Existen hombres que ocupan un despacho y hombres que, al caminar, construyen instituciones. Klaus fue, sin duda, de estos últimos. Su partida deja un vacío en la sociedad canaria, pero su legado permanece como un plano maestro para las futuras generaciones de “Personas que hacen Empresa” un calificativo más que merecido a la luz de su recorrido durante cerca de veinte años como Consejero delegado de Compañía Cervecera de Canarias.
Nuestra historia personal comenzó en el verano de 1989. Recuerdo perfectamente aquella entrevista para entrar en CCC; no fue un examen técnico, fue el encuentro con un hombre que sabía leer el alma antes que el currículum. Klaus no solo fue un líder, sino un mentor cuya sabiduría marcó la trayectoria de un gran número de profesionales.
Klaus entendía la empresa no como un frío balance de resultados, sino como un organismo vivo. Bajo su dirección, vivimos momentos que definieron la industria en las islas: la compra de Cerveza Mas, la compleja fusión con Tropical o la integración de Pinalito, procesos que él manejó con la delicadeza de un diplomático y la firmeza de un visionario. Siempre defendió la identidad local frente a la centralización de las multinacionales; para él, la empresa debía pertenecer a su tierra y a su gente, algo que no fue fácil de afrontar, doy fe de ello.
Tuvo siempre claro que con los excelentes resultados de la empresa había que remunerar al capital y mantener unas reinversiones importantes, pero también compartirlos con los equipos, durante su gestión el convenio colectivo de Cervecera, muy generoso, se convirtió en una best practice nacional y el diálogo social fue siempre fluido y constructivo.
Fui testigo de cómo devolvió la empresa al asociacionismo sectorial, creyendo firmemente que la unión del sector industrial era la única vía para el progreso común.
Su filosofía de vida se podía resumir en un equilibrio envidiable: Trabajaba con una intensidad voraz, pero sabía que el éxito no servía de nada si no se celebraba con la misma pasión. Ese espíritu vibraba en cada decisión impregnando la cultura de la compañía de un sentido de propósito superior.
En el ámbito público y social, Klaus fue un pilar del Rotary Club y de la comunidad alemana en Tenerife. Su ingreso en Rotary y su dedicación no fueron una casualidad, sino la evolución natural de su necesidad de devolver a la sociedad lo que la vida le había otorgado.
Dicen que saber cuándo retirarse es una de las decisiones más difíciles a tomar en la vida de una persona y él también acertó en ello, tras la llegada del nuevo siglo dio un paso a un lado pasando a presidir el Consejo de Administración y ocupando algunos consejos en nombre de la Compañía hasta entrados los 75 años. En esa dualidad residía también su grandeza: su capacidad para saber cuándo estar al frente, cuándo salir de escena y quedarse en otro plano, ofreciendo consejos precisos desde una discreción elegante.
“Con él terminó el sentirse en casa en el trabajo” fue un comentario que recogí esta mañana en la RRSS de un empleado, ya retirado y que podían definir perfectamente el clima laboral que alcanzó a conseguir.
Klaus nos deja una lección de vida plena. Se va un integrador nato, un hombre que hizo de Canarias su hogar y de sus amigos, su familia. Nos quedan sus consejos, su ejemplo de resistencia ante la adversidad y esa imagen suya que tan bien describía, cada mañana , desde su casa al borde del mar al lado de su querida Heidi, contemplando el horizonte a la salida del sol, emocionado y agradecido.
Descansa en paz.





