemos que decirles que no al carecer de personal para asumirlas todas”.
-Aparte de esto, ¿en qué otros retos isleños intervienen?
“Trabajamos mucho la diversidad de cultivos. Ante cualquier situación de debacle y que se nos caiga el mayoritario, como ocurrió con el tomate, planteamos poner papayas, cacao, café… Ofrecemos ese gemobanco de varietales de Canarias interesantes para darle una respuesta inmediata al agricultor; éste es uno de nuestros mayores potenciales. Es verdad que hubo tiempos en los que no se puso el foco en la conservación de este patrimonio, que en el futuro nos puede ayudar. Me refiero, por ejemplo, al mango, al tener variedades fantásticas, también a la higuera, el aguacate…”.
-¿Qué aportan sobre sostenibilidad y cambio climático?
“El cambio es un factor transversal en la investigación…”.
-Pero, por ejemplo, ¿se dan aguacates en zonas más altas?
“El antillano sí, pero el condicionante no es el aguacate, sino la disponibilidad de agua para que sea productivo…”.
-Pero sí investigan cultivos alternativos a los de más agua…
“Claro. Tanto el aguacate como la platanera tienen consumos de agua tremendos: ¿tenemos suficiente en Canarias para suministrarle a todos los agricultores si solo plantan aguacates? Está claro que no…”.
-Buscan rentabilidad…
“Exacto, pero, si el aguacate no tiene agua, tendría un peso seco óptimo, que es una de las ventajas del canario, con una materia seca del 30 y pico por ciento, cuando en Península está siempre por debajo del 30. Por tanto, son más grasos y sabrosos, y eso es una realidad con datos científicos sobre cuándo coger y comer cada variedad para que sean mejores. Investigamos esto y es verdad que se trata de un mercado interno, pues nos los comemos todos aquì, y claro que le resulta interesante al productor porque, si pudiera producir más, vendería más, aunque el coste local también bajaría. Sin embargo, no tenemos agua para todos y, de hecho, ya hay un problema y debemos mejorar las aguas porque afectan a su calidad. Y no solo del aguacate, sino del suelo, al llevar tiempo calcificándolo y, al final, tendremos problemas con otros cultivos. Por tanto, es algo muy complejo y con muchos factores”.
-¿Cómo va la ampliación del Jardín Botánico?
“En eso, soy muy crítica porque, al llegar, mi idea era abrirlo en su totalidad, y eso no pasará de manera inmediata. Lo que se inaugurará en 2026 es un edificio, que será un museo complemento del jardín actual. El resto de la ampliación aún ha de esperar porque está en sus comienzos; tiene varias fases y estamos terminando la primera, la del aterrazamiento para montar el riego y, luego, plantar, ya que no podemos ir con una regadera… Después vendrá el mobiliario, poner los banquitos, adecuar caminos… Eso tardará más…”.
-¿Le ha defraudado dónde se ha puesto el foco, la apuesta…?
“Claro, es que, al entrar, hasta yo entendía que se abriría el Botánico y eso no es real, pero es la imagen vendida. Es que ni siquiera se referían al jardín al anunciarse, sino al edificio, porque no se espera ver plantas de diez centímetros, sino árboles con porte, de 2, 3, 4 metros…”.
-Problema de comunicación…
“Eso, creo que no se comunicó adecuadamente, aunque no entraré en la intención de la comunicación. Sí digo que, para mí, fue un shock y dije que no se abriría ni en cinco años. Las plantas necesitan tiempo y no tiene sentido abrir para verlas pequeñas, como en un vivero. Se necesitan de cinco o seis años…
Colaboración con las universidades y el ejemplo del equipo del caprino
Gutiérrez destaca las relaciones del ICIA con las universidades canarias, “que son diarias y cada vez más intensas”, sobre todo para los doctorandos y los que quieren hacer su máster o trabajo fin de carrera en el instituto. “Funcionamos muy bien, como un centro asociado, con muchos proyectos comunes ya que, si nosotros tenemos fincas, ellas laboratorios, algo clave para una investigación de calidad”. Justo sobre esto, subraya los resultados del equipo del caprino del ICIA. “Esa unidad se deja la piel. Ha sido un equipo fantástico de cinco personas que han dado lo mejor y que, por desgracia, algunos se están jubilando, por lo que buscamos relevo generacional para seguir esa línea”.





