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Khadija: “Como mujer musulmana, yo no me siento incluida en el 8M”

Frente a la islamofobia que persiste incluso entre los sectores más progresistas, Khadija denuncia el paternalismo de un “feminismo blanco” que silencia su voz y habla en su nombre en lugar de luchar junto a ella
Khadija. | DA
Khadija. | Fran Pallero

La relación de Khadija con la lucha ha ido evolucionando. “Entré muy jovencita en movimientos feministas. Antes era yo quien lideraba las manifestaciones”, cuenta al recordar cómo vivía el 8M en épocas pasadas. Sin embargo, una idea la ha llevado a tomar distancia respecto a lo que describe como un feminismo “blanco y burgués”. “Yo no estoy representada allí. Y si lo estoy, aparezco infantilizada o convertida en alguien a quien salvar, pero no en un sujeto con quien se pueda tener una conversación de iguales”.

Su vida comienza en un pueblo rural de la provincia de Larache (Marruecos). Con cinco años aterriza en España siguiendo la senda de su padre, que había venido a Andalucía para trabajar en el campo. Junto a sus hermanas y su madre, llega al país mediante la reagrupación, proceso que permite a un extranjero con residencia legal traer a su familia para que vivan con él.

Desde temprano, es testigo de lo que implica ser mujer migrante a través del testimonio de su madre. “Ella intentó trabajar, pero al estar vinculada a su marido tuvo una orden de deportación”. La causa, una ley que impedía ocupar puestos laborales a los familiares reagrupados hasta su reforma en 2009. “Hombres y mujeres, pero quienes migran mayoritariamente son ellos. Por tanto, la persona reagrupada suele ser la mujer”.

Con los años, comenzó a vivir en primera persona injusticias y situaciones de segregación. “En el instituto me obligaron a quitarme el hiyab en un centro público. Llamaron a mi padre y le dijeron que, si no me lo quitaba, no volvería”. Algo que la ha perseguido tanto en el ámbito privado como profesional. “Con 21 años me contrataron para trabajar en una oficina en Cataluña y el primer día me dijeron que tenía que quitarme el velo. Incluso me cambiaron el nombre. Decidieron que yo me llamaría Sara”.

Su identidad está marcada por el hiyab, “un trozo de tela por el que hay una obsesión enfermiza” y ante el cual nuestra sociedad posa sus ojos con un hostigamiento que obliga a personas como Khadija a justificarse continuamente. “Desde pequeña ya tenía claro que quería llevarlo. Mis padres, de hecho, fueron quienes me frenaron un poco”. A sus treinta años su voluntad se ha consolidado, pese a que sectores de derechas, así como algunos de los más progresistas, apliquen “una lectura paternalista en la que no se considera que una mujer tenga la racionalidad y la independencia para decidir qué llevar”.

Ese “trozo de tela” expone la paradoja de quienes defienden los derechos de las mujeres mientras dictan cómo algunas de ellas deben actuar. “De pequeña es tu padre y de mayor es tu marido quien te obliga. Como si yo fuera incapaz de decidir por mí misma y como si mi religión estuviera siempre mediada por un hombre”. Y añade: “Si me quieres liberar, ¿por qué no te importa que yo no pueda acceder a centros de trabajo? ¿Por qué no te interesa que tenga trabas administrativas por culpa de mi identidad?”.

Para Khadija, desde Occidente “hay una idea de liberación basada en desnudar al otro, en acceder al cuerpo de las mujeres desde una visión sexualizada y desde una presión constante sobre cómo tiene que ser nuestro físico. Solo eres válida si respondes a un cuerpo normativo. Hay toda una industria capitalista que se alimenta de eso: te crea necesidades o complejos que ni siquiera sabías que tenías. Entonces yo me pregunto: ¿eso es liberador?”.

Más allá de miradas enjuiciadoras, la islamofobia pone barreras en casi cualquier ámbito. “Yo voy a buscar un piso y todo vuelve a lo mismo: mi nombre, mi velo… Gente cercana a mí se quitó el hiyab para hacerse la foto del currículum o para pasar una entrevista. Yo fui firme, pero me costó mucho”, reconoce. Para ella, “ser una mujer con velo es un acto de resistencia”.

Frente a quienes abogan incluso por la prohibición de estas prendas en los espacios públicos, su respuesta es clara: “No seremos más libres, simplemente dejaremos de ir. Porque si me pones a elegir entre mi identidad y acceder a una piscina, elijo mi identidad”. Y es que, finalmente, “si me ‘liberara’ del velo, sería mi nombre. Si no fuera mi nombre, serían mis rasgos. Y si no fueran mis rasgos, sería mi color. Entonces, a ti lo que te incomoda es que yo exista”.

Interseccionalidad

Al origen de la islamofobia, Khadija identifica una visión colonial que ha construido históricamente la imagen de los hombres de Oriente como “bárbaros, irracionales o potenciales terroristas”, y la de las mujeres como “sumisas y necesitadas de ser salvadas”. Algo que “acaba justificando invasiones…”.

En ciertos discursos suele vehicularse la idea de que, tras la opresión hacia las mujeres musulmanas, se encuentra la religión islámica. “Yo vengo de un contexto que, como todos, está atravesado por el patriarcado. Puede ser machista, sí, pero no por el hecho de ser musulmán, sino porque todas las sociedades están atravesadas por ese patriarcado”.

A través de una narrativa reforzada por la cultura, los medios y otros ámbitos, Occidente ha encontrado “al enemigo perfecto contra el cual ejercer su control y violencia”. Más aún, “esa obsesión que existe con el velo o con la religión es peligrosa: nos convierte en los judíos del siglo XXI”, denuncia.

Dentro de este contexto, la sociedad crea la imagen de la mujer musulmana como alguien incapacitado para ejercer o estar presente en ciertos espacios. “En un trabajo al que entré como educadora me preguntaron si yo era la señora de la limpieza. Porque eso es lo máximo a lo que creen que puedes aspirar”.

Todo esto converge en un concepto: la interseccionalidad, que sostiene que personas como ella viven “un tipo de violencia muy concreto”. Su vulnerabilidad va más allá y, pese a ello, no siente el apoyo suficiente que debería emanar del propio movimiento feminista. “Cuando hubo La Manada de Manresa, la movilización fue masiva. Pero cuando asesinaron a una chica de 14 años de origen argelino, no pasó absolutamente nada. Ahí me di cuenta de que los cuerpos como los míos, si sufren violencia, si son deshumanizados o asesinados, quedan en una impunidad absoluta”.

Según cuenta, “he vivido muchos ataques dentro de los movimientos feministas. Porque yo llevo velo, mis opiniones se deslegitimaban”. Así, comprendió que “no puedo identificarme con el feminismo blanco, porque a menudo reproduce violencia sobre mi propio cuerpo”. Y, prosigue, “cuando me critican, no me critican a mí directamente: critican al hombre que creen que me ha hecho daño o al sistema que me ha perjudicado. Es como si yo ni siquiera existiera en esa conversación”.

Además, añade, “nos hemos liberado llevando a la mujer al mercado de trabajo, pero ¿a costa de quién? Lo que se ha hecho es ceder esas funciones de cuidado, que antes asumías, a otra mujer que está en peores condiciones, que es racializada y que se hace cargo de tus abuelos, de tus hijos o de la limpieza”.

Esta perspectiva puede entenderse como una “jerarquía de poder”, con el hombre blanco en la cima, seguido de la mujer blanca, el hombre racializado y, en el escalón más bajo, la mujer racializada. En este sentido, exponer esta situación desconcierta a muchos y muchas, porque “reconocer que también oprimes o formas parte de la reproducción de la violencia es difícil. Y aceptar que tenemos un privilegio respecto a otros, o que podemos formar parte de aquello que oprime, incomoda”. Con esto, aunque se empieza a hablar de la interseccionalidad “aún seguimos en la periferia”.

Khadija pertenece a una generación que ha tenido herramientas para comprender esta realidad. “Vivimos el racismo de una forma diferente a la de nuestros padres, quizás más profunda”. Las redes le han permitido conectar con personas en su misma situación, lo que “ayuda a sentirse menos sola”. Pero, por encima de todo, explica que todo este conocimiento le ha permitido liberarse de muchas cargas. “He comprendido que no tengo culpa de lo que me pasa y que estas violencias que sufrimos tienen razones mucho más profundas de las que nos hacen creer”.

A pesar de ello, reconoce que “es muy cansado”. La fatiga mental es constante y admite que hablar de islamofobia le ha costado mucho. El odio de quienes exhiben un racismo desacomplejado (y legitimado por la presencia de la extrema derecha en el Congreso), pero también el rechazo de quienes vehiculan una xenofobia enmascarada de progresismo, está siempre presente. Esto hace plantearse la exposición pública.“Pero siento la responsabilidad hacia mi comunidad de defender los derechos de mujeres que no tienen la voz ni el espacio para hacerlo. Porque, en su día, alguien también luchó para que yo pudiera estar aquí”.

Khadija. | Fran Pallero
Khadija. | Fran Pallero

Exponer sus ideas a pesar de las amenazas, el odio y las violencias

En diciembre de 2025, Khadija dio su primera charla sobre Islamofobia con perspectiva de género en la tienda y espacio cultural capitalino Mulema. Dar el paso para desarrollar sus ideas en público no fue fácil. Y es que “exponerse implica mucha violencia”, sobre todo en redes, donde “aunque no comentes nada, te pueden mandar a tu país, amenazarte de muerte o insultarte”. Además, el activismo requiere tiempo y recursos. “Siempre he trabajado jornadas largas, con salarios precarios, y al mismo tiempo he tenido que lidiar con responsabilidades en casa”. Ahora se está formando en Tenerife para ser docente en intervención sociocomunitaria, “un nuevo terreno” en el que quiere aportar su propia experiencia vital a los futuros profesionales que trabajarán con personas racializadas. La visibilidad tiene sus riesgos, “pero si nadie pone el cuerpo, el sistema sigue igual”.

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