obituario

Nadie te regaló nada y nos enseñaste todo

No hay momento bueno ni oportuno para despedirse de los padres

No hay momento bueno ni oportuno para despedirse de los padres. Pero estas cosas, por lo general, están en el guion de la vida, y por ello es importante afrontar el momento con entereza. Uno se prepara para la situación que nunca quieres ver convertida en hecho, pero a lo largo del tiempo la contemplas en el dolor de otras personas queridas que también se despiden de sus progenitores. La estela de la vida es tan poderosa como frágil, y por ello nuestra misión es hacerla provechosa, para los propios y también para tantos ajenos que se cruzan por nuestra existencia y en general lo hacen para bien. Hay que tener buena memoria sobre la vida en general, pero sobre todo para los gestos de bondad y las acciones que encierran lo mejor de la condición humana. Para otras vivencias es más recomendable el olvido.

Escribo esto invadido por el dolor, pero también instruido por la enseñanza vivida en casa. Mi padre, Elías Bacallado Hernández, me habló mucho de la entereza a la hora de afrontar el trazado de la vida, tantas veces generoso, pero en muchas ocasiones esquivo. Padre, hablabas a través de sus experiencias e incluso también mediante sus silencios, pues nunca perdiste, ni en el éxito ni en la dificultad, esa capacidad tan tuya para reflexionar sobre cada experiencia y tomar lecciones de ella. Y hablabas de la vida como un desafío con uno mismo por saberlo de primera mano. Hay algo que siempre te agradeceré, a ti y a tu esposa Mila, mi madre: nada les fue regalado y todo me lo dieron. Pero no solo me refiero a una vida sin duda más confortable comparada con la que ustedes dos conocieron, sino a los valores que me inculcaron siempre y que espero sostener ahora con tu recuerdo y tu legado. Me refiero a unos valores impregnados de prudencia, respeto por el prójimo fuera quien fuera y esfuerzo sin concesiones a la fanfarronería. Eso y ser amigo de los amigos, que en ocasiones pueden ser pocos, pero que siempre son muy valiosos. Allí estaban hoy, los tuyos y también los míos, para rendirte un último homenaje y llorar juntos una ausencia que se nos va a hacer muy dura de sobrellevar.

En estos momentos de emoción contenida por fuera y desbordada por dentro me junto con mi madre para rememorar tantos buenos momentos, todos ellos compatibles con la certeza sobre la misión que nos corresponde desempeñar en la vida. Una de ellas fue sin duda sostener este periódico en el que hoy publico estas líneas. El decano fue una de tus mayores ilusiones empresariales. Por algo quisiste y te empeñaste en que mis primeras armas en el plano profesional se desarrollarán precisamente en DIARIO DE AVISOS, el periódico decano de Canarias. En esta casa me dejaste claro desde el principio que el camino se lo tenía que ganar uno con el esfuerzo diario, porque fue así como escribiste tu propia historia como emigrante, como político, como empresario y como ser humano. Quisiste darme la oportunidad de aprender y demostrar mi valía y por eso me enviaste al DIARIO para trabajar desde abajo y entender las lecciones de gestionar un medio de comunicación en todos sus escalones. Esa experiencia me ha resultado luego muy útil en las iniciativas empresariales que he emprendido. Nunca te lo podré agradecer lo suficiente, padre, en eso también fuiste un sabio. Y fuiste tan generoso que me animaste a aprender de tus errores, y así lo verbalizaste en muchas charlas que tuvimos, aunque es evidente que fueron muchos más tus aciertos. Me siento responsabilizado para estar a tu altura, aunque tu recuerdo será un estímulo, nunca una carga. Perteneciste a esa buena generación de canarios comprometidos con una nueva y mejor versión de su tierra, y eso significa y obliga a mucho.

Hay una certeza en la existencia: un día llega la hora del fin, pero permanecemos vivos en las mentes y los corazones de aquellos a quienes amamos, quienes nos amaron y a quienes conocimos en este cruce de caminos llamado vida. En el adiós, siento tu cálido abrazo como el primer día, y te prometo que, con tu compañera, mi madre, como inspiración, mantendremos vivo tu legado. Tú te lo mereces, porque nos enseñaste cómo vivir en armonía.

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