cultura

La cantaora Rocío Márquez escenifica el espectáculo flamenco ‘Himno vertical’

Junto al guitarrista Pedro Rojas Ogáyar, la intérprete ofrece este sábado en el Auditorio de Tenerife su singular visión del réquiem
‘Himno vertical’ se escenifica en la Sala de Cámara. / DA

El Auditorio de Tenerife, en la capital tinerfeña, programa este sábado (19.30 horas) en la Sala de Cámara el espectáculo flamenco Himno vertical, un réquiem interpretado por la cantaora Rocío Márquez y el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar.

Rocío Márquez es una de las figuras fundamentales de la música flamenca del siglo XXI. Al posicionarse como cantaora toma el testigo de grandes renovadores del género. En sus tres décadas de carrera artística aúna rigor investigador, vocación creadora y excelencia interpretativa.

El réquiem, tradicionalmente un canto de despedida, una misa que rinde tributo a los muertos, se convierte en Himno vertical en una obra que honra no solo el final, sino también el comienzo, el fluir y la transformación. Este réquiem es un eco coral que resuena desde lo colectivo, un ritual de despedida y bienvenida a la vez, una ceremonia circular que invita a cuestionar el ciclo de la vida y la muerte como polos opuestos y a asumirlos como una sola danza.

Himno vertical, que cuenta con el apoyo en gira del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (Inaem) del Ministerio de Cultura, se presenta como una espiral donde no existe un inicio ni un final claro; en su centro está el vacío, ese espacio en el que la creación y la disolución se entrelazan en un equilibrio eterno. La muerte, lejos de ser el destino trágico, es comprendida aquí como el descanso en el ciclo de la vida. No es un corte abrupto, sino una pausa en la respiración de la espiral, un punto de retorno y redescubrimiento. Si la vida es una línea recta que avanza, entonces la muerte es el giro que transforma esa línea en un bucle, que la hace regresar y la reformula.

EL PROCESO

Es un réquiem que no busca consolar ni dar sentido, sino observar la muerte como parte de un proceso, sin dramatismos ni finales. Para darle forma, emerge el rito, no solo de despedida, sino de transición y comunión con lo eterno. En esta ceremonia pagana, el ser humano no reza ni pide: agradece y celebra. En esta misa de lo cotidiano, lo efímero y lo invisible, los objetos comunes se tornan sagrados, las palabras son susurros y los gestos se vuelven ofrendas.

La vida cíclica, la espiral que no se cierra, subraya la idea de la eternidad en el cambio. En este proyecto, lo circular acoge cada transición, cada instante, cada vuelta. La vida no es vista como una serie de episodios fragmentados y lineales, sino como una marea que sube y baja, una pulsación en la que cada final lleva consigo el germen del principio.

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