El fotógrafo y cineasta David Olivera (Santa Cruz de Tenerife, 1972) ha debutado en la dirección de largometrajes con el documental Cincuenta. El film, que se estrenó este viernes en el Espacio Price de la capital tinerfeña, es el relato en primera persona del viaje de 50 días que realizó por Norteamérica junto a su amigo Tony González al cumplir los 50 años. Un itinerario que transcurre por una geografía que es al mismo tiempo física y mental, generada esta última a partir de la reflexión que hace el autor acerca de mucho de lo experimentado hasta ese momento en su biografía. Con producción ejecutiva del director y guionista tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo (Intacto, 28 semanas después, Intruders, Damsel), la película emprende el 12 de marzo otro viaje, a Estados Unidos, cuando está previsto que se presente en el Instituto Cervantes de Los Ángeles.
-‘Cincuenta’ es descrito como un viaje físico, pero también reflexivo, interior. ¿En qué consistió esta doble travesía?
“Sí, son dos viajes en uno. En el físico, salgo de Canarias y recorro un nuevo espacio, Norteamérica. Emprender este periplo fuera de las Islas suponía, de algún modo, hacer un reconocimiento a la migración canaria. Gran parte de mi familia y yo mismo hemos sido migrantes en algún momento. Además, mucha de la gente que aparece en el documental son migrantes, algunos retornados y otros no, pero todos tienen un vínculo directo con la migración. Y luego está el viaje interior. Cincuenta es en ese sentido una reflexión. Llegas a los 50 años y te paras para mirar hacia detrás: dónde estoy, qué he hecho, hacia dónde voy… Así que fue también una búsqueda interior. Es un documental muy intimista”.
“Tony González y yo fuimos descubriendo durante el viaje aspectos del uno y del otro que nos decían quiénes éramos”
-El largometraje tiene mucho de exploración y quizás de hallazgo. ¿Qué buscaba al comienzo de este proyecto y qué se ha encontrado?
“El proyecto nace de manera muy espontánea. Cuando voy a cumplir 50 años, siento la necesidad de hacer un viaje y se lo comento a varios amigos, como Juan Carlos Fresnadillo y Pedro Felipe Fernández, que me plantean la posibilidad de rodarlo. A partir de ahí fuimos creando una historia, pero sin saber muy bien qué iba a surgir de ese viaje. Estuve preparándolo cerca de un año y ni siquiera cuando comenzó conocía lo que buscaba. Sí tenía claro que necesitaba respuestas a un montón de cuestiones y conectar de nuevo con la naturaleza, a la que siempre me he sentido muy cercano. Durante el recorrido, poco a poco fui encontrando cosas de mí mismo que incluso yo desconocía. En varias etapas compartimos el viaje con gente que ha sido y es importante en mi vida, como mis padres, mi mujer y mi hija, amigos de la infancia, compañeros de trabajo que se han convertido en amigos… En cada uno de ellos encontraba respuestas. La gente que te rodea, quienes representan pilares en tu vida, son espejos que te reflejan: te ves a ti mismo en muchas de las cosas que tienen, que hacen y que dicen. El único que compartió conmigo los 50 días de viaje fue Tony González, que es como un hermano para mí. Tenemos una amistad muy estrecha, muy potente, y ambos fuimos descubriendo aspectos del uno y del otro que nos decían quiénes éramos. Esa ha sido una parte muy interesante de la experiencia que compartimos”.

-En esta reflexión sobre lo que uno es a partir de lo que uno ha sido, ¿cómo dialoga el presente con el pasado?
“En ocasiones, con cierta nostalgia. Recuerdas sobre todo a la gente que ya no está y, a partir de esa mirada, entiendes el legado que te dejaron. Al mirar al pasado, contemplas el camino recorrido y percibes que ha sido fructífero, a la vez que comprendes cuestiones que no entendías cuando se manifestaron en ese tiempo anterior. Aspectos del ayer que se resuelven en el hoy”.
“La mirada al pasado que originó la reflexión hizo incluso que cuestiones del ayer se resolvieran en el hoy”
-¿Y por qué Norteamérica?
“Sé lo que se siente estando lejos de tu tierra porque he vivido fuera. En este proyecto me apetecía abandonar la zona de confort, la de los invitados que participan en el documental, la de Tony y la mía, para situarnos en un sitio ajeno a nosotros. Para enfrentarme, para enfrentarnos, a esa sensación que comparten los migrantes: estoy en un lugar nuevo para mí, en el que tengo que vivir y encarar las circunstancias de cada día. Esto tiene que ver con esa idea de ofrecer un reconocimiento a los migrantes, de reflejar lo duro que es tener que irte de tu tierra. A partir de ahí se establece un diálogo, tanto con el paisaje como con la gente con la que te encuentras, que resulta enriquecedor para la historia”.
“Me interesaba situarnos en un espacio ajeno y enfrentarnos, en cierta manera, a lo que sienten los migrantes”
-Ese itinerario, como ha explicado, no lo emprendió solo, sino con Tony González. ¿Qué papel ha desempeñado su amigo en esta historia y de qué manera ha influido el proyecto en la amistad que ambos comparten?
“Ese es otro viaje. Somos amigos desde que teníamos 16 años, pero nunca habíamos vivido juntos una experiencia tan intensa como esta. Cuando montábamos el documental me di cuenta de que me cuesta mucho crear un conflicto con Tony. En muchos sentidos, su forma de ser, de ver las cosas y de actuar es opuesta a la mía. Sin embargo, precisamente eso creo que ha sido lo que nos salvó en este viaje. A veces las condiciones fueron duras: íbamos en una caravana, hubo momentos en los que estábamos incomunicados, nos vimos escasos de agua, estuvimos tres días sin hallar sitios donde comprar comida… Todas esas dificultades me han unido más a Tony. Y es curioso que justo después del viaje, al regresar, ambos sentimos una especie de vacío muy extraño. Tony se volvió a Canarias y yo me quedé algún tiempo más en Estados Unidos, y estuvimos como un mes o un mes y medio prácticamente sin hablarnos. Fue como el espacio que necesitábamos para asimilar todo lo que había sucedido en esos 50 días de itinerario, tanto en nuestra relación como de forma individual. Creo, en suma, que ha sido una experiencia muy positiva, que nos unió aún más y nos permitió incluso conocernos y comprendernos mejor entre nosotros”.

-La fotografía fue el comienzo de su vocación artística, a la que con los años se le fueron incorporando diversos oficios del arte cinematográfico. ¿Qué continuidad hay, qué nexos encuentra en su forma de expresarse con ambos lenguajes?
“Soy fotógrafo de raíz. Estudié fotografía y empecé a hacer exposiciones. Fue una forma de contar cosas sin palabras. Cuando comencé, a principios de los 90, se convirtió en una manera de expresar cómo contemplaba el mundo. Hoy continúo con la fotografía y con mis cámaras analógicas. Lo analógico posee una magia muy especial, es una fotografía más artesanal. Con la imagen digital todo ha cambiado mucho. En el teléfono móvil tienes una cámara y casi puedes sacar una infinidad de imágenes. Antes tenías una analógica, le cargabas el rollo, te pensabas mucho más las fotografías. Eso yo no lo he dejado de practicar. Es un ejercicio muy interesante, porque cuando estás con la cámara analógica no te pones a disparar fotos como quien hace churros, por decirlo de alguna manera: es una fotografía mucho más meditada. A partir de ahí, fui derivando hacia el audiovisual. Empecé a trabajar con los hermanos Ríos en producción y luego en el equipo de cámara. Fui auxiliar, operador y, finalmente, director de fotografía en Ríos Televisión durante los últimos 10 años de la productora, entre 2000 y 2010. Siempre me he encontrado cómodo con la imagen, pero este nuevo proyecto ha supuesto una revolución para mí, porque me ha llevado a dirigir y a estar delante de una cámara, a contemplar una película desde los dos sitios. Ha sido un diálogo conmigo mismo: un camino muy largo, de mucha reflexión y de intentar entender muchas cosas. En este documental resulta patente que la fotografía está muy viva en mí, que la necesito como medio de expresión. Tanto la fotografía fija como la continua, la de los 24 fotogramas por segundo”.

-La migración es una de las temáticas que atraviesan ‘Cincuenta’ y un elemento básico en su indagación personal. Ahora, cuando están tan presentes los discursos excluyentes, ¿a qué cree que se renuncia al negar la empatía, que también es una forma de obviar la pregunta acerca de nuestros orígenes?
“Como decía, sé lo que es irte a otro país, empezar de cero y buscarte la vida. Hacer todo lo que esté a tu alcance para salir adelante e intentar que tus sueños se cumplan. Entiendo muy bien a las personas que, en circunstancias mucho peores, lo arriesgan todo para irse a otro lugar. En todo caso, nosotros somos afortunados porque vivimos en el primer mundo. Yo emigré a Estados Unidos. Es comprensible que quienes viven en países con menos recursos, en condiciones precarias, se lo jueguen todo por salir de allí en busca de algo mejor. En ocasiones, no solo para ellos, sino también para las personas que de ellos dependen. Estos son motivos más que suficientes por los que deberíamos ser mucho más empáticos con los migrantes”.
-Este documental es un autorretrato. ¿Es el cine de realidad el lugar escogido para compartir su mirada cinematográfica o la elección solo responde a lo que le demandaba su primer largometraje como director?
“Dirigir mi primer documental ha encendido algo dentro. Además, con un proyecto tan íntimo, tan personal, como es Cincuenta. No únicamente habla sobre mí, también de lo que me rodea. La historia la cuento yo, es mi punto de vista sobre el mundo y la gente que está a mi alrededor. De igual modo, es una celebración de la vida. Una vez que se ha plasmado, me apetece aún más seguir contando historias, no solo tan personales como esta, sino también relatos que contemplo a mi alrededor y considero que merecen ser contados. Soy mucho de documentales, porque me considero una persona muy humanista y el documental tiene mucho que ver con narrar las relaciones entre las personas. Y aunque tampoco descarto hacer ficción en algún momento, ahora lo que me apetece es el cine de realidad”.





